La suerte
está echada
Juan Manuel
García Ramos
Vivimos de frases hechas y de
lugares comunes porque la economía del lenguaje nos anima a ahorrarnos
operaciones mentales innecesarias.
Pero también vivimos acompañados de citas, sentencias, aforismos y axiomas
mucho más imaginativos que nos iluminan situaciones y circunstancias de una
existencia marcada por los eternos retornos de los que nos hablaron con tanto
entusiasmo pensadores como Pitágoras, filósofo y matemático griego que vivió
seis siglos antes de Cristo, o Nietzsche, con tanta
influencia en todo el siglo XX de nuestra era.
Estos días he estado frecuentando viejas y nuevas lecturas. Una de ellas es las
apasionantes Vidas paralelas de Plutarco, el gran biógrafo griego que
nos dejó los testimonios más lúcidos de lo que debió ser la vida en esa
antigüedad clásica a la que siempre hemos de volver para cerciorarnos de que no
hacemos sino dar vuelta sobre las mismas cosas desde que el hombre es hombre, y
la mujer es mujer, sobre
En las vidas paralelas de Alejandro Magno-César, Plutarco repasa una serie de
aportaciones del mandatario romano a la historia de la humanidad, y en especial
a la historia política de la humanidad. Expresiones que han quedado en nuestra
memoria y a las que siempre acudimos para evitar algunas palabras de más.
Por ejemplo, en ese libro de Plutarco se explica la vieja acuñación de que
"la mujer del César no sólo debe ser honrada sino parecerlo". Enterado
César de que se murmuraba que Clodio, un patricio de
noble linaje, rico y buen orador, había intentado acercarse a su mujer, Pompeya, quizá con el consentimiento de ésta, procede a
repudiarla sin acusar ante los jueces al presunto adúltero, incluso aliviándolo
de algunos de los cargos que se le imputaban. Preguntado César por el fiscal
del caso por qué entonces se había despojado de su esposa, éste contesta:
"Porque pienso que de mi mujer no debe haber siquiera la más mínima
sospecha".
¿Cómo sería interpretada esta actitud hoy, tras las conquistas de las
libertades femeninas?
En esa misma obra dedicada a César, también se nos da noticia de otras
expresiones que acaso nos sirvan para analizar los tiempos presentes que
vivimos. Nos referimos a "Alea iacta est" y a los "Idus de marzo".
La primera de esas locuciones, "Alea iacta est" ("La suerte está echada"), la pronuncia
César cuando se decide a tomar el poder establecido de Roma contra el Senado y
Pompeyo y cruza, con sus centuriones, oficiales, infantes y caballería, el río
Rubicón, la frontera entre
La segunda de esas locuciones tiene que ver con la advertencia que un adivino
había hecho a César de que se protegiera de un gran peligro el día de marzo que
los romanos llaman Idus y que situaban en el día quince de ese mes. Llegada esa
fecha se encuentran en el camino hacia el edificio del Senado el ya dictador
vitalicio y el tal adivino, y César le hace una broma a su visionario
interlocutor comentando que ya habían llegado los idus de marzo y nada le había
ocurrido, a lo que el agorero contestó impasible: "Han llegado pero no han
pasado".
Antes de que terminara esa jornada, César sería abatido por veintitrés
puñaladas de algunos de sus más allegados y moriría entre los escaños de la
asamblea romana.
Todo esto viene a cuento en una cita electoral, como la que viviremos hoy en
Canarias y en otras comunidades del Estado, porque si nos fijamos bien esas
frases acuñadas de la época de Cayo Julio César siguen vigentes en nuestros
días.
Lo de que la mujer del César no sólo tiene que ser honrada sino parecerlo
conecta con todo lo que hoy entendemos como decencia y ejemplaridad en el
ejercicio de los cargos públicos.
Lo de los idus de marzo, con las traiciones que acompañan a la vida política y,
en especial, con las traiciones que a veces sufrimos de nuestros más mimados y
cercanos colaboradores. Aunque esto no es sólo privativo de la atmósfera
política, sino que es frecuente en otros escenarios de la convivencia y la malvivencia humanas.
Las universidades españolas y del mundo entero saben mucho de esas
"dagas" enterradas con saña contra maestros que se han desvivido por
sus discípulos. Hay mucho Brutos, Cascas y Casios
sueltos por esos mundos académicos de Dios.
En otro bello opúsculo, el mismo Plutarco se había ocupado del peligro que
entrañan los aduladores, a los que comparaba con los piojos que abandonan a las
personas muertas al perder éstas la vitalidad de la sangre de la que se
alimentan tales insectos. Del mismo modo proceden los falsos colaboradores
criticados por Plutarco, pues igual que se acercan y medran junto a las honras
y los poderes, en los cambios de fortuna desaparecen como almas que se lleva el
diablo.
Lo de "Alea iacta est"
viene muy al pelo con estas horas de incertidumbre que transcurren entre la
apertura de los colegios electorales y el recuento de los votos otorgados a
cada fuerza política en pugna por alcanzar sus lugares en las instituciones.
Tras semanas agotadoras de campaña electoral, los guerreros de la democracia,
de la palabra, descansan por unas horas hasta conocer los resultados
definitivos; sean estos del signo que sean. Y también preparan sus
intervenciones para explicar éxitos y derrotas. Casi siempre éxitos o medio
éxitos, porque nadie parece perder nunca unas elecciones.
La democracia se demuestra andando y hemos de agradecer a todos los
contendientes que con su concurso fortalezcan un sistema de gobierno necesitado
de tradición y de apoyo sistemático, aunque a veces algunos participen echando
mano del juego sucio y la puñalada trapera.
También estoy de acuerdo con Plutarco cuando nos dice que nada hay más digno y
más hermoso que mantener la calma ante un enemigo que nos injuria.
Y como todo no van a ser seriedades, quizá convenga recordar lo que Sócrates decía
de su mujer Jantipa, una persona irascible y de
difícil cohabitación. El viejo filósofo sostenía que si se acostumbraba a
soportar a su cónyuge, su trato con los demás resultaría mucho más fácil y la
vida más dulce.
Así debemos ejercitarnos con nuestros enemigos y adversarios más íntimos, para
acostumbrarnos a ser pacientes y a no indignarnos con los que vengan después.
La suerte está echada y la ciudadanía toma la iniciativa para premiar o
castigar a sus representantes.
Qué lejana y cercana suena la expresión de César este domingo del tercer
milenio de la historia cristiana de la humanidad.
El destino es siempre más inevitable que inesperado.