SIN PIEDAD

Teodoro Santana

Demasiados muertos. Demasiado desprecio al dolor humano. Si la guerra es ya una locura, el asesinato de civiles desarmados es la barbarie enfebrecida. Las bombas se cruzan siempre en la vida de personas como usted o yo. Gente que va a su trabajo, a la compra, a sus asuntos. En Londres, en Madrid, en Nueva York. Pero también en Faluya, en Bagdad, en Afganistán, en Chechenia.

Frágiles seres humanos ante despiadados criminales, que siempre tienen justificación para el crimen. El dios verdadero. El petróleo. El dominio del mundo. Los valores de los unos o de los otros. Unas veces son sofisticadas bombas lanzadas por invencibles naves aéreas desde nueve mil metros de altura. Otras veces son mochilas de dinamita a ras del suelo. El resultado es el mismo.

Ambos extremismos (mismos extremos) se conocen. Se alimentan mutuamente. Uno ha financiado al otro. La consigna de cada uno es llevar la guerra, la devastación y la masacre al territorio del otro. Más de cien mil muertos en Irak. Pero no nos alarmamos. Preocupa más que el petróleo esté a 60 dólares el barril brent.

Los jefes imperiales tienen derecho a arrasar, a lanzar napalm, a bombardear con uranio, a invadir, saquear, conquistar. Los muertos no son personas: sólo daños colaterales. Pero si los hijos, hermanos, familiares o amigos de esos "daños colaterales" se atreven a responder, se rasgan las vestiduras.

"Todos los muertos tienen la misma piel", decía Boris Vian. Pero nosotros, que vamos a ser las víctimas de lo que pase, tenemos líderes que siguen enviando tropas, armas y máquinas de guerra a otros países. Gracias por arriesgar las vidas de esas otras personas. Y las nuestras. Gracias por desatar el odio como medida de lo humano. Gracias por emponzoñar el mundo por generaciones.

Se persigue a los terroristas artesanales "ilegales", pero los jefes del terror industrializado "legal" siguen en libertad. Son gente respetable. Están encumbrados. Se atreven a hablar en nuestro nombre. Se atreven a matar en nuestro nombre. Créanlo: todos los asesinos tienen razones parecidas. Y el mismo rostro.