Los signos políticos de nuestro presente
Juan Manuel García Ramos
El pasado martes, en el salón de actos del Campus de Guajara de la Universidad de La Laguna, tuvo lugar la jornada de inauguración del XI Congreso de la Asociación Española de Semiótica, dedicado en esta edición a asuntos tan vigentes como la "Interculturalidad, la Insularidad y la Globalización".
Invitados por la organización, pronunciamos la primera conferencia de esa cita sobre "Cinco signos de nuestro presente. Los deslizamientos del lenguaje", donde intentamos reflexionar en voz alta sobre asuntos que nos han preocupado desde hace algunos años a esta parte.
En principio, partimos de algunas definiciones básicas del concepto de "signo" a través de las aportaciones de un especialista tan respetado como Umberto Eco, quien concibe la semiótica como una disciplina que estudia las relaciones entre el signo y el código que lo contiene. Según el mismo Eco, los signos son una fuerza social, y no simples instrumentos que reflejan las fuerzas sociales. En política hay signos equívocos que nos remiten, a su vez, a códigos equívocos impulsados por el poder. La sociedad utiliza los signos, para comunicar, para informar, para mentir, engañar, dominar y liberar.
En nuestra intervención tratamos de revisar algunos de los signos que rigen el debate de nuestro presente, entre los que estarían el localismo y la universalidad, la globalofilia y la globalofobia, lo que denominamos el desierto laboral, la ideología del dinero y los nuevos nihilismos y las nuevas esperanzas.
Dentro del localismo y la universalidad, propusimos como clave una frase del escritor mexicano Carlos Fuentes: no hay globalidad que valga, sin localidad que sirva. Para demostrar con ella que es muy difícil acceder a lo universal si no se hace desde una experiencia localizada y provechosa. Siempre somos de algún sitio y siempre analizamos -escribimos- desde una particular experiencia de vida verificada en un espacio concreto. Sócrates decía: "Yo tengo que estar en Atenas porque a mí los árboles de Atenas me enseñan cosas". En la imaginación creativa, siempre ha habido algo vegetal. Los casos de William Faulkner que sólo escribió del sur de los Estados Unidos, de Juan Rulfo que indagó tan intensamente en su México natal, de Tolstoi y Dostoievsky que no se ocuparon sino de Rusia, nos demuestran que la universalidad nunca puede alcanzarse más que al escribir sobre algo que uno conoce a fondo.
En ese sentido, cuando hablamos y escribimos desde Canarias, nos gusta hablar de la atlanticidad de la cultura de nuestras Islas como un signo de constelación espiritual, como un cruce feliz de caminos donde se confunden y se funden distintas maneras de pensar, de sentir y hasta de hablar y de escribir. El espíritu isleño en la mejor de sus acepciones. No en la peor: lo sucedido en la Isla de Pascua en el océano Pacífico con sus moais y su lenguaje primigenio que sufrieron una regresión cultural, o en la Isla de Flores, en el océano Índico, con esos seres de un metro de altura, el homo floresiensis, con un enanismo producido, según los arqueólogos, por factores climáticos, ecológicos o por la ausencia de cruces genéticos.
Dentro de lo que denominamos globalofilia y globalofobia, no sólo ahondamos en el concepto de globalización, puesto en circulación por Harry Magdoff en un libro publicado por la Monthly Review Press de New York en 1992, término hoy imprescindible en el debate de las ideas que rigen nuestra convivencia y que ya cuenta con defensores feroces, los globalófilos, y con no menos feroces detractores, los globalófobos. Esos términos antagónicos quedaron instituidos durante un seminario organizado hace tres años por la Universidad Complutense de Madrid en El Escorial. Un seminario celebrado en San Lorenzo de El Escorial, el pequeño pueblo nacido a la sombra del monasterio del mismo nombre, concebido además por Felipe II en 1563 como palacio real y necrópolis, con el propósito clarividente de convertirse en el primer globalizador de todos los tiempos, pues El Escorial podía considerarse en el siglo XVI una suerte de síntesis de todas las organizaciones internacionales del poder económico y del poder político universal.
Hoy no dejan de nacer descontentos que denuncian las consecuencias más evidentes del proceso globalizador del planeta: el salvaje control planetario del mercado, la inercia del consumismo, los despidos masivos de trabajadores, los contratos basura, la relegación del pequeño y mediano empresario local de carne y hueso a favor del empresariado transnacional sin rostro, la insensibilidad ecológica, el saqueo de beneficios en los lugares de explotación y su traslado a paraísos fiscales, o las laberínticas ingenierías financieras, para neutralizar la uniformización y el adocenamiento cultural: La mera macdonalización -¿coca-colonización?- de las artes y de las letras. La vulgarización de todos esos saberes y su reducción al mercado y al éxito inmediato y transitorio. Todo de rápido consumo: los libros desaparecen de las estanterías de las grandes superficies en apenas quince días. Sólo el éxito inmediato los hará volver a ese lugar de honor.
Dentro de lo que denominamos el desierto laboral, volvimos a recordar la teoría lanzada en San Francisco hace ya nueve años que nos anunciaba una sociedad futura donde el veinte por ciento de la población del mundo bastaría para mantener la marcha de la economía mundial; ese escogido veinte por ciento sería suficiente para producir todas las mercancías y aportar las valiosas prestaciones de servicios que la sociedad mundial pudiera permitirse, y luego quedaría un ochenta por ciento que simplemente sobraría, pero al que habría que proveer de lo que se denominaba entretenimiento aturdidor y alimentación suficiente, lo que nos recordaba la vieja fórmula del "Pan y circo" de los emperadores más corruptos del Imperio Romano de la que habló en su momento el poeta satírico Juvenal.
Esa sociedad futura sería una sociedad de ganadores y de perdedores, de incluidos y de excluidos, de integrados y de expulsados, donde no sabríamos cómo las estructuras democráticas actuales podrían resistir tales desigualdades sociales sin verse menoscabadas en sus fundamentos.
¿Hacia dónde va el mundo de nuestros días? ¿Cuánto tiempo soportarán los parados de ahora y de más tarde su condición de ciudadanos de segunda en una sociedad donde el esplendor se machihembra con el desencanto juvenil, la marginación y la pobreza irredimible?
Las respuestas no las encuentra uno a su alcance.
Por último, planteamos dos cuestiones de nuestro presente que tienen que ver con lo que denominamos la ideología del dinero y sus consecuencias en los nuevos nihilismos y las nuevas esperanzas.
En el tercer milenio de la Era que vivimos, la economía se ha colocado por encima de la política y puede llegar a justificar todo lo que acontece, tal y como lo está justificando. Por esa razón debemos continuar haciendo posible lo imposible. En ese menester radica el arte de la política, que va más allá de la simple razón: la razón sólo sabe manejar con éxito lo estable y lo finito, y la vida siempre es más compleja