¡Telebasura: el show más inaudito de la televisión!
Marcelo
Colussi *
Miró por la ventana hacia el patio del canal y vio que
la nieve acumulada era mucha. La temperatura había bajado más de lo esperado:
treinta grados bajo cero. Ese invierno estaba siendo especialmente inclemente, tanto
como lo era él con los invitados a su programa.
Volvió a echar una mirada sobre los posibles
candidatos para la próxima emisión; cada martes por la noche una muy buena
parte de la población moscovita, y también de
No era fácil elegir, cada semana, el personaje más
adecuado. Se debía ser muy cuidadoso: había que transmitir algo triste, que
llamara a la compasión, pero al mismo tiempo con un toque de ligereza. Lo más
importante era no establecer ningún contacto entre lo que se mostraba con la
realidad; los personajes debían parecer ficticios, imaginarios. Algo de humor
negro no venía nada mal. Desahuciados varios, monstruos, mujeres violadas,
huérfanos abandonados, alcohólicos recuperados y otras rarezas de la
marginalidad componían esta galería del terror-humor.
Esta mezcla nada fácil, presentando una faceta
totalmente nueva en relación a la insufrible pesantez de los programas
"oficiales" que Mijaíl producía años atrás,
antes de la caída del régimen socialista cuando era director del departamento
de divulgación del partido en Moscú, había calado hondo en una población
desacostumbrada a reírse de lo que veía por televisión. El problema estaba
ahora en que se había llegado al otro extremo: de una solemnidad forzada se
había ido a una desfachatez perversa. Lo peor de la televisión occidental
estaba ahí, en versión corregida y aumentada.
Mientras encendía un cigarrillo más -fumaba más de dos
paquetes diarios- revisaba las historias de vida y las fotos que su asistente
le había dejado sobre el escritorio. Media hora atrás había terminado el
programa de ese martes -éxito total: había presentado a un enano que pasó seis
años en alguna cárcel de Siberia acusado de ser
agente de un servicio de espionaje extranjero, mutilado de un ojo y tartamudo,
luego rehabilitado- y ya se encontraba ahora, nueve y media de la noche,
trabajando para las semanas próximas. Estaban aseguradas las futuras dos
entregas: una ex monja católica violada por un obispo, ahora lesbiana y
dirigente de una organización pro derechos sexuales, y un pescador del Báltico
que perdió las dos piernas en lucha con un tiburón, ex miembro del Partido
Comunista. No se daba descanso en su tarea; así como se había dedicado con
total entrega a la labor revolucionaria cuando era camarada, años atrás, con el
mismo ahínco, con igual pasión se entregaba ahora a su nuevo perfil. Trabajaba
no menos de doce horas diarias.
Lentamente el programa había ido evolucionando de una
presentación más o menos seria de personajes insólitos a una mordaz sátira,
donde no se escondía mucho la mofa que se hacía de cada invitado. La audiencia
no paraba de crecer, por lo que Mijaíl, así como los
directivos del canal de televisión, privatizado ahora, no reparaban en
cuestiones éticas al momento de seleccionar los candidatos. En los diez meses
de vida del programa ya había cambiado tres veces el nombre, sin menoscabo de
la cantidad de seguidores; arrancó llamándose Vidas insólitas, pasando a ser,
en pocos meses, El show de lo increíble, para terminar ahora con su actual
nombre: Telebasura: el show más inaudito de la
televisión.
Mijaíl sabía que lo que producía era una basura; pero de eso
se trataba justamente. -La gente quiere basura-, reflexionaba. -Tenían todo
servido por el Estado y no lo quisieron. Si prefieren esta mierda. pues démosela-. Ante sí tenía tres fotos con sus correspondientes
anotaciones: un campesino de mediana edad que había nacido como siamés y estaba
separado ahora de su hermano, quien había fallecido años atrás de muerte
natural. Cojeaba un poco, pero eso no era tan atractivo. El otro personaje era
un adolescente que había llegado a ser campeón nacional de ajedrez, y dado su
talento prometía poder acercarse a un futuro cetro mundial; pero a los
dieciséis años había tenido un brote psicótico,
por lo que se había interrumpido su carrera. Ahora, a veces, jugaba informalmente
en el manicomio donde estaba internado.
