NACIONALISMO SOBERANISTA

 

Fidel Campo Sánchez

 

Cuando consideramos lo que de las cosas puede percibirse por los sentidos, la realidad del nacionalismo canario, como sentimiento y objetivo de Nación, nos resulta asombroso comprobar la facilidad que hallamos en muchos intelectuales, escritores, doctores de diversas materias, supuestamente bien dotados de teoría y capacidad reflexiva, para irse, de buenas a primeras, por la nubes o los cerros laguneros de la Mesa Mota o los del Pulpito. Sólo parecen necesitar, en esa elucubraciones tan placenteras y egocéntricas en las que se aposentan dándoles el nombre de cosmopolitismo o algún otro equivalente semántico igualmente que les tranquilice como universalismo, progreso o soberanidad, este último con la boca chica a lo que tan dados son aquellos que aparentemente se sienten nacionalistas y se alejan del vocablo soberanismo porque temen verse relacionados con el independentismo canario, cual es el caso que venimos notando en un aurita (palmero) doctor en periodismo, licenciado en Historia y uno de tantos sacrílegos de ese PNC (partido más antiguo en esta nacionalidad) cuyo nombre omitimos para evitar uno de esos debates en los que el suele estar tan interesado. Si soberanismo, soberanidad, según teorías de derecho político, es lo que corresponde al pueblo de quien evidentemente emanan todos los poderes de una nacionalidad, aunque, lamentablemente, estén siendo ejercidos no por participación directa sino por la representación que, a nuestro disgusto, delegamos en la partitocracia en la que la soberanía se  atribuye como sujeto a la comunidad nacional a través de lo que se denomina como democracia orgánica, concretada como “poder” de espaldas al ideario nacionalista, la fuerza ideológica y doctrinal que debe nutrir de savia viva, todas la leyes y actos por ser, antes que nada, la organización histórica de la convivencia del pueblo canario y en la forma para el cumplimiento de hacer real los orígenes históricos, étnicos y de comunidad de individuos diferenciada y físicamente distante del continente europeo.

 

Cierto que, para nosotros, estas son realidades que tienen su auténtico origen en el plano axiológico (teoría de valores) como ideales reguladores a los que los soberanistas aspiramos y, si preciso fuere incluso por la vía revolucionaria incruenta. En el sentido que estamos exponiendo, no son ideales en absoluto platónicos, sino metas realizables en conjunto a través del pulso del tiempo y de la inexorable historia de esos pueblos que luchan por el reconocimiento de su propia identidad como pueblo diferenciado

 

Lo que causa nuestro asombro y estupor es que, sin embargo, en pleno uso de sus facultades intelectuales, a la hora de hacer juicios sobre un fenómeno o aspecto natural cual es el nacionalismo, como sentimiento que afecta al conjunto de la población mundial y de la canaria en particular, sólo acierten a declarar el carácter vulgar de una afección o sentimiento de estado pasional con respecto a ideales de la razón de algo que juzgamos en las más hondas  aspiraciones del ser humano, que son Fe y Razón: Verdad y Libertad, aquellos que tan solo se limitan a pretender dar por finiquitado el nacionalismo canario que nosotros nos atrevemos, siendo coherentes, a denominar como soberanismo canario para saltarnos esa soberanía hipotecada por la que el Estado español viene secularmente recortando los poderes y las posibilidades de que el pueblo soberano canario pueda hacer legítimamente uso del derecho de autodeterminación, ese principio mediante el cual un pueblo decide libremente su rumbo y ordenamiento político, cambiando la situación dependiente como país ocupado y colonizado.

 

No se puede condenar el nacionalismo, como movimiento político canario ultranacionalista, no clasista, no racista ni xenófobo, aquel que encabezara el prócer Secundino Delgado Rodríguez, hijo de lagunero y adejera, como aspiración para convertirnos en Estado soberano, Atlántico y tricontinental.

 

Condenar el nacionalismo-soberanismo, como hacen algunas pléyades de intelectuales porque el de turno considera peligroso que lo alineen con el independentismo. ¿Será que todos esos les gusta ejercer de Mesías predicando el reino de una sin razón a la razón que les parece llegada de otro mundo? Consideramos inimaginable que existan individuos que se atrevan a vivir en plan de tan sui géneris cosmopolita sin naciones, países, comunidades de origen o destino, de la manera que lo vienen haciendo esa media docena de intelectuales convenencieros en estos peñascos.

 

Ni los más optimistas libertarios pudieron soñar un mundo tan perfecto conseguido a la carta, al instante de esas criticas públicas que se hacen alegremente en diferentes medios de comunicación, tanto audiovisuales como Prensa escrita. ¿Será quizás que ellos están convencidos que cuando se habla del derecho de los pueblos a la soberanidad lo hacemos los que pretendemos formar un club para gente exquisita? ¿Será esto estar instalado en las nubes o en ensoñaciones cosmopolíticas y en la Ética de la inmanencia de Dios en el mundo en evolución?

 

Invitaríamos, a esos timoratos que se declaran internacionalistas o nacionalistas españoles a que dejaran de practicar el discurso del cinismo, que diría el doctor en Filología Románica, nuestro compadre don Jorge Rodríguez Padrón.