Sectarismo
Juan
Manuel García Ramos
Quizá en estas fechas se imponga una
depuración carnavalera, una manera menos crispada de ir por la vida. Lo que ha
empezado como una broma en
Si se sectariza una sociedad, si la convivencia se
vuelve sectaria, entonces no hay convivencia.
Alguien ha rebautizado a la memoria histórica, ese afán gubernamental por
desenterrar el hacha de la vieja contienda, como memoria histérica, y creo que
no deja de tener razón. Expresiones como "guerracivilismo"
cobran cada vez más fuerza en un Estado del siglo XXI empeñado en remedar
viejas y dañinas conductas.
Digo que todo ha empezado en el ámbito de la política y se ha extendido al
ámbito de lo mediático, lo empresarial, lo intelectual, las amistades.
Las ceñidas diferencias entre electores del PSOE y del PP en 2004 y las
circunstancias que rodearon a esos comicios, atentados terroristas de por
medio, han marcado la vida en común de los ciudadanos a partir de ese momento
con una virulencia tan novedosa como nociva.
Dijo alguien que cuando uno se aferra a una sola verdad y la persigue
ciegamente esa verdad corre el peligro de convertirse en falsedad y uno en un
fanático.
PSOE y PP se aferran en la actualidad a modelos antagónicos de entender al país
al que sirven aunque sean partidos distintos y trasladan esas posturas
intransigentes a su militancia y al resto de la sociedad.
El 12 de diciembre del pasado año, en una intervención en el foro
"Diálogos Córdoba", celebrado en esa ciudad andaluza, Antonio Garrigues Walker denunció
públicamente que "el sectarismo político está invadiendo la sociedad
española y eso es algo que los ciudadanos no se merecen".
Según una reseña que leo de esa comparecencia del conocido jurista madrileño,
se señalan como causas de esa invasión de sectarismo político en
"Es un sectarismo que coarta la libertad", mantuvo Garriguez Walker. "Ya ni
siquiera puedes llevar bajo el brazo tu periódico favorito sin que te acusen de
ser de un bando o de otro".
La configuración del espectro político en bandos irreconciliables determina un
alineamiento maniqueo de la ciudadanía y, como ya dijimos, de sectores como el
empresarial, el intelectual y el mediático.
En este principio de siglo XXI, dos sistemas rígidos de ideas se enfrentan en
España e imposibilitan la idea liberal de tolerancia, ese principio que
persigue una posible convivencia con aquello que no se comparte.
El pasado domingo leí el acostumbrado artículo de Manuel Vicent
en El País y pude comprobar cómo ese sectarismo de la sociedad se
apodera hasta de colaboradores tan líricos como el autor de Tranvía a
Vicent calificaba de "hienas" a las
viejecitas madrileñas que suelen merendar todas las tardes con sus amigas en el
barrio de Salamanca madrileño y tuvieron la ocurrencia de acudir a la
manifestación contra el terrorismo a la que asistieron los militantes del
Partido Popular.
En su meditación dominical, el fino columnista me pareció disfrazado de una
suerte de juventudes hitlerianas del partido en el
poder, de ese espíritu intransigente y descalificador
de todo lo que no se ajusta a las consignas oficializadas.
Parecidas reacciones ha podido uno percibir en las élites
empresariales catalanas a la hora de criticar a Endesa en su resistencia a ser
devorada por Gas Natural.
Pero ese enrarecido ambiente también ha descendido a la vida de todos nosotros.
Incluso a la vida de los que no participamos ni de los oficios de tinieblas del
PSOE ni de los del PP. Somos arrastrados por igual por amigos que simpatizan o
militan en esas organizaciones, aunque personalmente yo he padecido esas
fiebres de sábado noche político más por parte de seguidores del PSOE que del
PP.
He tenido que cortar conversaciones para no llegar a términos nunca deseados y
he comprobado en muchos amigos y amigas del partido de Rodríguez Zapatero una
ceguera a la hora de discrepar desconocida por mí desde que tengo uso de razón
política.
Compañeros de toda la vida a los que siempre quise y admiré se han convertido
en prosélitos incondicionales de la filosofía política impartida por Pepiño Blanco en cada una de sus estelares apariciones.
Por defender lo indefendible, esos mismos compañeros de toda la vida, han
llegado a aplaudir hasta las últimas intervenciones en Canarias de la policía, la
fiscalía y algunos responsables de filtraciones del Tribunal Superior de
Justicia de Canarias contra representantes de la clase empresarial grancanaria
o hasta contra el presidente del Gobierno de nuestra Comunidad.
Una ola anticorrupción que todo lo invade y que en el fondo no hace sino
ocultar los estrepitosos fracasos del Gobierno central en materia de reformas
estatutarias, de lucha contra el terrorismo y de control de la inmigración en
esta parte del Atlántico.
Todo lo que no sea PSOE es corrupción.
En ese sentido creo que todos debemos aplaudir el valiente comunicado emitido
por el Círculo de Empresarios de Gran Canaria y dirigido al Diputado del Común
donde se condena el funcionamiento de
La condena y el escarnio públicos sin más contra representantes políticos y
empresariales -no afectos al PSOE, qué casualidad- antes de que se haya celebrado
juicio alguno, no viene sino a enrarecer más ese clima de sectarismo del que
nos hemos hecho eco. Llega a Canarias un estilo, si no de hacer política, sí de
celebrar la política, desconocido hasta ahora.
Nos resulta muy peligroso que los aparatos del Estado, llámense policía,
fiscalía y poder judicial, puedan caer en la tentación de colocarse a un lado o
a otro de esta España ya partida por la mitad tanto en lo político como en lo
empresarial, lo intelectual o lo mediático.
Ésa es la sensación que empezamos a tener en Canarias y ojalá
sea una falsa sensación nada más.
Los empresarios de Gran Canaria, con gran lucidez, ya nos han advertido que
cualquier instrumentalización partidaria de esos
aparatos del Estado conllevaría una quiebra irreparable de ese mismo Estado
democrático y de derecho.
Dejémonos -sobre todo en Canarias- de
jugar con fuego.