-Interesante-, pensó Mijaíl
-pero está controlado en el hospital, y en esas condiciones no puede despertar
mucho la atención; además, de loco que es, puede decir cualquier cosa, y no
conviene-. Cuando la vio -era la tercera historia que revisaba- no pudo evitar
derramar la taza de te del impacto. En el papel escrito por Ana -su asistente y
amante- decía: "Nadezhka, cincuenta y ocho años,
mujer. Pasó más de cuarenta años buscando a su familia, a quien aún no pudo
hallar. En la actualidad está ciega". -¿Mujer? ¡Pero si tiene cara de
hombre! ¡Hasta bigote tiene!- No podía sacarle los ojos de encima a esa foto;
sin pensarlo mucho, como reacción impulsiva, sin pensarlo más, la eligió para
el programa de tres semanas después.
-¡Esta tiene que ser, sin dudas! Hasta el nombre va
bien: Nadezhka, como la compañera del camarada Ulianov. Seguro que va a impactar-. Siguió mirando
atentamente la foto sin terminar de saber qué cosa lo atraía tanto. -Pero no
puedo creer que sea mujer. Esa cara, esa cara. yo la
conozco-. No pudo evitar llamarla a esa hora; la quería como amante, pero más
aún la estimaba profesionalmente. En ambos campos era de lo más competente.
Ana, ya dormida -vivía con su hijo adolescente, que no era de Mijaíl-, desperezándose un poco le comentó que no tenía
mucha más información que la que había dejado escrita. Recordaba, sin embargo,
que los colaboradores que la habían detectado contaron que estaba un poco loca,
y que insistía continuamente en sus hermanitos, que ella sabía que estaban
vivos y que no perdía la esperanza de encontrar. Eran, decía, un hombre y una
mujer, a quienes había dejado de ver décadas atrás. En medio de sus delirios
hablaba también de historias raras, pecaminosas.
Le pareció perfecto. Una vieja demente, ciega,
contando historias escandalosas, con cuyo nombre se podía jugar socarronamente,
en una búsqueda imposible. Era patético, pero al mismo tiempo se podía
presentar como un abnegado aporte social: -el show más inaudito de la televisión
al servicio de la comunidad, buscando acercar a algún miembro de la familia de
una desdichada viejecita. ¡Enternecedor!-, pensó, mientras una sonrisa
mefistofélica le deformaba la cara. -Hay que acompañar el programa con la
música apropiada: Erbarme dich,
mein Gott, de
Fueron más las dudas que le quedaron que las que se le
despejaron. Hizo un listado de preguntas que quería formularle en el próximo
encuentro. Acordaron que Mijaíl iría a su casa el
jueves, ya para preparar todo con vistas al próximo programa. Los míseros
rublos que a cambio recibiría Nadezhka no le vendrían
nada mal; hacía cuatro meses que no cobraba su jubilación.
Ya en el apartamento de la candidata -junto a Ana y
otro asistente: Boris, un inteligente joven veinteañero-
Mijaíl se sintió inusualmente mal. Ni bien la vio
tuvo una impresión desagradable. -¡Es una bruja!- se dijo. Siempre se manejaba
con la más absoluta suficiencia con sus invitados, con osadía incluso. La forma
de mofarse de ellos era sutil, y jamás alguno le había provocado lo que ahora
sentía ante esta frágil mujer, ciega, mal vestida, casi repugnante en todo su
aspecto. Tuvo miedo.
Ana lo advirtió de inmediato. Se dio cuenta que no
podía tomar la iniciativa en las preguntas; era la mujer quien manejaba la
situación, igual a como lo hacía Mijaíl en los
programas de Telebasura. Por primera vez en la vida
veía a su amante perder la compostura.
Fue Boris quien condujo el interrogatorio. La historia
se mostraba interesante, intrigante: Nadezhka no era
ninguna tonta. Su memoria era impresionante; relataba con lujo de detalle
escenas de su infancia con tal convicción que nadie podía atreverse a poner en
duda lo que decía. Por razones que no terminaban de quedar claras, cuando era
una jovencita su familia se desintegró. Por dos años crió, prácticamente sola,
a su hermano menor, llamado Fiodor; de su hermana
menor -Valeshka- no tuvo más noticias desde alrededor
de veinte años atrás.
-Curiosa coincidencia, ¿verdad?-, dijo en un momento.
