La Provincia, 11-1-5

TERRORISMO A LARGO PLAZO

La Agencia Central de Inteligencia norteamericana, el Pentágono y la Casa Blanca con su presidente al frente, estudian la posibilidad de un nuevo estatuto jurídico que les permita mantener como perpetuos prisioneros a sospechosos de terrorismo, con la escandalosa agravante de que no será necesario un legítimo juicio que dirima su inocencia o culpabilidad. De esta manera, todos los detenidos ilegalmente (Guantánamo, Kabul, barcos norteamericanos, isla de Diego García...) podrán permanecer en las cárceles hasta que mueran o los captores consideren oportuno, sin tener que dar explicaciones a nadie, trátese de jueces, abogados, leyes nacionales o internacionales.

Mientras, la Cruz Roja y Amnistía Internacional denuncian y hacen públicas las torturas que utilizan los estadounidenses con los cientos de detenidos o cínicamente llamados "combatientes enemigos". De la misma manera un periódico norteamericano, The New York Times, cita formas de interrogar a los presos en Guantánamo: privación del sueño, exposición a música a todo volumen, encadenamientos muy prolongados a sillas... en nombre de su civilización y en el de nuestra democracia europea.

Con un planteamiento definidor del más absoluto desprecio a las elementales esencias que conforman el respeto a la condición humana y a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, justifican su estudio en una supuesta autodefensa: "La guerra contra el terrorismo será una tarea a largo plazo. Por tanto, tiene sentido para nosotros buscar soluciones para problemas a largo plazo", dice el portavoz del Departamento de Defensa norteamericano. O lo que es lo mismo, en cien detenidos a perpetuidad puede haber algún terrorista... en medio de noventa y nueve inocentes.

Y cuando los "combatientes enemigos" lancen a los aires de las civilizaciones occidentales sus gritos de angustia contenida e intenten trasladarnos sus palabras de protesta ante la injusticia que se está cometiendo, sigamos mirando más allá de Oriente, mucho más lejos, y los estruendos sonoros de sus ayes y lamentos los podremos confundir con redobles de las fuerzas naturales, tormentas, tempestades, truenos... Eso nos conviene porque a fin de cuentas -piensan algunos- si están detenidos es porque algo habrán hecho, no tienen las manos limpias, estaban allí en aquellos momentos. Y podremos responderles que sí, que lo único que hicieron muchos de ellos fue precisamente eso, estar allí en su tierra, en su país, tal vez levantando la mirada en contra de una ocupación militar que no recibió las bendiciones de Naciones Unidas. Y que no tienen las manos limpias es también cierto: sangran a manantiales por su propia sangre y la de sus hijos y hermanos cuando transportaban sus cuerpos ya inermes para mostrárselos a los libertadores, a quienes iban a llevarles la paz, la democracia y la libertad.

Terrorismo a largo plazo, en efecto, pero en sentido cambiante: ahora en nombre del coloso militar, del Gobierno tan admirado y respetado por el señor Aznar, por el señor Blair, por las decenas de millones de decimonónicos norteamericanos que no tienen ante sí más que las palabras engañosas y simples que les hacen creer en elegidos de Dios, en preclaros justicieros, en pueblo seleccionado para la vigilancia de los valores cristianos frente al moro ignorante que se esconde en las viviendas destruidas por los bombardeos yanquis para gritar contra el invasor cuando éste ya ha logrado salir del sentimiento primario en éxtasis casi místico. Terrorismo a largo plazo con el silencio de las naciones europeas, las mismas que pregonan a los vientos las excelencias de su nueva Constitución, la que han de refrendar los ciudadanos en ordenadas y civilizadas votaciones. La Constitución europea que habla de libertades... para los europeos; de derechos... para los europeos; de mejoras... para los europeos. Pero la Constitución que no alza las palabras contra las injusticias flagrantes y diarias que en nombre de nuestra civilización europea diariamente se hacen y cometen contra los pueblos ubicados más allá de nuestras fronteras, de nuestras miradas, de nuestros recuerdos.

Pero se imponen los silencios en nombre de elevados intereses. Se cercenan las palabras porque no conviene trasmitir ideas de respeto a los otros o reproches a nuestros amigos norteamericanos, vencedores absolutos en esta guerra contra la libertad y contra nuestras propias sensibilidades. Hemos de procurar que la voz de la Revolución Francesa no resbale ni tan siquiera por nuestras espaldas porque puede convertirse en esperanzado sonido para los "combatientes enemigos", y más si los ecos llegan de la vieja Europa. Somos el mundo libre, dicen. Qué pena que en esa libertad no quepan los cientos de inocentes que pudrirán sus cuerpos en cárceles norteamericanas. Y digo bien cuando digo sus cuerpos: sus mentes ya no son de este mundo tras los "hábiles interrogatorios".

¿Así le ganamos al otro terrorismo?

niguea@telefonica.net