Esos ríos que van a dar al mar

 

María Rosa Alonso

Iba a dialogar con el cardiólogo Enrique González, y a recordar que cuando él fue una criatura de unos doce añitos y daba yo clase de latín elemental en el Colegio de D. Tomás Quintero y el bibliotecario D. Benjamín Artiles, debió ser a finales de los cuarentas, pero me flaquea la memoria y me embarco en un reburujón de dudas. Don Benjamín, que era de Gran Canaria, se fue con su familia, y D. Tomás me pidió que el latín lo diera yo; terminé mi licenciatura por mi plan antiguo e hice, con grandes dificultades económicas, el examen final en Madrid y entonces topé, de vuelta, con un grupo de muchachos, muy valiosos la mayoría, y a pesar de mi "rojez" (que jamás negué, pero con discreción y silencio), daba mis clases... Seguí la serpentina de mis años... Enrique fue buen alumno, pero ayúdeme, que camino como la esquila en la noche ¿No fue por aquellos años, cuando trasladaron el único Instituto de Segunda Enseñanza de Canarias a Santa Cruz y La Laguna se quedó sin él? ¿Fue así, Enrique, o no?

Al perder La Laguna su Instituto, Enrique y algunos otros bajaban a Santa Cruz a continuar allí sus estudios y sobre todo los exámenes oficiales para cursar su bachillerato y obtener el título de bachiller; yo pasé a hacer oposiciones a profesora adjunta (no a dedo) a la recién creada Facultad de Filosofía y Letras de nuestra Universidad (que sólo daba Derecho y Ciencias Químicas) y de casi todos aquellos muchachos nada supe, algunos no volví a verlos más, pero no los he olvidado. De Enrique sabía que estudiaba en Cádiz, por doña Luisa, su madre, a quien preguntaba siempre por él.

Cuando al dar tantas vueltas por mi camino me lo encontré un hombre, con mucho éxito en su carrera, en plena madurez, superponía el profesional maduro al niño de doce años; mala y entristecedora costumbre mía... ¿Pero es que un alumno que tuve puede tener ahora 80 años? ¡Eso es un disparate mío! Entonces Federico Torres, que estuvo más tiempo en el Tomás de Iriarte (como se llamó el Colegio de los Quintero), y Manolo Muñoz, y tantos gratos muchachos, los Fernández del Castillo... ¡qué se yo!... Cuando me entero que alguno se me ha muerto es algo semejante a perder un... cuasi hijo...

Iba a decirle a Enrique, cuánto me alegró que aquel día en que le advertí la angustia bajo un apretado escuadrón de panzudas nubes (¡he sufrido yo tantos, Enrique!) fuera un paréntesis sin importancia, cuando una noticia me dejó llena de amargura: se me ha muerto Sebastián de la Nuez Caballero (1917-2007). Al que con gran ternura llamaba don Chanito. Fue farmacéutico, primero, pero la atracción por las letras pudo más en él. Emprendió la tarea de publicar ediciones de autores ya canarios, ya nacidos en Canarias, que poco caso nos hicieron. D. Chano hizo poesía y recuerdo haberlo animado cuando publicó los primeros cuadernillos desde las páginas de Revista de Historia, la de D. Elías, que dio por entonces cuenta de todo el quehacer cultural del Archipiélago, en un tiempo muy duro para mí, pero fue ella mi refugio.

La extensa obra del profesor de la Nuez requiere una visión seria y no rápida como tantas que, atrevidas y sin méritos, corren por ahí publicadas. El profesorado debería ser exigente: le ponen justos peros, discuten con el doctorando, pero luego le dan ¡Sobresaliente! Aparte que la igualdad, libertad, fraternidad, camaradas y demás estupideces no existen, en valores intelectuales y de cultura lo que hay es gente culta, que sabe, y ceporros; y en sociales, gente bien educada y gente mal educada.

Enrique es un buen profesional y se rehace pronto. A Sebastián de la Nuez tengo que dedicarle páginas que no caben en este saludo a ese caballero de los de antes que es Enrique González.