¿Somos extranjeros los canarios?
Elsa López
Preguntas mientras clavas tu pupila en mi pupila azul. Asombrado, quizá, por la extraña certidumbre de ser raro, diferente a los demás camaradas de la patria. Y me lo preguntas a mí, inocente criatura, que ando en esas dudas desde hace cuarenta años, mucho antes de morir el innombrable, cuando cruzar el proceloso océano camino de la reserva espiritual de Europa por la frontera llamada Barajas me parecía algo inquietante y desazonador: ¿me mirarán el equipaje? ¿No me lo mirarán? ¿Y si me lo miran? Dios mío, ¡cuántas penurias para pasar ante los ojos llameantes del aduanero un cochino transistor o un cartón de tabaco! ¡Qué perturbadora y regocijante sensación de delito entrar a escondidas una botella de güisqui o una máquina de escribir con la que íbamos a dar forma a los gloriosos panfletos de la retaguardia! Aquéllos si que eran tiempos magníficos para el contrabando. Éramos puerto franco y hasta el gofio pasaba aduana por cumplir con la ley. Y todos creíamos que éramos diferentes: más altos, más guapos, más morenos... extraños, al fin, en aquel campo de batalla.
Pero ahora, con autonomía de tan alto nivel, con acuerdos culturales tan mano a mano y con nuestros representantes todo el día en esa península, ¿cómo se entiende que me retengan en la aduana veinte cajas de poesía y me hagan rellenar veinte papeles y me pidan veinte fotocopias del documento nacional de identidad? ¿Cómo comprender, sin anestesia ni nada, que me paren un coche en el puerto de Valencia (iba yo a la Península a las playas de Levante por aquello del turismo nacional y porque aún tengo curiosidades lingüísticas) y me zarandeen de un muelle a otro, de un funcionario de aduanas a otro, cuarenta grados a la sombra, mientras atravieso oficinas antiguas y siniestras ayudada por la Guardia Civil a sobreponerme ante tamaña inclemencia? Que una cosa es contarlo y otra verse humillada durante cinco horas por unos tipos que te tratan como si fueras de vaya usted a saber dónde. Una, que no está acostumbrada a estos vapuleos excepto cuando viaja a Frankfurt, lo mínimo que siente es el pavor de ser una desgraciada sin papeles, sin permiso de residencia y sin esperanzas. Una, lo que siente, es rabia e impotencia al ver cómo le registran un maletero lleno de plásticos; cómo le sellan, de nuevo, veinte papeles, y cómo la miran al salir con cara de "otro extranjero de mierda".
Creía que ya lo habíamos superado con tanto viaje en primera de nuestros mandatarios y de nuestros queridos diputados a Cortes Generales; pero está visto que a ellos nadie los registra ni les abren catorce veces el maletero en una mañana, porque, si no, hace tiempo que hubieran acabado con esto. Deberíamos hacer como el amigo Carlos Gaviño que enseñaba su pasaporte en Madrid cada vez que le pedían el carné de identidad en una discoteca. "Soy extranjero", decía, completamente en serio. Y a mí aquello, entonces, me parecía un exceso. ¡Qué cosas!