El Sáhara y los Balcanes

Lorenzo Doreste

 

Su Majestad el Rey de Ma­rruecos ha declarado que su país no puede admitir la independencia del Sahara, porque eso supondría la balcanización de la zona. Tal comparación no tiene sentido. Los Balcanes son una torre de Babel. En cambio, en el Sahara luchan entre sí hermanos de religión, que tienen la suerte de creer en Alá el Misericordio­so, porque uno de los nombres de Alá es precisamente este: misericordia.

 

¿Y cómo podemos ver la misericor­dia de Alá? De muchas formas. Por ejemplo, dándonos cuenta de que nos regaló el habla, y como se dice en mi tierra canaria: "Hablando se entiende la gente". ¿Por qué no hablamos en vez de pelearnos? Otra evidencia de la mi­sericordia de Alá es que nos regaló el equilibrio. Hablemos, pues, para en­contrar en el Sahara ese equilibrio que tanto complace a Alá.

 

Veamos: ¿Cuánto dinero ha gastado Marruecos en la guerra del Sahara en los últimos 31 años? Haciendo un cál­culo por lo bajo, puede que un millón de dólares diarios, que proceden de su propio erario y de las ayudas de Esta­dos Unidos. Tomando como referencia el año comercial, que es de 360 días, es­ta guerra ha costado 11.160 millones de dólares.

 

En 1975, cuando España dejó el Sahara, ni Estados Unidos ni Ma­rruecos querían que un país pequeño y con grandes riquezas cayera bajo la in­fluencia de la Unión Soviética. Por tan­to, si querían conquistarlo, tenían un medio eficaz: darles un buen trato a los saharauis, darles ayuda económica pa­ra que arrancaran cono país indepen­diente. A cambio de esa ayuda y de esa pro­tección, pedirles que no comerciaran con los soviéticos ni con países satéli­tes, y si comerciaban, que lo hicieran con el visto bueno de Marruecos y de Estados Unidos. O sea, que con 2.232 millones de dólares, la quinta parte de lo que se han gastado en la guerra, aho­ra el Sahara sería o una región marro­quí autónoma o un país independiente, tutelado por grandes potencias occi­dentales. Quizás esas grandes potencias quisieran abusar un poco del Saha­ra en lo económico, pero al menos ha­bría paz. Esto no fue posible porque a Marruecos no le dio la gana. Prefirió entrar en el Sahara a sangre y a fuego, aplastando hasta el más pequeño sínto­ma de disidencia. Quiso que la anexión del Sahara le saliera barata, y le está sa­liendo muy cara. Además, nunca la conseguirá por esa vía. Siempre habrá algún saharaui que considere su obliga­ción seguir luchando. También lo dice el Profeta: La única guerra lícita e in­cluso obligatoria es la yihad, la guerra defensiva. En cambio, la guerra ofensi­va, para robar o para imponer la reli­gión islámica la condena el profeta.

 

Muchas veces, cuando miramos pro­blemas internacionales sin pasión par­tidista, nos preguntamos: ¿Por qué siendo este problema tan fácil de resol­ver optan los países por vías tan absur­das como esta de la guerra? Para res­ponder a esta pregunta tenemos que analizar previamente lo que es la clase dominante de un país subdesarrollado. No conozco Marruecos, pero sí paí­ses de América Latina. Sus élites son muy avanzadas en lo cultural, lo econó­mico, lo científico, etc., pero no les da la gana de erradicar la pobreza. ¿Por qué? ¿Temen que si hay menos pobres y mi­serables en el país, ellos, los que domi­nan, gozarían de menos privilegios?


No, no es eso sólo. Es algo muy arraiga­do en la psicología de la clase dominan­te. Trataré de explicarlo con una leyen­da urbana que me contaron en Bogotá, Colombia: una leyenda para explicar por qué las tarjetas de crédito cobran más intereses que en otros países. Di­cen que el director de una gran empre­sa industrial estaba un día almorzando en un restaurante de lujo. De pronto, vio cerca de su mesa a tres secretarias de su empresa y se quedó blanco. Lue­go le preguntó a una de ellas cómo po­día ir a aquel restaurante con el sueldo que ganaba, y ella contestó que gracias a la tarjeta de crédito. Inmediatamente, este director llamó al banco para que aumentara los intereses de la tarjeta de una manera descomunal.

 

Hay un clasismo económico muy arraigado en las clases dominantes, más feroz que el racismo o el clasismo de sangre. Hay racistas que si tienen oportunidad de hacer un buen negocio con un negro se olvidan de su racismo.

Hay gentes que aparcarían sus ínfulas aristocráticas si eso les reportara bene­ficios. Pero contra el clasismo económi­co es más difícil luchar. La clase domi­nante marroquí teme que el Sahara sea independiente, que administre bien sus grandes riquezas y se convierta en uno de los países con más renta per cápita del mundo.

 

Así que la solución es muy fácil y muy difícil: Que Marruecos ayude económicamente a la República Árabe Sa­haraui Democrática para que se organi­ce, que le reconozca la independencia, y que le ponga una condición, si quiere: que no negocie con países que colisionen con los intereses de Marruecos, y a vivir todos en paz. En Marruecos los pobres se están organizando. Se prevé que los movimientos islámicos que ayu­dan a los pobres ganen las próximas elecciones. A la rebelión de los pobres no hay que temerles. Hay que temerle a la rebelión de los ricos, al clasismo de los ricos. Un Sahara libre traerá estabi­lidad a la zona, acabará con el laceran­te problema de la emigración en cayu­cos, porque la RASD, con sus grandes riquezas, podrá dar trabajo para mucha gente del entorno.