El Teide y Sabino Berthelot

Luis Ortega

El Teide ya es Patrimonio de la Humanidad por acuerdo de la XXXI Convención Mundial de la UNESCO, reunida en Nueva Zelanda, que cierra un proceso de cinco años iniciado por el Ministerio de Medio Ambiente y apoyado por el Gobierno, Parlamento y administraciones canarias, Senado, presidentes de las comunidades autónomas y entidades científicas, docentes, culturales y profesionales.

La literatura anterior a la conquista y su condición de referente visual en las rutas intercontinentales le dieron fama mundial, antes de que los viajeros ilustrados divulgaran los datos científicos y las maravillas del Pico y de los llanos y cañadas sobre los que se alza.

Para una estancia corta en el reino del leviatán anclado, llevé dos libros del francés Sabino Berthelot (1794 - 1880), que cambió la patria universal y el paisaje mediterráneo de Marsella por la patria isleña y el encanto de la Santa Cruz atlántica. La "Historia natural de Canarias" -en edición de José A. Delgado Ruiz- y "Cinco años de estancia en Tenerife" -selección de crónicas editadas por Luis Diego Cuscoy en Aula de Cultura sirvieron de lectura común y de instrucción para mis compañeros en los paseos  por los parajes cercanos, exultantes de retamas y tajinastes rojos, y en los ocasos encendidos, cuando el silencio nos lleva al estado auroral del planeta, al asombro desnudo del génesis.

Con los relatos de Berthelot, aparecieron los grabados de Williams y los mapas medievales y renacentistas, las crónicas de Cadamosto y de los mareantes mediterráneos que se aventuraron más allá de las Columnas de Hércules y su amado Teide, al que dedicó sus páginas más sabias y más bellas desde que lo oteara, "como un meteoro, con la blanca cima recortada contra el azul de los cielos, mientras su base quedaba envuelta en un manto nuboso que nos ocultaba el resto de la isla”.

En algún lugar del recién declarado Patrimonio de la Humanidad falta la memoria física - monolito o bronce - del humanista que consagró su vida a la historia y la naturaleza isleña desde  un amanecer del invierno de 1819 cuando descubrió la atalaya del archipiélago y como un marino antiguo gritó ¡tierra