Roma que fue imperio

Juan Jesús Ayala

Nos vimos días pasados en Roma, recorriendo sus plazas, sus vestigios monumentales muchos de ellos aun en pie y caminando sobre las piedras de entonces por la calle empinada que nos conducía hacia el Foro Romano que fue el centro político, religioso y jurídi-co-administrativo de la ciudad antigua enclavada en el valle incluido entre las colinas del Palatino, del Capitolio y del Quirinal. Y se percibe aun el Templo de Saturno, el de Vespaciano, el de la Concordia, el arco de Septimio Severo. La Basílica Emilia que se usaba generalmente para sede de Justicia y de intercambios comerciales. El templo del Divino Julio divinizado en el mismo lugar en el que su cadáver traspasado por veinte y tres puñaladas en la curia del teatro de Pompeo fue allí más tarde transportado para incinerarlo; y aun resuenan en las semirruinas la voz estentórea de Marco Antonio: "Ciudadanos de Roma, romanos! Escuchadme he venido para enterrar a César no para elogiarlo! Las malas acciones se prolongan después de la muerte, en cambio las buenas se van con quien las cumplió".

Mucho queda de la Roma imperial y destaca sin dejar atrás el Coliseum y el Panteón, el mausoleo de Adriano, el emperador- filósofo que ya se dejó barba como distingo de sentirse sabio. Adriano edificó para sí mismo y su familia un grandioso mausoleo y que más tarde fue trasformado en castillo. Adriano que pasó toda su vida en el afán de sentirse fuerte y dejar una huella profunda en la historia de Roma pero que a través de sus Memorias dejo bien claro que fue un incom-prendido y hasta su final nunca fue amado humanamente. "Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos, desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos pues de entrar en la muerte con los ojos abiertos".

Adriano nos hizo recorrer la historia de un imperio que fue y que paulatinamente después de muchos años se extinguía hasta desaparecer, hasta llegar a la ruina, para revivir la historia que hace días recorrimos unas veces por las vías de la imaginación y otras por las piedras semiderrui-das de le que fue todo esplendor, belleza y, sobre todo, grandeza imperial.

Y ante lo que vimos, ante lo que contemplamos con los ojos de la memoria nos llega la pregunta, la de siempre, ¿Por qué los imperios decaen y se hunden? ¿Qué leyes o mecanismos regulan este ciclo aparentemente fatal que parece reproducir en gran escala el ciclo ontogenético de la vida y la muerte?

Los estudiosos de la cuestión han llegado a la conclusión que el gran drama de la caída del imperio romano radica en un hecho muy singular y es que no se desintegró porque haya caído en manos de potencias rivales y organizadas, ya que las bandas de bárbaros no tenían suficiente entidad para ello, sino que operó un proceso interno de desintegración. Fue la opulencia incontrolada y la decadencia económica que no dio abasto a todos sus dominios lo que acarreó el derrumbe de un imperio que hoy queda para la historia y que puede ser un referente del porqué los imperios que gozan de esplendor, muchos de ellos que han sido, el otomano, el español, ahora el americano se desmoronan no porque hayan o puedan aparecer brumas borrascosas en el horizonte que ennegrecen su vida y futuro, sino que desde dentro desde la ceguera y desde la ostentación desenfrenada y mal calculada se pone en la picota lo que fue esplendor para unas legiones que dominaron el mundo.

Adriano lo vaticinó: "Roma ya no está en Roma, tendrá que perecer o igualarse en adelante a la mitad del mundo. Estos muros que el sol poniente dora con un rosa tan bello, ya no son sus murallas, yo mismo levanté buena parte de las verdaderas a lo largo de las floretas germánicas y las bandas bretonas".

Y Roma pereció y su presagio lo cantó Nerón tocando la lira, mientras los centuriones dormían y mientras contemplaba el incendio del cual culpo a los cristianos que en mucho si contribuyeron a que el imperio romano se extinguiera y pasara a las páginas de una historia ya vieja.