Sumernet
Agapito de Cruz
Franco
La humanidad ha dado últimamente pasos gigantescos. Nos
hemos empezado a entender en el lenguaje global de los símbolos. El hallazgo de
la comunicación, la ciudad cosmopolita, la astronomía –acabamos de descubrir un
planeta con agua- nos ha lanzado hacia el futuro, expandiéndonos por mundos
nuevos más allá de la región de Ur. Las palabras han
dado paso a las ventanas de la Memoria. Windows XP. Nos entendemos –sea cual sea
nuestro idioma- por pictogramas, dibujos y programas informáticos en tablillas
electrónicas de arcilla. Navegamos a través del ADSL por el Océano del Éufrates con Puertos, Servidores y Buscadores bajo la épica
mirada de Gilgamesh.
Navegación que nos está trayendo nuestro particular Panteón de dioses y diosas
a quienes tributar sacrificios y palomas mainlings en los desiertos de la Amazonía mesopotámica. Las
lenguas, en lugar de confundirse en la
Torre de Babel del Ordenador o Computadora –que lo primero
suena a Control –Ctrl- del Sumo Sacerdote y lo
segundo al Erotismo del número- se funden en la cripta del plasma y del I+D
para transformarse en Aldea Global. Soñando con la polis griega y la Jerusalén celestial, nos
hemos topado con la primera de las ciudades, Uruk, a
la sombra de los palmerales del Tigris.
La informática está destruyendo los Estados, porque el
liderazgo de los circuitos es asambleario y comunitario. No necesitamos Rey ni Gobierno
sino acceso wifi. Ya pasó el tiempo en que En (Señor) y Ensi (Príncipe) ostentaban desde
el templo el poder religioso y político de la sociedad. Los palacios han quedado
para el turismo digital, y los dioses y sus mediadores -Reyes, Papas, Ayatolahs, Generales y Presidentes- convertidos en
espíritus virtuales. De tanto divinizarse y mirar hacia lo alto, se han evaporado
entre sintagmas atmosféricos asfixiados por el cambio climático. Autoinmolado en
los GPS y el cómputo del tiempo bajo las coordenadas de base 60 que inventamos
mañana para que comenzara la historia ayer.
Ha aparecido en la pirámide del poder Paulina Rubio, como sucesora
indiscutible de nuestra primera diosa Inanna, que
pariera a Ishtar,
y esta a Astarté,
madre de Venus y esta de Afrodita, o Afroleches que cantara Javier Krahe en la fuente del pueblo. Mientras, el teclado nos
abre ventanas hacia el otro mundo, llenando de zigurats
nuestra geografía energética. Comiendo de la manzana prohibida, nos hemos visto
desnudos, y, pensado: “pues qué bien”. Pero
hemos dejado de ser vegetarianos, al comernos los unos a los otros. A través de
una cadena trágica-trófica, nos hemos merendado hasta a nuestros propios dioses
para estar en comunión con ellos y evitar la ira de Bill Gates y su espada de fuego baneándonos del Paraíso Terrenal.
Hasta entonces habíamos vivido engañados: Adán y Eva, la Creación, el Diluvio
Universal, Noé, el Arca y la
Serpiente no eran judíos. La filosofía, la geografía, las
matemáticas, la física, la historia no eran griegas. El Derecho no era romano
ni las Tablas de la Ley
mosaicas. Hammurabi
escribió su código a la sombra de Urukagina, Rey de Lagash. La Cruz cristiana y la Virgen eran egipcias,
olvidadas en el Nilo por los acadios, herederos de Utu y la mano redentora
de Lugalzagesi.
Homero, Heródoto, Pitágoras, Arquímedes, Euclides, Aristóteles, Dahrendorf, Bakunin
o Petra Kelly
eran sumerios, del país de los dos ríos. Allí los encontró la espiral de la
historia para digitalizarlos en la pantalla del portátil, de la que te miran a
través de sus ventanas suplicándote la libertad. Porque la cultura es eso: un
ansia enorme de libertad construida sobre la imaginación, la palabra y los
símbolos. Que toda la historia desde hace más de 11.000 años ha sido así:
copiar y pegar, insertar y editar, imprimir y formatear. Sobre todo formatear.
Que los virus de la religión, el poder y las guerras, terminaron por convertir Sumernet en un desastre informático total. Aunque también
es verdad que nos hicieron avanzar hacia el comienzo para retornar de nuevo al
Paraíso: inicio, configuración, cerrar sesión de usuario, apagar. Volver a
empezar.