Más soluciones que problemas
Juan-Manuel García Ramos
En la antigüedad clásica, a las colonias griegas del sur de la Península Itálica se les dio el nombre de Magna Grecia y Elea fue una de esas colonias del tiempo de Pericles y de la dominación helena en el Mediterráneo.
En Elea creció una escuela filosófica caracterizada por promover aporías, es decir, enigmas intelectuales, que filósofos y pensadores de épocas posteriores han intentado resolver, muchas veces en vano.
Uno de esos filósofos, tal vez coetáneo de los más conspicuos representantes de la escuela de marras, allá por el siglo V a. C., colocado frente a esas paradojas o idioteces eleáticas, dijo una frase que llega a nuestros días y nos es muy útil. Decía nuestro filósofo disidente ante esos falsos argumentos: "Veo la solución, lo que no veo es el problema".
Las más de las veces, nos encontramos en nuestra vida con más soluciones que problemas, porque los problemas los crean los seres humanos dados a leer el mundo al revés, dados a enredar las cosas, a complicarlas sin necesidad, y las soluciones pertenecen a individuos que no hacen sino facilitarnos la convivencia en lugar de hacérnosla más difícil inútilmente.
Como ha afirmado el Dalai Lama, padre actual de la religión budista, si los problemas que salen a nuestro encuentro tienen solución no hay que preocuparse, y si no la tienen, tampoco.
Si uno fuera capaz de llevar a rajatabla este principio, sería, sin duda alguna, un ser dichoso y libre de tanta presión innecesaria. Sin embargo, nos dejamos acorralar por cuestiones que poco a poco, y casi sin nuestro concurso y con el paso del tiempo, logran descongestionarse solas.
¿Creamos los problemas artificialmente para luego, al resolverlos, creernos más dueños de la situación y del mundo que nos rodea?
Sucede con frecuencia. Y lo notamos en muchos de nuestros semejantes adornados de algún atributo de mando o de cierta capacidad de decisión.
Con los años uno detecta con facilidad a este tipo de personas, acaso en un rictus facial, en una duda expresiva. Sabemos que nos va a poner un impedimento inexistente, que no nos va a franquear el paso sino a entorpecérnoslo. Son los eternos enamorados del "sí, pero no", del "claro, aunque tal vez...".
En realidad, nos pasamos la vida sorteando a este tipo de coñazos, viéndoles la cara de lejos y sus ganas de poner trabas donde no las hay, como los viejos filósofos de la antigua Italia.
Hace ya demasiados años, siendo presidente de una sociedad cultural y habiendo tomado la junta directiva de la misma un acuerdo algo delicado, me encontré con un secretario que no hacía sino poner trabas al asiento de esa decisión en el libro de actas correspondiente. Como ya no sabía cómo quitarme de encima al burócrata de turno, le espeté sin más contemplaciones, a pesar de la amistad que nos unía: "Mira, fulanito, nosotros hemos puesto la letra, haz tú el favor de ponerle la música, que para esos estás". Santo remedio. Hay que ver lo eficaces que son ciertas dosis de autoritarismo en determinadas circunstancias, en especial cuando merodean los desabridos y los insufribles profesionales.
Otras experiencias he tenido en la vida política y en especial durante sesiones de órganos de decisión. En esas circunstancias, a los más que temo es a los sacerdotes salidos, es decir, a aquellos que han dejado los hábitos y pululan en la vida civil con el paso corto de la costumbre de llevar sotana. Son mosquitos antropofágicos. Todo lo ven al revés, porque han hecho de sus vidas un oficio de llevar la contraria y de contemplar las cosas desde un altar que ya no les pertenece. Casi han logrado acabar con mi paciencia, si no fuera porque se les divisa a lo lejos por el olor a incienso revenido que desprenden. Y por lo cobardes que son, después de haber perdido el favor de los cielos.
Los peores de esa clase vienen envueltos en ciudadanos demócratas y quieren hacer de esa doctrina favorable al concurso de todos en cualquier decisión a tomar, una suerte de bálsamo de Fierobrás que aplican hasta el momento exacto en el que las cosas cuadran con lo que ellos deseaban. Lo divertido es que esos sujetos piensan, los sacerdotes salidos, que nadie advierte sus ardides. Se creen aún ante feligreses entregados e inocentes y en posesión de la palabra única, y normalmente torpe, lanzada desde los púlpitos de sus antiguos quehaceres.
Si yo tuviera mando en plaza, facilitaría que los curas se casaran antes de permitirles dejar los hábitos, porque los que eligen esta última opción son un peligro para la humanidad. Convierten la compasión en cinismo, la generosidad en malicia, la promesa en traición.
Dios nos libre de esa fauna y de los caballos encantados de su verborrea. Y en especial, nos libre de la cantidad de trabas que ponen a todo y a todos, porque acostumbrados antes a conceder providencias a cualquiera de sus parroquianos a base de misericordia y oraciones, ahora se regocijan en complicarle la vida al que se le pone por delante. También quiero dejar constancia de que hay algunas excepciones a todas esas conductas que me detengo en maltratar.
Yo quería hablarles desde el principio de estas líneas de que siempre es preferible ver la solución antes que el problema, como se esforzaba el viejo filósofo a contracorriente. Si nos aplicáramos ese cuento, la vida se nos haría más llevadera y fluida y tal vez la felicidad no nos quedaría tan lejos.
Esa felicidad que buscamos debajo de todas las alfombras porque alguien nos hizo creer en su existencia para contentarnos nuestro paso por este mundo. Esa felicidad consiste en "pensar, arreglar, disfrutar, sufrir cada cosa en su momento, sin preocuparnos de todo lo demás; tener, por así decirlo, cajones para nuestros pensamientos, donde abrimos uno y cerramos todos los demás". Así, al menos, la entendía el pesimista Arthur Schopenhauer.
Hay maniáticos que van en busca de los problemas, como hay enfermos que se regocijan imaginando síntomas inexistentes.
Nada nos parece más grosero que obsequiar a nuestros amigos con lamentaciones y temores. Hay rostros que llevan grabados en sus rasgos el lamento y la soledad. El miedo a la existencia. Son los rostros de los que todo lo dificultan, lo tornan complejo. El sentido trágico tan extendido.
A los obstáculos que se cruzan en nuestro camino hay que usarlos como tonificantes, como incitadores para buscar dentro de nosotros mismos los mecanismos para superarlos. En esa lucha se sufre aunque mucho más se disfruta si somos capaces de hacernos con la situación y de ver en ella más el remedio que la enfermedad. Es una buena manera de ir por el mundo, como el filósofo de nuestro viejo cuento que supo frenar en seco al que lo abordaba para complicarle la profesión y la vida.