-Siempre me intrigaron las coincidencias. Les tengo que confesar algo: hace
muchos años, cuando vivía en una granja y ya había perdido a mi familia, tuve
intuiciones, cosas raras, no sé. Sentía que mi hermano, Fiodor,
estaba bien; sabía, sin que nadie me lo hubiera dicho, que le iba bien en la
vida, y que le iba a ir siempre bien, hasta que en algún momento aparecerían
nubarrones en su destino. Nadie me lo creía, decían que era una bruja. Pero yo
estaba segura que así era-.
Mijaíl sintió que se desmayaba; tuvo que aferrarse muy firme
de una silla para no caer. No obstante el frío que hacía, su cara y sus manos
estaban empapadas de sudor. Nadezhka,
con los ojos perdidos en cualquier punto de la habitación, blancos por sus
cataratas, se volteó hacia Mijaíl, casi como si lo
estuviera viendo, y tomándole una mano le preguntó qué le sucedía.
-Nada, nada. Estoy bien, gracias-.
Luego de este primer encuentro hubo dos sesiones más; Mijaíl fue sólo a una. Quien tomó un papel más protagónico
entonces fue Ana. Ella, al igual que su amante, tenía este aire casi perverso
para el trato con la gente; fue por eso que pudo mantener en todo momento una
prudente distancia de Nadezhka. Sin embargo también
ella sintió algo inexplicable, algo que no le permitía estar bien. Eso de
"amores prohibidos" dicho por la anciana la inquietaba.
-¡Qué retrógrada esta bruja! ¿Y qué hay de malo en
tener amante? Seguro que la pobre nunca tuvo pareja en toda su vida, por eso
habla así-. Llegó el martes, día de la emisión del programa, que por cierto era
en vivo. Ese día, por la mañana, de una manera totalmente casual -debía firmar
los contratos de seguro de salud de todo el personal del programa, y tuvo ante
sí los expedientes de cada uno- Mijaíl descubrió que
Ana, en realidad, se llamaba Valeshka.
-¡Telebasuraaaaa: el show
más inaudito de la televisión! les da una vez más la bienvenida-, atacó Kozunov con estudiado aire de suficiencia, avasallador.
Luego de las presentaciones de rigor apareció la
canosa mujer, sentada en un aparatoso sillón. La cámara no se cansaba de hacer
primeros planos de sus ojos y sus manos. Cambió la música; de la impertinente
balada con que abría el programa -machacona melodía con trompetas y mucha
percusión- pasaron al fragmento de Bach que había elegido Mijaíl.
Las luces mermaron; se creó un clima de intimidad.
Ana temía que se volviera a repetir lo de la vez
pasada en casa de Nadezhka; intuía problemas. Sabía
que su amante era muy desenvuelto, que manejaba a la perfección las situaciones
más difíciles. Pero en este caso sentía que algo raro pasaba, algo que se le
podía ir de las manos. Mijaíl tenía un modo muy
peculiar de dirigir el programa: dejaba que sus invitados hablaran primero y
luego, con frialdad de torturador, comenzaba a golpear -muy sutilmente siempre-
en los puntos más problemáticos de lo que habían dicho. Se trataba, en cierta
forma, de remover heridas, de dañar. -Eso es lo que quiere el público. De
solidaridad, ¡ni mierda!-, se justificaba.
Invariablemente los participantes lloraban en algún
momento; Mijaíl se consideraba un experto en
lograrlo. En esta ocasión, por el contrario, la vieja parecía un glaciar.
Respondía a cada pregunta con larguísimas
explicaciones plagadas de detalles, relatos minuciosos, historias
interminables. Lentamente el conductor iba perdiendo la paciencia. En un corte
comercial le dijo a su entrevistada que tenía que ser más dramática, no hablar
tanto y llorar más.
-¿Y por qué?-, inquirió con ingenuidad Nadezhka. –Pues, porque eso quiere la gente-.
-¿Ah sí? ¿Tan mala es la gente?- -Más de lo que usted
piensa, mucho más-, esputó con mirada desafiante Mijaíl.
-Pero yo no quiero llorar, mi querido. Ya lloré mucho toda mi vida; además, si
es para llorar, mejor me voy-, agregó con ternura.
-¡No, no!, ¡que ya salimos al aire de nuevo!-, tronó
descontrolado.
El nuevo segmento dejó más descolocado aún al
presentador. La mujer fue tomando un rictus desconocido, inesperado. Su sonrisa
-gélida, casi diabólica- era muy parecida a la que solía mostrar Mijaíl. Repentinamente cambió su tono.
