Canarias o la subvención ideológica

Juan Jesús Ayala

Es tiempo de dejar atrás la mano pedigüeña. Mirarnos para dentro y sentir que se es canario por encima de todo, hermanados en una tierra que se nos está yendo de las manos. Estar pendiente de otros como subvencionadores ideológicos es atarse a los barrotes de una esclavitud que ningún pueblo se puede permitir...

Cuando no se tiene cuerpo argumental, cuando las ideas no se consolidan por miedo, por estar mediatizadas o simplemente por estar sometidas a lo que viene de fuera, a lo que desde otras orillas se planifica para que nos llegue mascado y ligero de carga, habrá que decir que, si esto es así, es la subvención no sólo en lo económico, sino en lo ideológico, lo que transita en esta tierra.

Y vivir de la subvención es pan para hoy y hambre para mañana. Los pueblos que así se comportan, que son incapaces de marcar caminos y de saber dónde están sus linderos vagarán perdidos y a expensas de otros y pocas veces de ellos mismos. Canarias está soportando esta mediatez de manera alarmante. Aquellos que tienen responsabilidades políticas en estos momentos en que los problemas asoman con virulencia, nos acosan y preocupan, da la impresión de que están de vacaciones, que sólo están para lo que es debilucho, lo que no tiene hechura, lo de andar por casa, y que, cuando la horma del zapato aprieta, se lo quitan para que su caminar no sea renqueante y disimulen con pasos rápidos que conducen a ninguna parte.

La subvención aparece cuando no se es fuerte para afrontar determinadas cuestiones, ya sean económicas o de cualquier otro tipo o tutelaje. Y cuando es la tutela lo que se invoca, lo que nos sirve de guía y, además, es la que desde fuera nos envían, estas cuestiones suelen ir mal, muy mal. Cuando no se es autónomo en el pensar, y menos aún en la acción y más en la acción política, el descalabro puede estar la vuelta de la esquina.

Y si las subvenciones son espejismos de la nada, cuando ésta aparece en forma de subvención ideológica es ya el remache y es cuando se puede hablar con más certeza de una muerte anunciada. Se puede estar de acuerdo en que los partidos políticos que están en esta tierra son sucursales de los estatales, llámense PSOE y PP los que caminan por los tramos y por las consignas establecidas a nivel del Estado, y nos parece aceptable pero, eso sí, en tiempos de bonanza. Pero cuando cuestiones de cierta envergadura, como esas muertes de miles y miles de sub-saharianos cuya tumba es el Atlántico, se contemplan como si no fuera con nosotros, que son distantes, que no nos tocan, no es de recibo el quietismo, ya que desde tiempo se sabe que las guerras tribales están en África con toda su crueldad y el éxodo estaba a la vuelta de la esquina, y, además, se sabía que la espoleta de la bomba de la inmigración estaba recalentada y presta a estallar, como así ha sido.

¿Y qué? ¿Qué respuesta dan al fenómeno? ¿Qué nos dicen? Balbuceos, incoherencias y a expensas de los designios de Madrid. ¿No dicen que representan al pueblo canario? ¿Esa representación estriba en ser meros espectadores de la desgracia? ¿Es que la ideología socialista se ha empantanado, la esperanza para la humanidad se ha encasquillado también en los roquedales de nuestras playas? ¿Acaso se han quedado sin discurso, sin acción de ningún tipo y son partícipes de un silencio sospechoso?

Y los que tienen la responsabilidad desde dentro, desde el Gobierno del Archipiélago, ¿no han sido capaces de verlas venir cuando los barruntos hacia ahí apuntaban? No se puede estar pendiente ahora de las subvenciones ideológicas para no molestar, para que no se nos enfaden, para que nos siga llegando alguna migaja, para inversiones; es el miedo a incomodar, a que el amigo del Gobierno central nos siga protegiendo. Y la paradoja salta y no es así, porque nuestras fronteras no existen, y las que hay son vulnerables por quien quiera y cuando quiera, y nuestro mar se nos escapa de las manos y es la aquiescencia la que domina; de ahí que se esté llegando al límite de lo aceptable. Habrá que decir que no se quieren subvenciones ideológicas, que se quiere ser como se es, quizás con menos posibilidades, pero habrá que iniciar el camino del encuentro con uno mismo.

Es tiempo de dejar atrás la mano pedigüeña. Mirarnos para dentro y sentir que se es canario por encima de todo, hermanados en una tierra que se nos está yendo de las manos. Y es por estar pensando en lo de siempre, en imaginar que no nos hemos desarrollando y no nos damos cuenta de que estamos cayendo en un discurso que no es el nuestro, que es viajero.

La subvención ideológica atrasa a los pueblos, los hace dependientes de otros, les impide crecer desde dentro y, sobre todo, les acorta el horizonte. Se puede llegar a la subvención ideológica en algún momento histórico de transición, cuando las cuestiones no están bien definidas y no se sabe dónde está el campo de operaciones, pero cuando el tiempo ha avanzado y se conoce dónde está el amigo y dónde el enemigo, dónde quien nos da la mano y dónde quien dificulta nuestro futuro, estar pendiente de otros como subvencionadores ideológicos es atarse a los barrotes de una esclavitud que, en estos tiempos de sobresaltos y de incoherencias, ningún pueblo se puede permitir.