DESDE EL GUINIGUADA
INMIGRACIÓN SIN PATERAS
Félix M. Arencibia
Nuestra primavera hoy acaricia suavemente, con sus manos húmedas de alisio, el cuerpo de nuestro Archipiélago. La llegada de los últimos inmigrantes a las costas de Gran Canaria ha encendido la luz de la meditación sobre el tema a Gara Sánchez, nuestra trabajadora social. Ella sabe que esta situación tiene sus profundas raíces allá por los años sesenta cuando comenzó el auge del turismo. Hasta aquel momento algunos habíamos emigrado a América y luego nos convertimos en receptores de personas del Estado Español, del resto de Europa. Más recientemente de la CE, al establecerse la libre circulación de mano de obra, de América Latina, de Asia y los más desprotegidos que nos vienen del continente africano.
La diferencia entre la emigración canaria y la que actualmente recibimos es que los canarios iban a países con grandes extensiones donde poder situarse y donde solían tener gran necesidad de mano de obra. Nosotros tenemos un territorio muy limitado que no deberíamos convertir en un Hong Kong o un Singapur donde el cemento reduzca la calidad de vida al mínimo. Cuando los canarios emigraban no les ponían alfombras al llegar, después de cruzar todo el Atlántico en una especie de barquillos o pateras, eran muchas veces rechazados e incluso, en la perla de las Antillas, en algún momento se colgaron a algunos canarios, pues se pensaba que les estaban quitando el puesto de trabajo a los cubanos. Es dura la emigración para el que se siente obligado a ello, sobre todo cuando se ejerce desde países esquilmados por los llamados "países ricos". Ellos se llevan sus materias primas a precios de esclavitud, explotan sus minas de oro o diamante quedándose con la mayor parte de los beneficios.
Los trabajadores canarios, entre ellos los universitarios, se han visto obligados a competir con mercados de mano de obra muy superiores, venidos principalmente del continente europeo. Nuestra identidad de alguna manera se resiente ante la avalancha emigratoria que se nos viene encima. Nuestro medio ambiente se destruye al ser invadido por ese río de cemento que se extiende por nuestra geografía, para poder suministrar carreteras y viviendas a los más de dos millones habitantes que se mueven en nuestro Archipiélago. Hay soluciones para controlar esta excesiva demografía, pero las distintas autoridades no hacen más que lanzar fuegos de artificios ante tan grave problema, que hasta podría crear conflictos de convivencia. En concreto, piensa Gara, estos hechos dan la razón a los que creen que la soberanía es la única solución para este y otros problemas como las aguas territoriales y la explotación del petróleo. Gara Sánchez se relaja con la lectura de estos versos de nuestra poeta Josefina Cabrera Peña: Para que el cielo azul / se mire en ti, / para que la roca bravía / sea tu refugio…