Suleiman y Wilkerson
Alexandro Saco
Andel Karim Suleiman y
Mark Wilkerson han sido encarcelados la semana pasada. El primero en Egipto por
ejercer la libertad de pensamiento y expresión, el otro en EEUU por defender su
derecho a no combatir nuevamente en la guerra de Irak. Uno tiene 22 y otro 23
años de edad. Ambos enfrentados a la verticalidad estatal. Se podría señalar
que el caso de Suleiman sí configura un atentado contra la libertad de las
ideas, mientras que el de Wilkerson no porque desacata una disposición del
ejército de EEUU, institución a la que ha jurado obediencia. Pero esa
distinción es falsa. La libertad es un ámbito que no puede medirse
institucionalmente. Suleiman y Wilkerson son la constatación de que el poder
generalmente no está interesado en la libertad individual o colectiva.
Lo de Mubarak en Egipto es una
dictadura simpática para las democracias occidentales. Con sus más de veinte
años en el poder y una sucesión en la que pretende colocar a su hijo o a uno de
sus hombres de confianza, conduce al país a la radicalización de la pugna
política. En el caso de la sentencia contra Suleiman, confluyen dos de los
extremismos vigentes en Egipto. A este joven se le condena por haber publicado
en su blog afirmaciones sobre cómo la universidad sunita en la que estudia
fomenta las ideas extremistas, y por haber calificado a compañeros de Mahoma
como terroristas y a Mubarak con los faraones que gobernaron el antiguo Egipto
cual dictaduras.
Lo de Bush en EEUU es patético
y peligroso. Su administración generó el mayor caldo de cultivo contemporáneo
del fanatismo musulmán al destruir de manera tan siniestra Irak horca incluida,
y a pesar de ello alienta una respuesta violenta sobre Irán que puede degenerar
en lo que quizá sea la intensión final neoconservadora: cambiar el mapa de
Medio Oriente sin reparar en los medios que hagan falta. Ante eso, el ejercicio
de libertad de los soldados del ejército de EEUU a no ser parte de esa
destrucción es valido. El Egipto de Mubarak y los EEUU de Bush, sin ser
sistemas políticos análogos, tienen un punto de encuentro en cuanto a las
restricciones a la libertad. Y es un síntoma interesante que en ambos casos se
trate de personas de 22 y 23 años.
Es que a pesar de grandes
avances en el respeto a las libertades, se mantienen contradicciones
insalvables. Una tiene que ver, y el ejemplo es actual, con la perspectiva que
observa a China como un ejemplo de apertura económica. Observadores como
Openheimer, tan agudo en otros temas, no se cansan de señalar lo maravillados
que se encuentran frente al pragmatismo del PCC que cada vez interviene menos
en la economía. La pregunta que surge es cómo se puede obviar el totalitarismo
del Estado Chino que mantiene campos de concentración, comercia órganos de
disidentes, destruye naciones como el Tibet o encarcela por acceder a ciertos
lugares de la web, y señalar únicamente sus políticas en lo económico. Es que
resulta sencillo para ciertos sectores aplaudir un enfoque comercial-económico
mientras las libertades personales son inexistentes.
Esas son las grietas por las
que el discurso liberal modernizador se descubre tan interesado como el que
avala el izquierdismo autoritario. Y mientras esas constataciones, en las que
los que se acusan de anteponer la ideología a la libertad, persistan, gente
como Suleiman o Wilkersen son puntos sobre las íes. Voces que desde una alejada
acción reflejan en el espejo del mundo el brillo de la libertad. Inocultable y
frondoso. Democracias occidentales o autoritarismos del tercer mundo se
intersectan cuando la esencia de la libertad personal se pone en juego.
Así como el bloger egipcio o
el soldado rebelde estadounidense han sido captados por un instante en la
información global, millones son los que día a día con pequeños actos dispersan
la esencia de la libertad en el mundo. Actos que confrontan la hegemonía
política, religiosa, del ejercicio de la sexualidad y de los sentimientos. La
política y las profesiones de la fe en el 2007 aún son primitivas para afrontar
los reales desafíos de la libertad.
25 2 2006