Semana electoral americana

Justo Fernández Rodriguez

En los últimos días, más de doscientos millones de americanos han sido convocados a las urnas, en elecciones presidenciales o municipales, aunque, la mayoría hayan quedado minimizadas y relegadas por la expectación mundial creada por los resultados de la batalla por la presidencia de los EE.UU.

George W. Bush ha ganado las elecciones y, por lo tanto, continuará siendo presidente durante los próximos cuatro años. Con todo el respeto para la decisión democrática de los estadounidenses, han importado poco las mentiras, las manipulaciones, la violentada legalidad internacional, las tortuas de prisioneros, la muerte de más de cien mil civiles iraquíes. El miedo, la inseguridad, los "valores tradicionales", Bin Laden, antiguo mercenario de la CIA, libre, limpio y sereno, reaparecido para justificar la política de Bush. Ello, unido a la máxima reaccionaria de que, en tiempos de crisis no se debe cambiar el comandante, han tenido mayor influencia.
Han menudeado los análisis triunfalistas sobre los récords conseguidos por Bush. Con una mayor participación que en otras elecciones, ha logrado más de 58 millones de votos. Pero, tampoco se puede obviar que John Kerry, un candidato mediocre, concitó un apoyo superior a los 54 millones de votantes, que buscaban un nuevo talante en la política exterior y en la interior. Y, aunque, todos los votos tienen igual valor, no se puede ignorar que en las zonas costeras, del Atlántico y el Pacífico, y en el norte industrial, con mayor capacidad para discernir, más allá del miedo provocado, se votó, mayoritariamente, a Kerry; por el contrario, en el Medio Oeste y el Sur se ha votado a Bush.

Esta victoria de la extrema derecha conservadora es una mala noticia para los demócratas, los amantes de las libertades y los pacifistas de todo el mundo. Una extrema derecha que, en España, no sólo aplauden sus homólogos ideológicos, sino antiguos personajes, militantes de la extrema izquierda comunista, furiosamente antiamericana, reconvertidos al aznarismo y que mantienen una ofensiva mediática contra la política exterior del Gobierno de Rodríguez Zapatero.

Aznar y Rajoy no han perdido la ocasión para advertirnos que sufriremos las represalias de Bush. Añaden el resentimiento vengativo como otra de las cualidades que adornan al "gran cacique" del mundo.

Los españoles no tenemos que hacer ejercicios de transformismo humillantes. Las decisiones del Gobierno no sólo obedecían a promesas electorales, sino que tenían el apoyo de la gran mayoría de españoles, mucho más allá de los votantes socialistas.

En Chile, la coalición de centro izquierda, que gobierna desde la restauración de la democracia, en 1990, ganó las elecciones municipales. Sin embargo, su distancia con la derecha, que agrupa la Alianza por Chile, liderada por Joaquín Lavín, que triunfó en Santiago, se ha reducido considerablemente, por el abono del voto de izquierdas y la abstención de una gran parte de la juventud, desencantados por las políticas neoliberales, aplicados por el presidente Lagos.

El próximo año, se celebrarán elecciones presidenciales y las alarmas se han encendido en el seno de la coalición gobernante, mientras aumentan las expectativas de que la derecha pueda volver al Palacio de la Moneda, aunque, muchos analistas coinciden en que el resultado de las municipales no permite un pronóstico claro sobre la próxima convocatoria electoral.

En Uruguay, que ha padecido, desde 2002, una fuerte crisis económica, se ha producido un vuelco electoral histórico. Por primera vez en la historia, ha ganado la izquierda, agrupada en el Frente Amplio, logrando una cómoda mayoría parlamentaria y rompiendo la hegemonía de los partidos tradicionales, Nacional (Blanco) y Colorado. La manifestación celebrada, en el cierre de campaña, con la asistencia de medio millón de uruguayos, en un país con apenas tres millones, parecía adelantar el triunfo electoral. No será fácil la tarea del nuevo Gobierno. El gigantesco crecimiento del déficit extremo, el explosivo aumento de la pobreza y el crecimiento de la emigración, en especial, hacia EE.UU. y España, son los principales problemas que tendrán que afrontar, con urgencia.

En Brasil, la satisfacción por la holgada victoria del Partido de los Trabajadores (PT), que apoya al presidente Lula, en la primera vuelta de las elecciones municipales, en las que pasó de controlar apenas un centenar de ciudades, a hacerlo en casi quinientas, ha sufrido un serio contratiempo en la segunda vuelta.

En São Paulo, la mayor urbe sudamericana, con ocho millones de habitantes, capital económica y financiera del país, la alcaldesa, Marta Suplicy, del PT, ha sido derrotada por el candidato de la derecha. En Porto Alegre, ciudad simbólica para Lula y los movimientos antimundialización, después de 16 años de gobierno del PT, ha triunfado la candidatura del Partido Popular Socialista, desgajado de la coalición que llevó a Lula a la presidencia de Brasil.

La propaganda oficial manifiesta que la posibilidad de que el PT arrase en las próximas elecciones presidenciales (2006) continúan intactas, mientras desde distintas opciones políticas, incluidas algunas de las que han apoyado a Lula, consideran que la excesiva concentración de poder, y la propia complacencia del Gobierno, pueden crear mayor desencanto en importantes sectores de la población.

En Venezuela, ante una oposición sin liderazgos creíbles, confusas alternativas y descoordinadas, Hugo Chávez ha conseguido su novena victoria electoral en seis años. La anterior se produjo el pasado 15 de agosto, en el referéndum revocatorio, en el que arrasó, en medio de las protestas, por irregularidades, de la oposición, no compartidas por los observadores internacionales presentes. Ahora, se elegían los 22 gobiernos regionales y 334 alcaldías. Sectores de la oposición propugnaron la abstención, que fue importante, mientras otros dudaban o, claramente, se mostraban proclives a participar.

El triunfo del chavismo fue espectacular. Sus partidarios dirigirán 20 de los 22 gobiernos regionales y 270 de las 334 alcaldías en juego. Con algunos incidentes, la oposición volvió a su esquema de acusar de fraude al proceso electoral, avalado por el centenar de observadores internacionales presentes. Superado el periodo de incertidumbre, Chávez, con el control del poder central, el regional y el municipal, tendrá que gobernar y desarrollar la política de cambios prometida. Lo más probable, es que, con esa oposición, los venezolanos tendrán Chávez para rato.