El
socialismo del siglo XXI y el automóvil
Hacia
el sueño del automóvil propio
Marcelo
Colussi
Uno de los principales íconos distintivos del siglo XX
es, sin ningún lugar a dudas, el automóvil. Desde su surgimiento hace ya más de
100 años fue incorporándose en forma creciente a la vida cotidiana. Hoy,
transcurrido todo ese tiempo, está ya instalado en forma que pareciera
permanente en la civilización global. El mundo moderno, el mundo del progreso y
de la revolución científico-técnica que se nos hizo tan familiar, la modernidad
que barrió todos los rincones del planeta, pareciera no poder concebirse sin el
automóvil. De todos modos vale abrirse algunas preguntas al respecto.
Es innegable que los medios de transporte variaron en
estos últimos siglos de un modo monumental, a una velocidad vertiginosa; en
pocos siglos se avanzó lo que en larguísimos milenios
no se había hecho. El automóvil lo demuestra de modo fehaciente. El modo de
vida cotidiano que fue imponiendo este nuevo medio de desplazamiento dio lugar
a una nueva cultura cotidiana que, en este momento, pareciera no tener retorno.
Pero ahí está la cuestión que debe ser puesta en duda: ¿es esta cultura del
automóvil individual (uno por familia, o uno por persona incluso) lo más
equilibrado a que pueda aspirarse? Tal como existe hoy día, ¿realmente resuelve
problemas o, por el contrario, crea trastornos nuevos que a largo plazo hacen
inviable el modelo de sociedad que lo entroniza? Si queremos preguntarlo de
otra forma: ¿puede tener un futuro sostenible esta civilización basada en el hiper consumo de petróleo de la que el automóvil personal
es el símbolo por excelencia? El nuevo socialismo que se está intentando
construir -desde la experiencia venezolana, sin dudas, pero ampliando la
apuesta también para todo el mundo- ¿no debe abrirse preguntas críticas en
torno a todo esto?
Hacer la crítica de nuevas tecnologías puede a veces
terminar conduciendo a posiciones retrógradas. En general las invenciones traen
mejoras en la vida cotidiana; y si en un primer momento su aparición produce
efectos colaterales nocivos no esperados, su revisión las corrige y reorienta
de modo positivo. Bienvenidas siempre las nuevas técnicas: eso es progreso para
todos. El mejoramiento de los medios de transporte que vivió toda la humanidad
en estos últimos cinco siglos fue un avance indiscutible.
Comunicaciones cada vez más eficientes, rápidas,
seguras, fueron abriendo nuevas posibilidades; primero las marítimas, con lo
que comenzó verdaderamente la globalización, cuando surge el capitalismo en
Europa y los barcos llevaron el "libre comercio" (y otras cosas más)
por todo el orbe. Igualmente el mejoramiento de las comunicaciones terrestres
(el ferrocarril específicamente) abrió nuevas y ricas posibilidades cuando se
achicaron distancias y en un santiamén se comenzó a viajar de un punto a otro
allí donde, anteriormente, se necesitaban días, semanas o meses.
Ya en el siglo XX llegaron los transportes aéreos, y
entonces el desplazamiento por el planeta no tuvo límites. Hoy día el reto es
el espacio sideral. Sin dudas todas estas mejoras en las tecnologías de los
medios de transporte cambiaron favorablemente la situación de nuestra especie.
¿Quién podría negarlo acaso? Pero algo especial, quizá distinto, cuestionable
incluso, sucede con el automóvil. Sin dudas este medio de transporte ayudó
tanto como todos los anteriores a abonar esta ola de progreso incontenible que
pareciera haberse disparado con las ciencias de la modernidad occidental. Su
presencia es hoy omnímoda por todos los rincones del globo. ¿Quién no desea
tener su automóvil propio? Y es ahí justamente donde debe abrirse el
cuestionamiento.
