Salud pública y discapacitados

 

Justo Fernández Rodríguez

 

La atención sanitaria pública es un derecho de los ciudadanos y una obligación de quienes ostentan el poder político de cualquier Estado democrático. Sin embargo, la deshonestidad de una buena parte de los gobernantes, que utilizan los cargos públicos para su enriquecimiento particular y el de los grupos económicos que los apoyan y subvencionan, supedita el derecho de los ciudadanos a los intereses bastardos de quienes han convertido la sanidad en un negocio especulativo y privado.


En España, y desde 1997, se ha producido un deterioro progresivo del servicio de salud pública en beneficio del negocio privado de la salud, como principio orientador de la política de los gobiernos aznaristas. El gasto sanitario, es insuficiente, incluso ha disminuido ligeramente, mientras crece en la mayoría de los países de la Unión Europea. En Canarias, la sanidad pública tiene las mayores carencias de toda España, unidas a una gestión desastrosa, orientada a beneficiar a la sanidad privada.


Sin embargo, si comparamos nuestra situación con la de la mayoría de los países de Asia, Latinoamérica o África, gozamos de una situación de privilegio, que no debe hacernos rebajar el nivel de exigencia ciudadana de una sanidad pública eficaz, menos burocrática y, desde luego, no supeditada a los intereses de la sanidad privada.


La pobreza y la mala salud son fenómenos interrelacionados. La salud es un factor determinante del crecimiento económico y del desarrollo, mientras que la enfermedad es, al mismo tiempo, causa y efecto de la pobreza. La Organización Mundial de la Salud (OMS) entiende que la llegada del nuevo milenio brinda una oportunidad singular para mejorar la salud y el bienestar de la población del mundo. Nuevas tecnologías, mejores comunicaciones y el deseo de efectuar reformas sociales y económicas suministran el marco para mejorar la salud de una manera radical. La comunidad internacional, los organismos de desarrollo y los gobiernos deben hacer esfuerzos decididos para velar por que estas oportunidades estén al alcance de los países y grupos de población menos favorecidos. Las inequidades, ya sean de naturaleza sanitaria, social o económica, deben reducirse drásticamente dentro y entre las naciones.


Según la OMS, existe una "escasez crónica" y una falta de formación de los trabajadores de la salud. De los 57 países con insuficiencia de personal sanitario, 36 están en el África subsahariana, siete en el este Mediterráneo, seis en Sudeste asiático, cinco en América Latina y tres en el oeste del Pacífico. En América Latina la situación es crítica en El Salvador, Honduras, Nicaragua, Perú y Haití.


La mayor parte de las muertes por enfermedades infecciosas se produce en los países en desarrollo. La tercera parte de estos países, 1.300 millones de personas, viven con ingresos inferiores a un dólar diario, por lo que carecen de la posibilidad de acceder a medicamentos esenciales, además de ser ciudadanos de países que destinan escaso dinero a los servicios de salud.


En busca de soluciones, se ha celebrado en Río de Janeiro el XI Congreso Mundial de Salud Pública (21-25 de agosto). Asistieron cerca de 10.000 expertos de varios países. En conferencias, debates, paneles, talleres y foros se presentaron más de 6.000 trabajos. El tema principal del Congreso fue "La salud en un mundo globalizado: rompiendo barreras sociales, económicas y políticas".


La inauguración corrió a cargo del presidente de Brasil, Lula da Silva, quien adquirió el compromiso de pedir a los gobernantes que no permitan que los países pobres vean morir a sus hijos porque no pueden acceder a los caros remedios producido por los laboratorios multinacionales. Este no es un problema económico. Es un problema eminentemente político que, por lo tanto, está en nuestras manos". "La salud colectiva en el mundo, en especial en los países con graves disparidades de renta y oportunidades, trasciende las barreras de los hospitales, las farmacias y las universidades. Es necesaria la cooperación internacional.


Muchos oradores coincidieron en que, pese a la expansión de las economías y los avances técnico-científicos que ampliaron el conjunto de recursos profilácticos y terapéuticos, la pobreza, el hambre, las enfermedades evitables y la violencia continúan sustrayendo y comprometiendo la salud y la vida de tres cuartas partes de la población mundial. El presidente de la Federación Mundial de Asociaciones de Salud Pública, Ruiz Matus, denunció el aumento de enfermedades crónicas como la diabetes, el cáncer y la hipertensión; aparecen nuevos retos como la pandemia de influenza y el Síndrome Respiratorio Agudo y permanecen las enfermedades relacionadas con la pobreza, como la diarrea, la tuberculosis y el paludismo.


El presidente de la Fundación Oswaldo Cruz, el brasileño Marcchiori Buss, fue pesimista: Mientras no tengamos una sociedad sin limosnas vamos a continuar con una situación muy parecida. Y consideró que EE.UU., Australia, Japón, Suiza, Suecia y Gran Bretaña, han puesto a la OMS de rodillas, ante la Organización Mundial de Comercio y la Organización de Propiedad Intelectual.


No parece que vayan a cambiar las cosas. A las importantes ausencias al Congreso hay que añadir el escaso seguimiento de los medios de comunicación de los debates y resoluciones adoptadas. Es más que probable que, en la celebración del XII Congreso Mundial de Salud Pública se viertan las mismas ácidas críticas sobre la situación y los intereses que se oponen a su solución, pese a que para alcanzar los objetivos planteados, según Marcchiori Buss, sólo sería necesario gastar menos de lo que el mundo gasta en armas en apenas un año. Volver a plantearse la necesidad de reducir a dos terceras partes la tasa de mortalidad de los niños menores de cinco años; aminorar la tasa de mortalidad materna en tres cuartas partes; detener y comenzar a reducir la propagación del VIH/SIDA y contener y disminuir la incidencia del paludismo y otras enfermedades graves. Y, una vez más, los intereses de la sanidad privada quedarán a salvo.


El 10% de los habitantes del planeta vive con alguna discapacidad y el porcentaje aumenta por el envejecimiento de la población y el incremento de las expectativas de vida; sin embargo, hasta ahora no existe ningún instrumento internacional vinculante que proteja los derechos de los 650 millones de personas que sufren minusvalías en todo el mundo. Tras cinco años de negociaciones, los delegados de 192 países y representantes de organizaciones no gubernamentales (ONG) han llegado a un acuerdo en la redacción final de la convención internacional para el reconocimiento de los derechos de los discapacitados. En el próximo periodo de sesiones de la Asamblea General de la ONU será presentado para su aprobación. Se ha definido como discapacitado a toda persona que sufra el menoscabo físico, mental o sensorial que limite su habilidad para realizar las actividades de la vida cotidiana.


La convención estipula que los gobiernos de los países signatarios habrán de introducir cambios en sus legislaciones para mejorar y promover el acceso a la educación y empleo de las personas con discapacidades. Asimismo, la igualdad de acceso a la información, los sistemas de salud y la eliminación de obstáculos físicos y sociales para la movilidad de estas personas. Lógicamente, se prohíbe la discriminación de los discapacitados en todos los terrenos, incluido el de los derechos civiles y el acceso al transporte.