DEL SUEÑO A LA PESADILLA
DIEGO TALAVERA
La noche del 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín y con él la frontera que había dividido a Alemania durante 28 años.
Van a cumplirse 15 años de aquellos hechos históricos y parece que fue ayer. Pero aquel día, además del Muro, también se hicieron añicos los sueños y las ilusiones de millones de ciudadanos del planeta.
Para algunos que necesitaron largos años en formarse una opinión y creer con firmeza en un ideal de futuro fue el dato preciso, certero, clarividente, que obligó a modificar esos mismos ideales que defendieron públicamente durante décadas.
Para varias generaciones fue una mutilación intelectual: creíamos conocer el bien y nos encontramos con el mal. Uno piensa ahora en esos hombres y mujeres de nuestro país, seres anónimos, que durante los años cuarenta o cincuenta se jugaban la vida o sufrían las más atroces torturas por parte de aquella especie de Gestapo a la española para arrancarles una confesión por el hecho de militar en un partido que, para colmo de la paradoja, tenía como líder y paradigma ejemplar a un tirano llamado José Stalin. Qué pensarían esos seres amantes de ideales puros a la hora de cumplir a rajatabla unas órdenes, incluso el asesinato, cuando se ordenaba desde arriba, desde París o Moscú. ¿Qué otra cosa podrían hacer? Cuenta Andrés Trapiello en su libro Contra toda evidencia (Editorial La Veleta, Granada, 2004) la pregunta que se hacía un desolado ferroviario que tributó a la Causa o a la Revolución, cualquiera sabe, con diez años de cárcel cuando se conocieron los horribles crímenes de Ceaucescu y de Honecker: ¿Les hemos entregado la vida a unos asesinos? Y ese ferroviario, que había tenido una salud de hierro hasta entonces, tuvo que empezar a tomar antidepresivos.
Lo habría dado todo por olvidar. La última bofetada, tras la caída del Muro, fue el año siguiente, en agosto de 1990, cuando la invencible Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS o CCCP) desapareció del mapa en una semana. Y parafraseando a Eliseo Alberto (Informe contra mí mismo, Alfaguara, 1996), no hubo ni un solo bolchevique ni un solo comunista ni un solo camarada ni un solo veterano de guerra ni un solo bailarín del Bolshoi ni un solo héroe del trabajo ni un solo general de mil estrellas ni un solo cosmonauta ni un solo campeón olímpico ni un solo genio del ajedrez ni un solo artista emérito del pueblo ni un solo científico ni un solo espía de la KGB ni un solo marxista-leninista, ¡ni un solo loco!, que defendiera con una hoz o con un martillo las conquistas de la gloriosa Revolución de Octubre.
* Publicado en LA PROVINCIA/Diario de Las Palmas.
26 de Septiembre de 2004