¿Es realmente un "avance" para la humanidad
la idea de que cada habitante use su propio automóvil para desplazarse? Varias
décadas aplicando ese modelo han sido ya suficientes para tener la respuesta:
no, definitivamente no. Eso, si bien ha traído nuevas posibilidades -sin dudas
atractivas, bonitas, placenteras (¿a quién no le gusta viajar?)-, concebido en
la forma de vehículo particular para cada persona es insostenible. ¿Por qué
persistir en el error entonces?
Las comunicaciones terrestres por medio del transporte
automotor constituyen un significativo mejoramiento en la calidad de vida de la
humanidad. Negarlo sería retrógrado. El problema se abre a partir del momento
en que se plantea el modelo de una unidad de transporte por grupo familiar, o
más aún -como sucede en algunos países hiper
consumidores del Norte próspero o en algunos bolsones de riqueza en el Sur- una
unidad por persona.
¿Por qué caló tanto la idea del automóvil personal, un
solo vehículo por grupo familiar o por usuario individual en detrimento del
transporte colectivo? Se jugó ahí una estrategia comercial de los grandes
capitales que comenzaron a producir estas nuevas mercaderías: así como los
nuevos medios de transporte, desde su surgimiento y siempre de la misma manera
en su posterior evolución, fueron medios colectivos para muchos pasajeros, en
el caso de los transportes terrestres impulsados por motor de combustión
interna se buscó, prácticamente de su nacimiento, la promoción del vehículo
personal. Para sus fabricantes no hay dudas que esto es un muy buen negocio, y
también para la fabulosa industria del petróleo que va de la mano. No
importaron -y siguen sin importar- los problemas conexos que trajo ese esquema.
El vehículo automotor individual pasó a ser objeto de
consumo casi adorado, nuevo fetiche con que la cultura dominante a nivel
mundial (el capitalismo de los "hombres blancos") se impuso por todo
el planeta. A partir de la producción masiva, si bien no es una mercadería
barata, la producción seriada de automóviles los fue transformando en un objeto
bastante accesible para crecientes sectores sociales. Hoy día los hay para
todos los bolsillos, y las refinadas técnicas publicitarias y mercadológicas han impuesto de manera -pareciera-
inapelable esta nueva mercadería: para ser "exitoso" hay que tener un
automóvil. Llegamos así al siglo XXI donde ya es absolutamente inconcebible el
mundo sin estos enseres, y donde incluso sectores de relativos escasos ingresos
pueden acceder a tener uno de ellos a partir de las políticas de mercadeo que
imponen los pocos gigantes industriales que los producen. Valga decir que para
los primeros veinticinco años del siglo en curso las grandes corporaciones de
fabricantes de automóviles, habiendo abarrotado ya hasta el límite a los países
del Norte donde hay mayor poder adquisitivo, estiman vender mil millones de
unidades en los países del Sur. Vehículos, obviamente, que habrá que alimentar
no con agua precisamente, no con energía eléctrica ni solar, sino con petróleo,
el mismo por el que se siguen produciendo guerras e invasiones.
Consecuencias
no deseadas
Surgen entonces los cuestionamientos: a escala mundial
cada dos minutos muere una persona por causa de un accidente automovilístico.
En estos momentos ese hecho constituye la décima causa de muerte en términos
globales, y de mantenerse la tendencia actual, para el año 2020 con un número
cada vez mayor de unidades circulando por la faz del globo, será la tercera.
Técnicamente estamos ante una "epidemia" en términos de
epidemiología; es, como dice la ciencia de la salud pública, una
"catástrofe oculta". Siguiendo ese ritmo entonces, la prospectiva
indica que en un par de décadas el 25% de los gastos mundiales en salud se
dedicarán a la atención de víctimas de accidentes viales, lo cual incidiría muy
negativamente en la viabilidad financiera de las políticas sanitarias en
términos planetarios. Pero, curiosamente, las reacciones de los gobiernos no
parecen ser las que una circunstancia así requeriría. Muy por el contrario, en
vez de alarmarse por el desastre en ciernes, en el mundo sigue muy tranquila -y
viento en popa- la comercialización de automóviles, cada vez más y más.
