Palabras para ser menos infelices

Juan Manuel García Ramos

En la borrachera de palabras políticas y mediáticas soportadas cada día uno observa el fiasco, el gato por liebre, la metáfora mentirosa, los intereses creados y, en general, la perversión del lenguaje... Estamos rodeados de lenguajes falsos, provengan del léxico político o provengan de los discursos mediáticos, y entre tanta paja verbal hay que distinguir el trigo que nos alimentará espiritualmente. Las palabras son la sustancia de la que se aprovisiona nuestra inteligencia y nuestra imaginación, y si ese nutriente está corrompido, nos corromperá, y si está sano nos hará más saludables y fuertes ante las circunstancias.

Cada semana, cuando me pongo delante de la pantalla en blanco del ordenador, pienso en los posibles lectores de mis reflexiones periódicas, a los que tengo divididos en dos clases: los que me dicen que sólo leen lo que escribo de política y los que me confiesan que nada de lo que escribo de política les interesa.

Esas prevenciones crean en mí una doble personalidad caligráfica que intento siempre quitarme de encima. Pero es difícil no participar de la vida pública de esta Canarias nuestra, tan inspiradora; es difícil y un punto irresponsable dejar de mirar a nuestro alrededor y no pronunciarse.

Sobre todo porque en la borrachera de palabras políticas y mediáticas soportadas cada día uno observa el fiasco, el gato por liebre, la metáfora mentirosa, los intereses creados y, en general, la perversión del lenguaje.

Y ¿no formaremos parte, nosotros también, de esos despropósitos verbales atreviéndonos cada semana a ensayar algunos juicios sobre la realidad que nos ha tocado vivir?

Lo he pensado y lo pienso, pero el río de la escritura me lleva por delante cada siete días y me alivia, he de reconocerlo, de muchas tensiones de la vida diaria.

Por eso persisto en seguir dando mi versión de los hechos: sea desde el escueto lenguaje político; sea desde la libertad de las licencias creadoras. Escribir es una catarsis, un desahogo que uno debe aconsejarle a todo el mundo.

Desde hace mucho tiempo me aprovecho de una afirmación del gran escritor argentino Adolfo Bioy Casares, el gran amigo de Jorge Luis Borges. Decía Bioy Casares que se atrevía a dar el consejo de escribir, porque, para él, escribir era agregar un cuarto a la casa de la vida. Está la vida y está pensar sobre la vida, que es otra manera de recorrerla intensamente.

Es decir, escribiendo, cada uno de nosotros disfruta de una doble perspectiva de su existencia: de la que experimenta por sí mismo y de la que es capaz de construir mediante sus testimonios escritos.

Bien es verdad que todas estas libertades sirven para cuando uno goza de buena salud y de cierta paz espiritual, pues cuando los momentos malos nos azotan, a uno todo le importa un rábano y escribir y leer se vuelven operaciones muy costosas, cuando no insoportables.

El prestigioso y popular crítico literario neoyorkino Harold Bloom, en su último libro, ¿Dónde se encuentra la sabiduría?, redactado en medio de una gran enfermedad, afirma algo que muchos de nosotros hemos sentido alguna vez: "Casi todos nosotros sabemos que la sabiduría se va de inmediato al garete cuando estamos en crisis".

Es decir, todos aquellos conceptos que creíamos sagrados en nuestro magín personal se vacían de contenido de pronto cuando perdemos la salud y la muerte nos mira de frente y sin contemplaciones. Todas las palabras que nos convertían en un hombre decidido y seguro ante la realidad se desmoronan en un lecho hospitalario y nos volvemos el ser elemental que sólo lucha por su supervivencia.

Hace unos años, en una noche de convalecencia en un establecimiento sanitario, oía, al final del pasillo de la planta donde se encontraba mi habitación, los llantos permanentes de un anciano con demencia senil y les aseguro a ustedes que a nada se me parecían más esas lágrimas presentidas que a los aullidos de un animalillo en medio de un bosque después de haber caído en cualquier trampa mortal. Era el lamento de una criatura sin palabras que llevarse a la boca, era la soledad más absoluta, la desolación sin más.

El rey demente Lear de Shakespeare dice en un momento de su diálogo con el ciego Gloster: "Al nacer, lloramos por haber venido / a este gran teatro de locos".

En aquella noche de convalecencia, tuve la certeza de que también cuando nos vamos de este mundo representamos la misma obra y lo hacemos en el mismo local disparatado que cuando cada uno de nosotros llega a la luz.

En ese libro citado de Bloom, también se nos facilita una útil definición de sabiduría obra de otro paisano del prestigioso crítico estadounidense, el filósofo William James, quien dijo que para él la sabiduría debía convertirse en la facultad de pasar por alto lo que se nos hacía insuperable.

En definitiva: si no podemos con lo que se nos viene encima, dejémoslo correr y no le demos importancia.

Buena manera de ir por la vida en un mundo como el nuestro tan lleno de malas y malas noticias.

Acaba de decir en Las Palmas el psiquiatra Luis Rojas Marcos, divulgador de excesivas obviedades aunque no por ello merecedor de la indiferencia que algunos cenáculos académicos le dispensan, que por algunas universidades americanas se extiende cada día más como apetitosa asignatura, la llamada "Psicología positiva".

En esa nueva disciplina se enseñan conceptos como "alegría, amor, autoestima o esperanza" y los alumnos deben salir muy gratificados de la impartición de esos conocimientos por profesionales de la felicidad.

Estamos rodeados de lenguajes falsos, provengan del léxico político o provengan de los discursos mediáticos, y entre tanta paja verbal hay que distinguir el trigo que nos alimentará espiritualmente. Las palabras son la sustancia de la que se aprovisiona nuestra inteligencia y nuestra imaginación, y si ese nutriente está corrompido, nos corromperá, y si está sano nos hará más saludables y fuertes ante las circunstancias.

Las palabras van y vienen, y pueden herirnos y curarnos.

He de confesar que cada día soporto menos palabras vertidas cerca de mí con las que no estoy de acuerdo y ante las que he de callar por prudencia, respeto o mero protocolo. Tarde o temprano termino acusando ese silencio y me reconcomo para mis adentros.

Las últimas estupideces se las oí a un colega universitario lejos de Canarias. Este catedrático de literatura venía a decir que él desconfiaba de cualquier profesor de enseñanza superior que incursionara en el ámbito de la creación literaria, pues esa "debilidad" siempre iba en contra de lo que para él eran las dos verdaderas responsabilidades de un profesor: la de dar clases y la de investigar.

Se refería este colega a una profesora universitaria a la que se le había ocurrido la idea de escribir algunas novelas a lo largo de su vida, lo que, al entender del aludido colega, por no decir otra cosa, invalidaba ya su carrera académica.

No pensé en ese momento en el oportuno ejemplo de Umberto Eco, el catedrático universitario de Semiología y autor, a su vez, de algunas novelas de indispensable consulta para saber algo de la literatura de nuestro tiempo.

La verdad es que no quise pensar en nada al oír las memeces del colega de marras. Me tomé la caña fresca de cerveza que tenía delante y sentí un vacío que me ataca desde unos años para acá con demasiada frecuencia: nada hay más distante de la literatura que un profesor -sabihondo y con alma de burócrata- de literatura.

Hoy el artículo se ha ido por los cerros de Úbeda, espero que el director me indulte de tantas abstracciones y mis lectores, de dos clases, también.