El tabú de un nuevo partido en Tenerife

Octavio Hernández

La sociedad tinerfeña va por delante de los partidos políticos que quisieran representarla, pero no hay un cuerpo definido, estructurado, de ciudadanía que pueda homologarse a ninguno de los partidos existentes, no ya a los mayoritarios o convencionales, profundamente desacreditados, sino también a los minoritarios que pretenden ser la alternativa política.

Comenzó con Vilaflor y ha madurado con Granadilla; empezó con asambleas desestructuradas y temporales y ha alcanzado una organización estable y permanente en la Asamblea por Tenerife. Pero ha sido la sociedad tinerfeña la que ha decidido su continuidad el 27-N, contra pronóstico de propios y extraños, contra la impotencia y la desesperanza, fundamentalmente, contra la miserable vida política de la isla, la "nuestra" y la de "los otros". Por eso es un tabú hablar abiertamente de la necesidad de una nueva fuerza política aglutinadora como expresión de ese sujeto colectivo ciudadano. Sin embargo, la gente aquí no habla de otra cosa: crear un nuevo partido. Es un secreto a voces que sisea por las esquinas.

Pero una mirada a las organizaciones propiamente políticas que están en la Asamblea por Tenerife permite comprender que se haya convertido en tabú eso mismo que todo el mundo entiende como necesario. La sensación que queda es que la sociedad demanda esa nueva fuerza política, pero los partidos que han aspirado a ocupar ese espacio, o van muy retrasados, o temen por su propia continuidad, o pretenden mantenerse contra viento y marea. Probablemente, el principal escollo para que esa nueva organización política de la ciudadanía movilizada cobre forma no hay que buscarlo en el deseo de la mayoría de la Asamblea por Tenerife de mantenerse como movimiento ciudadano, sino en la desconfianza, endogamia y abiertas desavenencias que comparten los partidos minoritarios que participan en ella.

Tenemos nuestra historia y qué les voy a contar. Se ha planteado antes, en varias ocasiones y de varias maneras, al menos desde 1999, la confluencia entre estos grupos minoritarios. Hablemos mejor de grupos, y de personas, que de partidos, puesto que detrás de cada una de esas siglas no hay una amplia base, sino unas pocas personas que irradian con su personalidad a un grupo reducido de militantes, o bien participan en la endogamia típica de los grupos pequeños, forjadora de fidelidades y etiquetas de lo propio y lo ajeno, de amigo y enemigo. Si algo puedo concluir, al haber participado en todos esos intentos, es que a través de un planteamiento típico de acuerdo entre estos partidos no será posible constituir esa nueva fuerza política que demanda la ciudadanía más crítica y creativa de Tenerife.

Quizá alguno aspire a reforzarse gracias al movimiento ciudadano y convertirse en su representante o, al menos, crecer en militancia y electorado. En este caso, obviamente una nueva fuerza política es algo indeseable, pues el concepto del éxito de quienes así piensan no es más que una reducción del fracaso al que están acostumbrados, y no les importaría renunciar al éxito que tendría esa nueva fuerza política a cambio de un puñado de nuevos apoyos y votos a sus propias siglas e ideas abstractas recurrentes. Es legítimo que así sea, cosa muy distinta es que sea conveniente tal y como está el tablero entre ciudadanía y poder en Tenerife.

Pero además de esto están los conflictos de tres al cuarto que se han creado y magnificado porque afianzan la unidad interna y definen la identidad de partido mediante la identificación del adversario. El resultado práctico lo vemos en La Orotava, donde IUC, APC y Los Verdes no sólo no son capaces de alcanzar acuerdos, sino que mantienen una rivalidad, incluso personal, aún a sabiendas de que así se sacrifica toda posibilidad de una mayoría alternativa en 2007. Fundamentalmente, nadie parece interesado en resolver las diferencias, probablemente porque éstas son funcionales al interés de cada partido de intentar crecer a costa del otro. Esto mismo puede estar ocurriendo ya en la Asamblea por Tenerife desde que se ha empezado a hablar de la necesidad de una expresión política.

