Semana Santa adejera en el recuerdo
Fidel Campo
Nos proponemos, en el recuerdo de un pasado más solidario, escribir, como adejeros vocacionales, a modo de expresión cristiana, nuestros gratos recuerdos de una Semana Santa más sana, diferente a la actual. Lo que vivimos en ese Adeje de nuestros amores y especiales preocupaciones, donde notamos espiritualidad diferente a la que en el pasado se requería para celebraciones de este tipo. La naturaleza o cualidad de lo que es y significa el sentimiento espiritual: sencillez y vivencia real de lo que significó la expiación. Hoy los actos litúrgicos son dirigidos por esos políticos de turno, que producen sentimientos piadosos ninguneando al clero local. Los que vivimos in situ las celebraciones del pasado entendemos que se ha dejado de lado el auténtico significado de sencillez religiosa de la Semana Santa.
En el recuerdo, aquellos sacerdotes que nos motivaban, en cada conmemoración, a vivir el rito de Semana Santa, curas que realmente le daban su verdadero significado, que nos hacían vivir el gran sacrificio de Cristo, como fueron don Marcos (q.e.p.d), pese a algunos desvaríos por su avanzada edad, los hoy canónigos don Julio y don Cristóbal y, además, don Carlos.
Relatamos, tal como nos fue enseñado:
Ninguno de los habitantes de Judea, llamada Nazareth, que tenía a gala pertenecer a la más prestigiosa de las 12 tribus hebreas, podría imaginar que su nombre sería reconocido por todo el mundo, por los siglos de los siglos, a partir de aquella noche de paz, en la que una mujer, esposa de un humilde carpintero dio a luz a un niño llamado Jesús. Años más tarde, aquel niño fue conocido por Jesús de Galilea, porque desde Galilea dio comienzo su vida pública.
En la Semana Santa, desde el Domingo de Ramos, hasta su crucifixión en la tarde del Viernes Santo, pasando por la traición de Judas, la negación de Pedro -lo hizo hasta tres veces-, la angustia en el huerto de los Olivos, la flagelación, la coronación de espinas y el vía crucis, todos los que lloraban y quienes le insultaban, los amigos y los enemigos, todos coincidían en un nombre: Jesús El Cristo, el Hijo de Dios, encarnándose y sufriendo por los hombres, que tomó sobre sí la deuda de la humanidad y la saldó derramando su sangre. Su muerte y posterior resurrección del sepulcro, y según ocurriera, como se nos indica en la Primera Carta de San Pablo a los Corintios 15:22, "todos los muertos se levantaron de la tumba con un cuerpo inmortal".