El Teide,
Patrimonio de la Humanidad
Wolfredo Wildpret
de la Torre *
El galardón que le acaba de otorgar la Unesco
al Parque Nacional del Teide es la confirmación de algo que este espacio
singular de la alta cumbre tinerfeña ya había conseguido desde hace mucho
tiempo: ser por méritos propios Patrimonio de la Humanidad. Sin
embargo, le hacía falta el documento burocrático acreditativo que rubricara
esta realidad. Por ello, en una sociedad como la nuestra, donde la burocracia
nos atosiga y nos atormenta continuamente, parecía necesario hacer un esfuerzo
gigantesco para llegar a alcanzar este preciado nombramiento. Miles de personas
han apoyado esta iniciativa desde distintas perspectivas. Ha sido necesario
hacerles llegar a numerosas personalidades, científicas, políticas, etc.
vinculadas a distintos organismos nacionales e internacionales la realidad teideana. Este esfuerzo se ha materializado a través de la
realización de todo tipo de actividades, paseos por Las Cañadas, invitaciones
de todo tipo, informes técnicos y científicos avalando la realidad y la
diversidad de sus paisajes, de la gea y de la biota del Parque, que se han
hecho expresión en un inmenso dossier sobre los distintos aspectos que
caracterizan a los ambientes del Parque Nacional.
El apoyo incondicional de la mayoría de los
ayuntamientos del archipiélago así como Cabildos, Gobierno Autónomo, Ministerio
de Medio Ambiente y la unanimidad del Parlamento del Estado han contribuido a
potenciar la propuesta oficial. Pienso que además merece destacarse el apoyo
recibido por numerosas personas directamente relacionadas con el Parque,
miembros de los distintos patronatos así como el esfuerzo y la dedicación de
todo el personal de la oficina de gestión del Parque que han echado el resto,
sin reparar en horas extraordinarias muchas de ellas quemadas en jornadas
festivas cuando lo exigían circunstancias especiales.
El otorgamiento de esta alta distinción obliga a redoblar esfuerzos para
mejorar su gestión y conservación. Queda aún mucho por hacer: pensemos en la
necesidad de regular el cada vez más intenso tráfico rodado que circula por una
carretera que no reúne todas las condiciones de seguridad vial. La imperiosa
necesidad de implementar medidas para controlar, y si es posible evitar, el
salvajismo que se produce cuando llegan las nevadas donde la masa de ciudadanos
que acuden a disfrutar del espectáculo meteorológico maltratan al espacio y lo
degradan de manera brutal. El mayor control y vigilancia en la circulación por
los senderos, pistas y carreteras principalmente en los horarios vespertinos.
La definitiva erradicación de muflones y el control
de especies invasoras tan extendidas por el territorio. Sólo son una pocas
sugerencias que no me cabe duda están en la mente de las personas responsables
de la gestión del Parque.
El Parque Nacional del Teide, conocido por las Cañadas del Teide desde hace
siglos, ha merecido la atención del mundo científico, de montañeros y de
numerosos amantes de la
Naturaleza, que han buscado en estos ambientes únicos no solo
objetivos de sus investigaciones sino que han encontrado en sus soledades y
noches estrelladas sensaciones de inmenso sosiego y placer ante la
majestuosidad de estos paisajes dramáticamente formados por las indomables
fuerzas de los cataclismos telúricos. La erosión climática y los fenómenos
biológicos de poblamiento y destrucción, así como la incesante actividad
evolutiva han sido los factores decisivos responsables de manera activa de la
creación de las formas de vida endémica que pueblan los suelos y las rocas del
gran ecosistema teideano.
El parque, además, ha albergado una riqueza arqueológica que ha servido para
conocer mejor el uso y comportamiento de nuestros antepasados y de su actividad
pastoril. Es interesante comprobar al repasar la inmensa cantidad de escritos
que nos han legado los innumerables viajeros que alcanzaron o al menos
intentaron alcanzar la cumbre del estrato-volcán la documentación histórica
recogida en esos relatos. Desde la intensa actividad pastoril, pasando por el
descuaje de las retamas como recurso básico para la combustión y cama de ganado
hasta la mención dedicada a los colmeneros y a la apicultura rudimentaria que
aún hoy, con tecnología actualizada, sigue produciendo una de las mieles más
exquisitas y menos contaminadas del planeta. Las Cañadas han pasado por
numerosas etapas de crisis y de excesiva explotación que estuvieron a punto de
poner en peligro de extinción a numerosos endemismos que en la actualidad
florecen de forma espléndida. Por sólo poner un caso me referiré a los escasos
ejemplares de cedros canarios que habitaban en rocas inaccesibles citados por Sventenius en 1944. A inventario de hoy la cifra rebasa
ampliamente el millar de ejemplares dispersos por todo el espacio del Parque.
He afirmado en muchas ocasiones y lo reitero en este escrito que la dinámica de
la vegetación de las Cañadas es impresionante. Ante nuestra vista se extiende
un paisaje vegetal de incomparable mejor calidad que la que disfrutaron los
guanches cuando necesitaban llevar a las alturas a las miles de cabezas de sus
ganados depredadores para lograr la subsistencia de los mismos desde la
primavera hasta el otoño.
Para finalizar, debo citar la enorme cantidad de literatura científica que se
ha producido a todos los niveles y en diversos ámbitos tanto locales, como
nacionales e internacionales sobre este territorio. El Parque sigue siendo un
laboratorio científico que contiene una inagotable fuente de información. Esta
distinción debería ser un acicate para continuar subvencionando todo tipo de
proyectos.
En noviembre de 1867 Ernstt Haeckel
(1834-1919) catedrático de Zoología de la Universidad de Jena (Alemania) creador de la palabra "ecología",
subió a la cima nevada del Pico de Teide en compañía de mi bisabuelo Hermann Wildpret. Al llegar
exhaustos al punto culminante disfrutaron de una hora de contemplación cuya
impresión escribiría años mas tarde en su libro titulado "Una ascensión al
Pico de Tenerife". No me resisto a copiar el mencionado texto como colofón
y homenaje a mis maestros Telesforo Bravo y Eric Sventenius, que desde mi temprana edad me inculcaron el
amor y respeto por este territorio nuestro tan merecidamente galardonado:
"Aquella hora que pasé en el borde del cráter, y que allí me pareció un
minuto, pertenece a las impresiones más inolvidables de mi vida. Tal
majestuosidad, tal singularidad y tal profundidad no podrán borrarse jamás de
mi mente. Que desdeñoso y miserable le parece a uno el juego despreciable de
los impulsos humanos, que evolucionan constantemente en los lugares de la
llamada civilización ¡Qué grande y sublime es la Naturaleza que nos
ofrece aquí, en un solo cuadro, toda majestuosidad y magnificencia de su
poderío creativo!".
* Wolfredo Wildpret de la
Torre es
profesor emérito de la
Universidad de La
Laguna.