-Ahora me doy cuenta. Sí, la intuición no me falla. Te
acuerdas lo que te decía los otros días, cuando me entrevistaste en casa, sin
cámaras ni luces. Tenía la visión que a ti te conocía, de mucho tiempo atrás.
¿De verdad, tú no eres originario de Stepanchikovo?-
-¿Y qué le hace pensar eso?-
-Tienes el mismo lunar en la muñeca que tenía mi
desaparecido hermanito; lo toqué los otros días cuando me diste la mano al
caerte. Y tienes también el mismo tono de voz-.
-Quizá se equivoca, mi querida-.
-Por la forma en que tratas de evadirte, diría que al
contrario: veo que estoy cada vez más en lo cierto-. -Pero si usted no ve-.
-No veo con los ojos, pero veo con el corazón. Sí, tú
eres. tú eres Mijaíl Fiodorovich Kozunov, a quien dejé
de ver hace cuarenta años. ¡Mi hermano! En verdad no me alegra reencontrarte,
porque no puedo verte. Pero más aún, porque estás muy mal, porque algo terrible
te está sucediendo, y no quería volver a toparme contigo para sentirte
sufriendo de esta manera-, dijo Nadezhka con la más
reposada tranquilidad.
Los asistentes del canal no se esperaban un programa
tan bien montado, un show tan "inaudito" y sensiblero
como el que estaban presenciando. Algunos no pudieron evitar comenzar a reír.
Ana, fuera de cámara, se mordía los labios.
-Sí, así es la vida, mi pobrecito Mijaíl.
Nacemos para sufrir-, continuó hablando la mujer con un aire maternal. Se
compadecía del presentador que, con rostro desencajado, no pronunciaba palabra.
La música de Bach sonaba ininterrumpidamente, grave, patética: Erbarme dich, mein
Gott!
-¿Y qué piensas hacer ahora?-, lo acribilló de pronto
con una pregunta que nadie se esperaba.
-¿Tú qué me aconsejarías?-, pudo balbucear con voz
entrecortada Mijaíl.
-No lo sé. Resignarte quizá.- De pronto, ante la
sorpresa de todos los técnicos del canal, prorrumpió en un llanto desconsolado.
Nadie sabía bien qué hacer, si eso era parte del show, o qué sucedía en verdad.
De inaudito, tal como pretendía el título, tenía mucho.
-Dime, Nadezhka: ¿cómo
supiste lo del examen?-
Ana estaba pasmada; hubiera querido intervenir, dar
orden de cortar la transmisión, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Al mismo
tiempo le parecía fascinante lo que estaba sucediendo, era el show del absurdo llevado
a su expresión más inimaginable. -Seguro que la audiencia debe estar anonadada-
pensó.
-¿Qué examen?-, dijo con ingenuidad Nadezhka.
-Pues. la prueba de VIH que
acabo de hacerme, el mes pasado-.
-¿Y cómo saliste, hermanito? ¡No!, no me lo digas. Ya
lo intuyo-. Ahora el llanto de Mijaíl era imparable.
Las llamadas al canal comenzaron a ser imparables también. Alguien dijo:
"es el mejor programa que he visto en mi vida".
Ana no pudo resistir más y corrió hacia Nadezhka para zamarrearla de un brazo, mientras miraba con
ojos centellantes a su amante.
-¡Tú, hipócrita, no me habías dicho nada que eras seropositivo! ¡Me lo transmitiste entonces, miserable,
perro! ¡Y tú, vieja bruja: ¿de dónde sacas eso de amores prohibidos?! ¡¿Qué
quieres decir con eso?!- Su rostro era un infierno.
Nadezhka, volteando la cabeza hacia su iracunda interlocutora,
con toda dulzura agregó:
-Entonces. tú eres Valeshka. ¡Hermana!-
El balazo que se pegó en el paladar con un revólver
calibre veintidós que extrajo de su chaleco no era de utilería. Recién en ese
momento el director de cámaras optó por cortar la transmisión. Las llamadas no
cesaron toda la noche. "El mejor programa que he visto en mi vida.
¡Felicitaciones!"
*
Marcelo Colussi, es periodista y escritor venezolano. Además es uno
de los responsables de una las páginas web más
libertarias y comprometidas con la información veraz, honesta, sin censuras del
continente americano: www.aporrea.org;
aquí nos ofrece uno de sus relatos breves. También colabora con artículos,
entrevistas y reportajes en la web canaria www.elguanche.net