Sin ir más lejos...
Juan Jesús Ayala
Nos encontramos en el mismo círculo, con las caras de siempre y los discursos zigzagueantes echando balones fuera, como si las cosas no fueran con ellos. ¿Y quiénes son ellos? Pues los que dicen desde hace unos cuantos años que iban a arreglar todos los problemas de esta tierra, los que desde su fuerza electoral no sólo atemorizarían a la gente de Madrid sino que los de aquí alelados se quedarían boquiabiertos ante tanta magnanimidad y, sobre todo, ante tanta potencia y estridencia dialéctica.
Sin ir más lejos, el enemigo, por lo general, sigue estando en casa; al ladito de nosotros con sus empaques estólidos y sus circunloquios gorgianos. Son amantes del sofisma, y no es porque se hayan embuído de su presencia en los libros de filosofía ya que desconocen lo que practican, pero su torpeza hace que circulen insistentemente por sus vericuetos. Y no es que pongan la mentira como protagonista de sus diatribas, sino que la escasez de capacidades les hace ir por la vida así de esa manera, como fatuos repanchingadores y de perdonavidas sempiternos.
Sin ir más lejos, ya que no hace falta surcar el Atlántico ni que los controladores de Casablanca nos pongan en pista de que andan por los aires, con sus maletines vacíos llenos de naderías o con sus trajes hechos a medida en sastrerías de altos vuelos, están aquí, al lado. Con sus sonrisas conejiles y su sarcasmo mal disimulado que los hace antipáticos, arrefléxicos y con una desconsideración hasta personal que raya ya en el inicio del olvido y en una falta de estima que ya malsuena en los diapasones de la historia diaria que nos toca vivir.
Y no es que molesten en demasía, y que nos atosiguen con sus estridencias ni, por supuesto, que su autoestima nos trastoque conceptos porque en el fondo se sabe que todo aquello que sube algún día, el menos pensado, baja. Y nos es por ellos. Si por ellos fuera seguirían de esa manera hasta la consumación de los siglos, ya que jamás han estado tan bien como ahora, nunca habían soñado llegar a ese extremo de magnificencia, pero cuando se percibe el cansancio, no de ellos, sino de los que están al lado, todo es posible, desde la traición hasta el escarnio los que provocarán el desahucio, el exterminio y la contradicción de unas vidas que estaban arregladitas, conformistas y plenas de salud electoral y que de buenas a primeras será sólo el recuerdo de pasadas grandezas lo que les quedará en la memoria.
Sin ir más lejos, las condiciones se darán aquí, cerca de nosotros y de ellos. Nadarán contra corriente, sacarán sus respiraderos con toda prontitud con la idea de poder sobrevivir, pero las mareas que antes controlaban porque hasta la luna estaba de su parte, llegará el momento que no la entenderán y la ceguera del poder les hará ver luminosidad allí donde sólo reina la oscuridad y el desamparo. Y en parte tampoco, y es la gran paradoja, no les importa demasiado que esto ocurra así porque desde el reducto de sus cenizas rampantes tienen estudiado como resurgir, como continuar en el machito para no irse así tan ensimismados de si mismos.
Sin ir más lejos. ¿Para qué pensar en otros territorios? Para que traer a la imaginación otras personas? Si están aquí, en esta tierra, si no quieren irse, si se consideran los amos de la finca. ¿Para que ir a buscarlos en la lejanía si su respiración es hasta la nuestra? Si hubiese temblores, y hablo de temblores políticos, ellos ya tienen el pasaje sacado para recorrer el mundo, mientras que otros se quedarán aquí, y lo harán mas que nada para escribir la historia de un fracaso.
Sin ir más lejos, las cosas son como son. No hace falta hacer las Américas, ni navegar por mares ignotos para descubrir mezquindades y percibir el tiburoneo que no cesa. Lo único que haría falta es la grandeza de la denuncia y la exquisitez de la dignidad para que unos escondan la cara entre sus vergüenzas acumuladas de años y otros marquen un camino, sino clarificador, al menos si ribeteado por una esperanza que se desea.