Entre el miedo y la desconfianza, más bien parece que cada partido se prepara para reafirmarse en sus siglas y acumular influencia, y aunque coincidan con otros en las asambleas, en las comisiones y en la labor reivindicativa, no han dado el paso de trasladar esa afinidad a una confluencia organizativa que pudiera plantearles el dilema de diluirse en un proyecto político más amplio renunciando a sus siglas. Por eso se ha puesto sordina al debate, no porque la Asamblea por Tenerife no esté preparada para asumirlo, plantearlo y resolverlo satisfactoriamente, ni porque sea prematuro (¿cómo va a ser prematuro algo que está en boca de todo el mundo y es de hecho una prioridad-tabú?).

Más bien, los que no están preparados ni interesados son los propios partidos que participan en ella, que ya se ven como corderos de sacrificio en el altar de la nueva fuerza política que necesita y demanda la ciudadanía tinerfeña. "El cordero no es mi partido, sino el del otro", parecen sopesar. "No hemos contribuido a crear este movimiento para que ahora nos haga desaparecer o compita con nosotros". Por este camino no hay nada que hacer. No habrá acuerdo, sino pérdida de tiempo, marear la perdiz, y en 2007 cada uno por su lado hasta la derrota final. La Asamblea por Tenerife, para quienes piensan así, queda reducida a un dócil colectivo amplio de personas que funciona como cantera de militantes y votos, donde lógicamente se rechaza discutir la creación de una nueva fuerza política superadora de los grupos políticos existentes. Resulta muy útil el argumento de que el movimiento ciudadano, si se politiza, será manipulado, cuando la realidad es precisamente la contraria: su no politización podría también ser inducida por partidos que están dentro y no quieren que surja un competidor ni participar en un proceso más amplio que exceda de los márgenes de su propia organización minoritaria.

El 27-N la sociedad tinerfeña nos dio una lección de rebeldía contra la falta de honestidad, contra la ausencia de democracia en la política, en las instituciones, en la economía y en los medios de comunicación. Lo que ningún partido había logrado, lo consiguió la gente, una vez más, lanzando adelante al movimiento desde Vilaflor y desde las asambleas del Sur por el tendido eléctrico, incorporando al área metropolitana en el proceso de maduración ciudadana que vive la isla desde 2002. Pero no nos engañemos: seis meses después del 23-N de 2002, ATI logró mayorías históricas en las elecciones de mayo de 2003 y apenas se apreció crecimiento en las fuerzas políticas alternativas. En conjunto, estás apenas alcanzarían juntas los 40.000 votos en Tenerife de un censo de más de 620.000 electores. Por separado, ninguno de los partidos minoritarios está en condiciones de superar los 20.000 votos en 2007, algo que no se puede cambiar en dos años.

En definitiva, si lo que se pretende es entrar en las instituciones para complicar a los sátrapas la usurpación permanente de la soberanía popular, para que las decisiones de las Administraciones sean "un plebiscito de cada día", que diría Renan, o para que "manden obedeciendo", como reza el adagio zapatista, creo que las personas militantes y los grupos políticos que actualmente participan en la Asamblea por Tenerife tienen por delante, a no mucho tardar, decidir si prefieren ser derrotados nuevamente y dejar sin expresión política viable al movimiento ciudadano, o romper de una vez el tabú de sus propias siglas en aras de una verdadera alternativa. Es legítimo que aspiren a mantenerlas si no hay un proyecto mejor, pero sinceramente creo que sí es, será mejor un proyecto compartido. En la política tinerfeña, no hay alternativa real si no se logra la alternancia en las instituciones. Todo aquello que nos aleje de la alternancia, nos separa de ser en realidad una alternativa para la ciudadanía que básicamente quiere acabar con la podredumbre política que nos gobierna. No miremos para otra parte, nuestras siglas y nuestra endogamia de partido también nos alejan. Este, y no otro, es el verdadero tabú.