Por otro lado, y si de catástrofes se trata -sin dudas
con un grado de impacto alarmante mayor que la anterior-, tenemos la continua y
acelerada degradación del medio ambiente que el modelo de consumo irresponsable
generado por la industria capitalista ha generado. Es imprescindible no olvidar
que entre uno de los principales agentes contaminantes están las emisiones de
gases tóxicos producidas por los automóviles. Digámoslo con un ejemplo: la
"Flor de las Indias", como las llamara Marco Polo cuando las vio por
vez primera, es decir: las mil doscientas pequeñas islas e islotes de coral
desperdigadas por el Océano Indico más conocidas como Islas Maldivas, con sus
225.000 habitantes (hoy día paraíso turístico . para quienes pueden pagar el
viaje, claro), está condenada a desaparecer bajo las aguas oceánicas en un
lapso no mayor de 50 años si continúa el calentamiento global de nuestro
planeta -fundamentalmente debido a la sobre-emisión de gases de efecto
invernadero, en especial de dióxido de carbono (CO2)- y el consecuente
derretimiento de casquetes polares y glaciares con el subsiguiente aumento de
la masa líquida de la superficie terrestre. Lo curioso -¿tragicómico?,
¿incomprensible?- es que los habitantes de esta región geográfica no han
vertido prácticamente ni un gramo de este agente contaminante. Un poblador de
las Maldivas, consumiendo 100 veces menos que un estadounidense o un europeo, y
seguramente sin haberse subido nunca a un automóvil, está tanto o más afectado
que ellos por un modelo de desarrollo injusto y depredador que envuelve a toda
la humanidad.
La catástrofe medioambiental en curso debería hacernos
reaccionar con fuerza (el cáncer de piel producido por el adelgazamiento de la
capa de ozono debido al efecto invernadero creció 13 veces en los últimos 20 años);
pero la fantasía de tener el automóvil propio se sigue imponiendo -o nos la
siguen imponiendo-. Visto en esa perspectiva, entonces, el desarrollo al
infinito de más y más automóviles, si bien abrió fantásticas posibilidades en
el campo de los desplazamientos -repetimos: ¡a todos nos gusta viajar!, nadie
habla de coartar ese derecho-, trajo aparejados problemas profundos que, hoy
por hoy, no reciben el tratamiento adecuado.
La industria automovilística va de la mano de la
industria petrolera. Tenemos ahí dos de los más grandes factores de poder en el
mundo. Levantar voces críticas contra las "catástrofes" que esa
maquinaria industrial produce es enfrentarse contra poderosos gigantes
dispuestos a todo para continuar sus negocios. Sabemos que buena parte de las
guerras del siglo pasado y del presente se debieron al aseguramiento del
petróleo por parte de unas pocas potencias capitalistas. Seguir consumiendo
automóviles es alimentar la industria petrolera y todo lo que ella conlleva.
¿Qué hacer
entonces?
En un país petrolero como Venezuela parece chiste de
mal gusto preocuparse por el valor del combustible, o por su posible escasez.
Pero el problema del petróleo es algo que toca a todos en todo el planeta, sin
excepción, aunque a lo interno del país no se registre como tal. Por otro lado,
los problemas generados por el desarrollo capitalista del automóvil como bien
de consumo individual también aquí están presentes. La catástrofe
medioambiental que ocasionan las emisiones de dióxido de carbono de los motores
de todos los automóviles así como los accidentes que no dejan de aumentar,
también son cosas que tocan a Venezuela. Por supuesto que a ello se agrega el
caos vehicular de la ciudad de Caracas, verdadero infierno sin posibilidad
alguna de solución engrosando cada vez más el parque vehicular y donde las
perspectivas del asunto son de empeoramiento, nunca de mejora.
En una hábil perspectiva política, y para quitarse la
pesada carga de
¿Pero eso es
para festejar o debería movernos a una profunda reflexión?
