Sexo, amor y
cortesía
Juan Manuel
García Ramos
Durante este mes de agosto me he hecho un
adicto a los suplementos estivales de los periódicos. Da la impresión de que la
levedad de esos cuadernillos interiores sustituye, en estas fechas de holganza,
la seriedad de las ediciones de los meses de batalla. Son otra versión mucho
más digestiva de la realidad posible.
En esos suplementos se leen las cosas más exóticas y divertidas que uno pueda
imaginar. También las tonterías más ramplonas. Entre las exóticas, nos podemos
enterar -o podemos recordar- de que hacer el amor equivale, en gastos de
calorías, a treinta minutos de footing, lo que
nos viene a demostrar lo mucho que ha bajado la pasión en el mundo de nuestros
días a la vista de los numerosos hombres que trotan y trotan sin cesar por
nuestras calles, caminos y senderos.
La tríada Viagra-Levitra-Cialis queda fuera de esta reflexión, pues los caballeros
consumidores de estos afrodisiacos químicos no están,
por su edad, para demasiados trotes. Los justitos, y con la espalda avisando,
como confesaba el escritor estadounidense Norman Mailer
después de cumplir con exceso sus tareas de macho indomable y de haber
confundido el amor con la voluntad (con la voluntad de hacer el amor más allá
de lo que dicta la sabia naturaleza).
También nos llegan noticias científicas tan clarificadoras como
revolucionarias. Por ejemplo, el manoseado Paulo Coelho
nos dice que la antropóloga Helen Fisher,
de
La literatura y el cine no han hecho sino explotar esta tridimensionalidad
de las criaturas pensantes y darnos versiones y versiones incontables sobre los
dramas que ocasiona la infidelidad, que ahora sabemos procedente del cerebro,
cuando antes creíamos producto de la sinvergonzonería sin más.
Con hallazgos como los de Helen Fisher,
la ciencia casi casi empieza a dictar moral y a
abrirnos los ojos ante una vida que puede ser cualquier cosa menos compleja.
Los musulmanes ya habían previsto esa posibilidad del arte amatorio e
incluyeron en el Corán una cuarta mujer por si la corteza cerebral
procreaba alguna otra circunstancia. Sólo les faltó facultar a las mujeres para
que también pudieran disponer de los cuatro varones para sus necesidades. Pero
todos sabemos el papel que Mahoma otorgó a los hombres en su libro sagrado y el
desprecio que sentía por el género femenino.
El citado Norman Mailer declaraba en 1973 que no iba
a ser fácil imaginar a un hombre y a una mujer casándose jóvenes y vírgenes,
digamos a los dieciocho o veinte años, y luego procediendo a vivir feliz y
fielmente por cincuenta o sesenta años hasta morir juntos. "Esto muy
pronto será tan difícil como ganar una carrera corriendo para atrás. Y se
respetará mucho por esta razón. El virtuosismo que exige será lo que finalmente
mantendrá vivo el matrimonio", Mailer dixit.
El matrimonio no como institución social básica, sino como una gran curiosidad,
como maravilla humana, como la demostración de cuánto se las ingenian un hombre
y una mujer para significar tanto el uno para el otro, con una visión
trascendental de la existencia a fin de superar el aburrimiento, las monotonías
y las rutinas agazapadas, las tentaciones con otros seres, las pequeñas y las
no tan pequeñas traiciones, las presiones sociales que a veces nos hablan de lo
absurdo que es permanecer casado y no librarnos de ataduras artificiales.
Los jóvenes de nuestros días practican el sexo con precocidad y nada tienen que
ver con las generaciones de sus padres, que vienen a ser la mía. Dicen algunos
que en cuestión de amor, de sexo y de convivencia no se puede engañar a la
vida. Pero muchas veces me pregunto dónde está el patrón de conducta: ¿en la
moral cristiana, musulmana, en la disposición cerebral de la que nos habla Helen Fisher, en la libertad sin
límites de la juventud actual?
Dicen otros que una mujer resulta seductora a un hombre si posee algún rasgo
que lo atrae continuamente. Ya sea el rostro, las manos, los pies, la sonrisa
cínica o la sonrisa dulce. O la ambigüedad, oficio de tinieblas que practican
algunas damas con despiadada dulzura. Pero ¿qué significa continuamente? ¿En
cuántos días, meses o años consiste ese continuamente?
Sigo con Mailer para referirme ahora al papel de las
fantasías sexuales, de las que suelen servirse los cónyuges con mucha
frecuencia. Sostiene Mailer que si un hombre y una
mujer están haciendo el amor y él piensa en secreto que está fornicando con la
condesa Eloísa de Bulgaria y ella visualiza en su excitación a un macho
reproductor de Harlem, entonces esencialmente se
están masturbando y la tendencia última de ese modo de hacer el amor es la
locura. Va demasiado lejos Mailer y entra en
contradicción con la ciencia de Helen Fisher. Sería locura si la corteza cerebral no estuviera
preparada para esos choques emotivos y afectivos, pero no parece el caso.
El mundo del amor, del sexo y de la atracción sin más está por descubrir a
pesar de tanto tratadista. Nos amamos y amamos, ésa es la cuestión, y sin
amarnos no podemos amar. Por eso en todo lo alegado entra además el arte
masturbatorio, que los curas de mi tiempo aseguraban que también conducía
directamente a la locura. Nunca estuvo
El arte masturbatorio que tanta discreción requiere para que sea eso: arte.
Ahora recuerdo una cita contenida en un libro divertido de un amante casi
olímpico, como fue Adolfo Bioy Casares, el delicado
escritor argentino. Era un graffito leído en un
mingitorio y decía: "Más de tres sacudidas se cuenta paja". Debió de
ser obra de algún moralizador reprimido.
Vago y vago por las páginas de los suplementos vacacionales y me doy cuenta de
que no sólo leo algunos de sus atrevimientos sino que me solazo escribiendo a
la sombra de sus ocurrencias.
Es relajante cambiar unas palabras por otras en estos días de descanso y de
cierta felicidad, entendida, con Stendhal, como el
ejercicio de una actividad intensa. Se divierte uno escribiendo de ciertas
supercherías ajenas. Odio a todos aquellos que ven las cosas tan claras,
incluso las cosas del amor, tan decisivas en las distintas edades de la vida.
Ni los seis o siete matrimonios de Norman Mailer ni
los laboratorios de