Teoría francesa
Juan Manuel García Ramos
En mis notas íntimas tengo apuntado que el Mayo del Sesenta y Ocho francés se terminó cuando Georges Séguy, el dirigente comunista de la CGT, reclamó aumentos salariales y reducciones del tiempo de trabajo, pero rechazó toda unidad de acción con los estudiantes y pronunció una frase concluyente: "No a la aventura".
Y también se terminó ese movimiento social en París, cuando el prefecto de la capital francesa vio al otro lado del puente Saint-Michel a los estudiantes dispuestos al asalto e hizo colocar a la policía en la lado opuesto y pensó: si los estudiantes pasan el puente es la revolución definitiva. Los estudiantes, por fin, no pasaron el puente, porque, entre otras cosas, el Partido Comunista francés ya no estaba con ellos.
Mitterrand definió lo sucedido como "la revolución de los zánganos" y De Gaulle "la revolución de los hijos de papá". Lo cierto es que lo que había empezado en los recintos universitarios de Nanterre y La Sorbona llegó a México, a Praga, a Berkeley, a Belgrado, a Pekín, y hasta a Dakar y Buenos Aires.
Ahí empezó la historia de nuevo para muchos de nosotros aunque no viviéramos en Europa. Francia de nuevo exportaba teoría al mundo entero; casi la comercializaba.
Después del 68 francés, los jóvenes del planeta ya no fuimos los mismos y el concepto de la izquierda cayó hecho trizas, acaso para no levantarse más, a pesar de que algunos nostálgicos sigan invocándolo para criminalizar a todo aquel que no les lleve la corriente. O acaso para enmascararse en eso que llaman ahora la izquierda socialdemócrata o la izquierda transformadora, que es una expresión, esta última, que oí hace unos días y que me hizo mucha gracia.
Javier del Rey Morató que es autor de un libro muy lúcido, Los juegos de los políticos, nos ha dejado dicho que sólo las mentes emocionales tienden a lo infantil y a pensar por etiquetas, o por categorías, y a plantear conexiones binarias, incluyentes y excluyentes, como izquierda/derecha, bueno/malo, conmigo/contra mí, nosotros/ellos, etiquetas que tantos beneficios han rendido a la causa de la política.
No sé qué habrán pensado en su tiempo los estudiantes franceses cuando vieron que el principal partido de la vieja izquierda les decía que se dejaran de aventuras y regresaran a las aulas, después de meses de lucha en común, pero sigo creyendo que muchos de esos jóvenes empezaron en ese mismo instante su carrera de yuppies acicalados y habrán mandado a la mierda a la ideología en general.
Se imaginarán que todo esto viene a cuento porque las calles de París y de muchas otras ciudades francesas han vuelto a vivir momentos parecidos a los de los años sesenta del pasado siglo, aunque, desde luego, las motivaciones, las circunstancias y los actores sean otros muy distintos. ¿Cómo analizar lo sucedido días atrás?
Como a mí me gusta hacer frases, me he permitido bautizar lo acontecido recientemente como un Sesenta y Ocho islámico, de donde ha desaparecido la CGT, el principal sindicato de izquierdas francés, el Partido Comunista y los universitarios de aquel entonces.
Los protagonistas ahora son el rebufo de una inmigración no digerida. Ciudadanos de barrios marginales con una densidad de población de hasta 4.700 habitantes por kilómetro cuadrado: el puro hacinamiento, el fracaso escolar, el paro juvenil, el empleo precario, la desigualdad de oportunidades, y gravitando sobre todo ese descontento, sobre esa gente sin futuro y con un presente desgraciado y angustioso, una religión que divulgada sectariamente les dice que deben ir contra el infiel. Volvemos a las conexiones binarias: fiel/infiel. Sentir es más rápido que pensar. Y como ha dicho alguien el Islam y la izquierda, que siempre está definiéndose por su enfrentamiento con la derecha, tienen cosas en común: su antiamericanismo y su antisionismo.
Estaba anunciado. Las colonias islámicas en Europa no están censadas y al calor de la inmigración ilegal, o irregular, como ustedes quieran, se cuelan activistas sin escrúpulos.
Hace un año nadie sabía cuántos musulmanes vivían en España. Las dos principales federaciones, la FEERI (Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas) y la UCIDE (Unión de Comunidades Islámicas de España) no se ponían de acuerdo ni siquiera en una cifra aproximada. En Francia el número de musulmanes es mayor, procedentes de Argelia, de Túnez, de Mauritania, Marruecos, Chad, Senegal y Camerún. Y así seguimos Europa arriba.
¿Y en Canarias? ¿Quién tiene el censo de los musulmanes que viven en el Archipiélago? ¿Qué pasará cuando haya una recesión económica grave que favorezca una movilización como la vivida ahora en Francia?
El Islam predica que todo hombre es musulmán en potencia antes de que se dé cuenta de ello. Ese reconocimiento como hijo del Islam se hace con la profesión de fe, la shahada: "No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta". Esto es lo que hay.
No sé qué habrá sucedido cuando aparezcan estas páginas, pero hasta el momento de redactarlas la República francesa se tambaleaba con toques de queda insólitos en una época como ésta.
Los graves acontecimientos extendidos a todo el país han ido quemando de abajo hacia arriba al ministro del Interior, Nicolás Sarkozy, al emblemático primer ministro, Dominique de Villepin y al mismo presidente de la República, Jacques Chirac, bastante achacoso en los últimos tiempos.
Ni siquiera en el Sesenta y Ocho los franceses tuvieron que recurrir a una ley de 1955, dictada con motivo de la independencia de Argelia, que declara el estado de emergencia en todo el país y entrega el poder a los prefectos, una suerte de delegados del gobierno para entendernos en administración española.
Francia vuelve a estar de moda y a exportar teoría al resto de Occidente, al menos. Aunque esta vez lo exportado sea la pura perplejidad de sus autoridades a la hora de enfrentar el problema de turno.
Las fotografías de prensa y las imágenes televisivas con las caras desencajadas de Villepin y Sarkozy estos días nos han hecho olvidar sus conocidas desavenencias y su lucha sin cuartel por lograr la próxima presidencia de Francia.
Las adversidades promueven amistades inexplicables. Y mucho más este tipo de adversidades cuya resolución no está contemplada en ningún manual de alta política. Se dice que el Islam está al fondo, se habla incluso de Intifada, pero la modalidad del atentado monstruoso ahora se presenta en versión revuelta cívica con visos de mayor profundidad social. El Gobierno francés dudó en un momento dado si acudir a los imanes o a los prefectos, al final ha elegido a los últimos.
Los socialistas franceses culpan al Gobierno de Villepin de haber desmantelado la red social de subvenciones que frenaba en parte toda esta ola de insatisfacción de barrios condenados a la marginalidad, pero han acusado al ejecutivo de Villepin en la Asamblea Nacional con la boca pequeña, porque en el fondo todos saben que con subvenciones no paliarán un problema que los supera y los desconcierta.
Acaso sea lo sucedido en Francia el primer episodio de una historia que no ha hecho sino empezar. Una inmigración no integrada ni social ni culturalmente es una bomba de relojería para cualquier país. No perdamos de vista el ejemplo.