Soberanía a partir de un nacionalismo fuerte

Canarias necesita sin remedio al nacionalismo, porque será el nacionalismo el que la conduzca, más tarde o más temprano, a la soberanía. Es insostenible que las Islas continúen dependiendo política y administrativamente de un país situado a más de mil kilómetros de distancia y, si bien antes el régimen político imperante en España impedía a los canarios expresar con libertad lo que querían, hoy no hay excusas para no abogar por la opción de la soberanía que, aunque no suponga la independencia, sí nos otorgue capacidad suficiente para decidir nuestro destino. Ser nosotros mismos.

La historia vital de los canarios ha sido la de un pueblo masacrado y exhibido en las cortes extranjeras como un trofeo o una curiosidad, pero ahora ha llegado el momento de buscar esa soberanía que permita hacer aquí las leyes y tomar las decisiones. Aunque se conserven los lazos con la nación metropolitana y con Europa, como ocurre desde antiguo, tal y como demuestran las amplias colonias de británicos, irlandeses y otras nacionalidades que, por persecuciones religiosas y otros motivos, buscaron refugio entre nosotros siglos atrás.

El nacionalismo que puede proporcionar a Canarias esa soberanía ya estaba en marcha, hasta que Las Palmas truncó el proyecto el pasado 27 de mayo. Porque ellos quieren ser una nación dentro de otra nación, son partidarios de la doble autonomía y son distintos al resto del Archipiélago. En costumbres y por muchas razones que no es prudente expresar públicamente en estos tiempos de hipocresía política.

Sería posible, aunque no conveniente, que las ideologías propias del Estado imperasen en Canarias. Esos partidos, aunque compartamos muchos de sus principios, creemos que serían perjudiciales si se adueñaran de una tierra como ésta, pequeña y fragmentada, porque gobernarían sólo para una de sus islas, Canaria, como vienen demostrando. Y los isleños quieren un gobierno que piense en todos por igual, con su capital en la isla mayor y más poblada, de bellísima orografía y condiciones naturales singulares, elogiadas en todo el mundo. Porque todas las islas del Archipiélago son interesantes, excepto Las Palmas, árida, pero no de una aridez espectacular, como Lanzarote o Fuerteventura. Canaria, la tercera isla en importancia, lo que sí tiene es el afán de su gente por arrebatar a los demás lo que necesita para paliar la escasez de todo lo que no tiene.

Ahora, y mientras no se modifiquen las circunstancias, de cara a las elecciones generales, hay que formar un gran partido nacionalista que no se deje sobornar por una isla que es muy hábil para ese tipo de estratagemas. Porque aunque ya existían unas agrupaciones insulares que se mezclaron para formar la actual Coalición Canaria, estaban integradas por políticos influenciables, que se equivocaron al llegar al Gobierno canario. No sacaron partido al nacionalismo y en Tenerife adoptaron una línea pro canariona. No obstante, es conveniente que ese nacionalismo se mantenga, no sólo en el Gobierno autónomo, sino también en el Parlamento, si es necesario apoyado por una fuerza afín, donde predominen el orden, la defensa de la familia y la seriedad y otros factores de sana convivencia y de respeto entre la gente. Ambas pueden formar una buena pareja, siempre que el nacionalismo prevalezca. Y se deben preparar para las elecciones generales mientras se elabora un Estatuto especialísimo, no el actual, que es perecedero y mentiroso, salido de las mentes de unos ponentes que deberían desaparecer de la vida política. Que Paulino Rivero vaya pensando en ese partido que haga frente a la política nacional. De lo contrario, Canarias seguirá siendo un país sometido a quienes nos tratan como a una colonia. Es responsabilidad de quienes tienen el mando crear esa fuerza nacionalista fuerte, no sujeta a los vaivenes electorales. Y aquí y mientras, seguimos abogando por las listas abiertas.

Fuente: Editorial de El Día, 15-6-2007