Como dijimos anteriormente: colocarse contra el
desarrollo técnico puede ser retrógrado, conservador, absolutamente
cuestionable. Sin embargo, con relación al curso que tomó la industria
automovilística hay que abrir urgentes consideraciones: no se trata de
"estar en contra" sino de ser coherentes. Nadie en su sano juicio
podría estar contra el mejoramiento de los transportes terrestres, pero sí hay
que criticar severamente el modelo de automóvil individual en detrimento de los
transportes colectivos que la corporación automotriz mundial ha impuesto. La
historia del siglo XX nos muestra con palmaria evidencia que el fabricado
anhelo de automóvil propio para todos, es una locura. Si en la ciudad de Los
Ángeles, Estados Unidos, meca del consumismo capitalista (ahí está precisamente
Hollywood, la principal fábrica de sueños del mundo)
hay nueve millones de automóviles, es decir: uno por habitante, eso no sirve
como paradigma del transporte terrestre para toda la humanidad. No sirve, por
la sencilla razón que para mover esa enorme maquinaria es necesario una
depredación de nuestra casa común, el planeta Tierra, de consecuencias
catastróficas. El mundo en modo alguno podría resistir 6.500 millones de
automóviles circulando al unísono. Colapsaría en unos tres días, así de simple.
¿No es infinitamente más racional desarrollar eficientes medios de transporte
público? ¿No logra muchos mejores resultados en términos de política sanitaria,
urbanística y de desarrollo sustentable en el tiempo una buena red de medios
colectivos (autobuses, trenes, trenes subterráneos, trenes de alta velocidad)
que un solo motor contaminante por cada persona que se debe desplazar?
Sin dudas la tendencia más sensata, más racional,
armónica y equilibrada en el campo de las comunicaciones terrestres no puede
tener su aliado en el automóvil individual. Por el contrario -y si de
construcción socialista se trata, de nuevos paradigmas, de una nueva cultura de
la solidaridad y de lo comunitario- la energía debe ir destinada a la priorización de lo público colectivo sobre lo individual en
temas de interés general como son los transportes.
Producto de ya largos años de cultura
"automovilística", el modelo capitalista en juego asocia
"progreso" con tenencia de automóvil personal. Y cuanto más caro, más
lujoso y prestigioso, mejor. ¿Podemos seguir levantando esos valores desde una
ética socialista? Producto también de largos años de cultura consumista (y por
tanto locamente depredadora), en Venezuela seguimos con los viejos esquemas de
"carro = éxito", "transporte público = pobretón". El
furioso mercadeo de los fabricantes de automóviles de ya varias décadas nos
traza el camino; el transporte público, más aún luego de los terribles años de
neoliberalismo que barrieron el planeta, pasó a ser mala palabra. La constante
prédica mediática se encarga de hacer el resto. Pero acaso, ¿no puede -o no
debe- el socialismo aspirar a otra cosa? ¿Estamos realmente condenados a seguir
los dictados de la gran empresa capitalista o tenemos que inventar algo nuevo?
¿Vamos a seguir repitiendo eternamente que "los servicios públicos son
ineficientes"? Pero acaso. ¿podemos llamar
"eficiencia" el desarrollo exponencial del automóvil privado como
única respuesta a la necesidad de movilidad cuando ello presenta todos los
problemas mencionados? ¿Quién dijo que lo público no puede ser excelente,
eficiente, hermoso, y además de todo eso: solidario? ¿Nos vamos a creer
realmente que "tener carro marca nuestro nivel", o podemos dar un
paso revolucionario de verdad en este sentido?
*
Marcelo Colussi. Psicólogo, licenciado en filosofía. Nacido en
Argentina, viajó y vivió por varios países latinoamericanos. Es de los que
piensan que "el nacionalismo es la enfermedad infantil de la
humanidad", por eso intenta aportar a la causa de la justicia desde
cualquier punto del mundo por donde anda. Recientemente se instaló en
Venezuela, convencido que "el socialismo del siglo XXI" es el camino
a seguir, no importa desde qué país. Articulista, ensayista, escritor, colabora
con varios medios electrónicos. También ha incursionado en la literatura.