Por una teoría de la estupidez
Juan Jesús Ayala
No hará falta rebuscar en la parcela de las ideas porque está tan implantada en la sociedad que ella por si misma es capaz de guiarnos y llevarnos de la mano hacia el objetivo que tiene marcado. Y que no es otro que el servilismo, la sumisión, el chantaje, la venganza y ser el enemigo público número uno que goza de toda la impunidad posible en su ámbito, en su espacio ya universal.
Dado que la estupidez o la necedad están en alza, caminan por todos los ámbitos del planeta y lo hace con una altivez que sorprende, en vez de escurrir el bulto, esconder sus vergüenzas en los recodos del camino, y por ser un fenómeno que nos debe preocupar por su universalidad es necesario pensar sobre la estupidez o necedad y si es posible poder elaborar una teoría que nos de pistas; al menos para huir ante su presencia o, si nos satisface, ser uno más de la pléyade. Pléyade que, por otra parte, está ganando la batalla a la inteligencia y que en estos momentos es dominante y un referente a imitar.
Andre Glucksmann intentó construir una teoría sobre la estupidez y se afanó en presentarla como el anodino subproducto de una ascesion de la Razón o como un desgraciado pero efímero reparto de la distribución de la inteligencia. Lo que vendría a decir que el estúpido es el hombre sin cualidades, el que juzga a todo el mundo y no se deja juzgar por nadie.
Se sabe, además, que el estúpido no es víctima de un trastorno orgánico ya que se explica y trabaja mentalmente con el afán de persuadir y convencerse y cuando no logra sus propósitos no tiene ningún atisbo de mala conciencia para hacer uso de la violencia.
Lo que habría que preguntarse es, y ahí la gran dificultad por la sencillez de la respuesta ¿de dónde viene la estupidez? ¿Viene así de pronto o tal vez recorre una serie de etapas para lograr su objetivo final? Parece claro que el estúpido se define a si mismo y por si mismo sin recurrir a ninguna razón; el estúpido se hunde en su particularidad, él se escucha, es objeto de caricias y se maravilla ensalivándose en su baba en una relación de tú a tú. El estúpido teme a la muerte, pero no la escucha, quiere ser eterno y su estupidez es tan alta que sí, que efectivamente se cree adornado con los oropeles de lo eterno.
Lo paradójico en esta sociedad mimética y cambiante es que los estereotipos del necio y del idiota ya están avalados por un alto prestigio y lo estúpido es hoy más valioso que otro tipo de valor. Pensar, desarrollar la inteligencia es una anticualla; re flexionar e imitar a los que han si do capaces de construir el mundo donde viven les importa un pimiento y lo que hacen es descargar en contra de ellos, padres, educadores y súbditos toda la violencia que tienen acumulada y son sólo referentes de su propia imagen. Se imitan y se re producen a si mismos como si fueran alacranes que viven escondidos con el frío y que con el calor salen de sus agujeros con toda su virulencia quedándose con nosotros ya en todas las estaciones, para, con el veneno que poseen infectar y destruir lo que a su alrededor circula.
La construcción de una teoría de la estupidez es necesaria pero uno duda que pueda ser de utilidad siquiera para alguien, porque se mira alrededor, se somete las neuronas a una reflexión y lo que se consigue es llegar a la conclusión que no hará falta perder el tiempo en la búsqueda de una teoría para la estupidez porque no es vendible, menos aun, asimilable y además, ella nos ciega, nos tapona las entendederas y hace que el mundo en manos de estúpidos siga balanceándose, recreándose en un escenario de sainetes donde todos se carcajean y tienen una cara de una extraña felicidad.
De ahí que sea tiempo perdido la preocupación por elaborar una teoría sobre la estupidez porque es difícil, una vez construida, desmontarla porque tiene su ley específica y muy particular, en ella se amparan los matones, la violencia infanto-juvenil y hasta la violencia del poder político. No hará falta pues rebuscar en la parcela de las ideas porque está tan implantada en la sociedad que ella por si misma es capaz de guiarnos y llevarnos de la mano hacia el objetivo que tiene marcado. Y que no es otro que el servilismo, la sumisión, el chantaje, la venganza y ser el enemigo público número uno que goza de toda la impunidad posible en su ámbito, en su espacio ya universal.