Adal González
Los acantilados de
El guanche supo apreciar el sentimiento de inmensidad
que emanaba de las rocas, y le hizo merecedor de su descanso eterno, en
atardeceres cálidos y apacibles.
Observadores de la inmensidad marina, acogedores de
vida, siguen en pie defendiendo la fértil tierra que se encuentra a sus
espaldas, desconociendo las maquinaciones y la condena que sobre ellos pesa...
La misma costa que baña sus pies será devorada por
monstruos mecánicos, que descenderán desde lo alto para transformar por
completo el litoral.
Su amenaza es, en este caso, la fiebre de los puertos,
la divina panacea, el norte navegable... La garra especulativa en su estado más
puro y en comunión con la ceguera temporal y parcial de las administraciones.
Aparece entonces la figura oscura del empresario de
turno, que gracias a sus hilos políticos logra el oscurantismo perfecto para la
fragua de sus maquinaciones, de sus eructos mentales, que provocan que al
ciudadano isleño le pasen inadvertidas gran parte de las decisiones que se
llevan a cabo en los altos estamentos de las administraciones insulares. Este
isleño, pintorescamente calificado como aplatanado, ve cómo se cometen
continuos atropellos ante sus narices, bajo la falsa excusa del bien común y el
progreso, y parece asistir, con total pasividad, al expolio, al pirateo más
descarado, que transforma de manera radical la realidad del entorno.
Por el contrario, el Parque Marítimo Guayonge, a cambio de una suculenta concesión
administrativa, ofrecerá al paseante un espigón de la altura de dos
pisos que frenará el embate de las olas y resguardará a los barcos de recreo
que allí se encuentren amarrados, junto a la auténtica urbanización en el mar
que se pretende construir en el Paisaje Protegido de Costa de Acentejo, y con
conexión a la zona superior del acantilado, donde ya comienzan a proyectarse y
construir nuevas urbanizaciones de lujo individual, que no respetan ya ni los
mismos límites protegidos por la propia administración, que a su vez parece
estar haciendo la vista gorda ante tales atropellos sociales, naturales y
paisajísticos, y que sin lugar a dudas, van en total detrimento no sólo de la
mayoría de løs isleñøs sino
del turismo que acude a Canarias; un turismo de creciente rancio abolengo, de
tardes de hamacas y despendole nocturno que, lamentablemente, se halla en
aumento gracias a las políticas turísticas que nosotros, los canarios,
permitimos con nuestra pasividad y desentendimiento, cansados de escuchar que
el turismo es nuestro modelo económico.
Tamaña obra magna en la costa tacorontera
contendrá en torno a 500 atraques, miles de metros de planta alojativa, plazas de aparcamiento, restaurante, cafetería,
un balneario, provisión de combustible a los barcos, una carretera de tráfico
rodado anexa al paseo de la playa de
La belleza del paisaje que ofrece la costa de Tacoronte, desde donde se aprecia todo el litoral norteño
de la isla de Tenerife, será bloqueada por el sólido gris-cemento, que ofrecerá
el disfrute que unos pocos esperaban y arrebatará al transeúnte, al caminante,
al turista, al ciudadano de a pie, la singularidad de la zona y la tranquilidad
de la que hasta ahora ha disfrutado, pero que en compensación, transformará el
largamente olvidado castillete de la familia del artista tinerfeño Óscar
Domínguez en una paradójica Escuela de
La paz del lugar, la panorámica única, la
biodiversidad del litoral, la limpieza de sus aguas serán completamente
destrozadas debido a los intereses personales de unos pocos avispados que en
añadidura venden humo a la ciudadanía, el oro y el moro, con falsas excusas
de progreso, innumerables pero precarios puestos de trabajo apoyados por
Una auténtica vergüenza, un ataque a la integridad del
tacorontero, a la integridad del/la ciudadanø, desinformadø, manipuladø, que observa, maniatado, cómo desde lo alto de
los acantilados de Acentejo el promotor de turno frota sus manos mientras el
símbolo del dólar gira imparable en sus ojos ante la visión de tamaño pastel
con el cual debieran mejor atragantarse.
* Licenciado en Filología Inglesa por