Los tics apocalípticos
Juan Manuel
García Ramos
¡Cuánto ha cambiado el mundo en
los últimos decenios! ¡Cuántas nuevas certezas y cuántos nuevos temores!
Me detengo a comparar dos posiciones como las protagonizadas por un filósofo de
vanguardia en los años cincuenta y sesenta del siglo anterior, Jean Paul Sartre, para quien "una
vida sin fumar no vale la pena", y por un geoquímico
y político, también francés, Claude Allègre, que nos llama la atención sobre lo que él mismo
denomina "riesgo cero garantizado por el Estado", algo que nos
llevará pronto a reivindicar daños y perjuicios a ese padre Estado por no haber
prohibido a tiempo el consumo del tabaco.
Estamos llenos de tics apocalípticos y hay colectivos
radicalizados que los estimulan con entusiasmo. Es el caso del cambio climático
y todo lo que ello supone en una sociedad acosada por catástrofes conocidas y
por conocer.
No se trata de reaccionar a esos fenómenos en plan James S. Robbins,
director de la conservadora revista neoyorkina National Review,
que confesaba animado: "Personalmente, no sé a qué viene todo este ruido.
El calentamiento global es genial. Es posible que ni siquiera esté ocurriendo,
y aunque suceda, hay fuertes razones para dudar de que los seres humanos tengan
algo que ver con ello".
Pero tampoco se trata de caer presa del pánico que nos inspira toda la
"cruzada" de Al Gore y seguidores.
Quizá el término medio de todo este nuevo problema (?) lo representen posturas
como la del ya citado Claude Allègre,
Ministro de Educación de Francia entre 1997 y 2000, y autor de un libro que
vale la pena leer con detenimiento: La sociedad vulnerable. Doce retos de
política científica (Barcelona, Paidós, 2007).
Para Allègre, las amenazas climáticas no son tales
amenazas y todo lo que rodea al sacralizado Protocolo de Kyoto está impregnado
de dosis considerables de cinismo internacional y de demagogia.
Los teóricos del clima, ayudados de potentes ordenadores, previeron en 1970
aumentos de temperatura significativos en la superficie del globo. En esos años
setenta hablaron de un ascenso de cinco grados de media para el año 2000. Llegó
el 2000 e incluso hemos pasado por encima de él y aquellas predicciones
resultaron ser falsas. La temperatura del globo se elevó hasta 2004 un máximo
de 0,1 grados, es decir, cincuenta veces menos de lo previsto.
Se sabe que en el periodo Ordoviciano, hace
cuatrocientos millones de años,
No obstante, Allègre se atiene a lo que él llama
"algunos hechos sólidos": 1) El contenido de gas carbónico crece en
la atmósfera; 2) El ser humano seguramente está detrás de esa evolución, aunque
los archivos glaciares ya indican aumentos comparables o superiores cuando en
la superficie del globo sólo había hombres prehistóricos, sin automóviles y sin
desodorante en spray; 3) El mecanismo físico del efecto invernadero es
incontestable y, por tanto, el aumento del gas carbónico tendrá consecuencias
sobre nuestro clima.
¿Qué consecuencias?
En primer término, el nivel del mar. Dice Allègre que
si todos los glaciares polares (antarticos, árticos y
groenlandeses) se fundieran, el nivel del mar aumentaría cien metros. Habría
agua en el primer piso de la torre Eiffel. También
debiéramos tener en cuenta otras magnitudes: un metro de subida del mar crearía
serias dificultades a Holanda y en parte haría desaparecer algunas islas como
las Maldivas.
Pero Allègre se arrima a la ciencia. A lo comprobado
hasta hoy. Y nos cita las investigaciones de Anny Cazenave, del observatorio
de Toulouse, especializada en asuntos como los referidos más arriba. El
resultado de sus trabajos a partir de los satélites durante los últimos diez
años es que el nivel del mar aumenta
En cuanto al protocolo de Kyoto, todos sabemos que se proponía reducir la
emisión de gas carbónico en al menos un 5% con respecto al nivel de 1990.
Según Claude Allègre, los
europeos han aprobado Kyoto, pero no lo aplican. Los estadounidenses lo
rechazaron hasta ayer mismo, los rusos y los chinos también. Las razones que
dan estos últimos son pintorescas y de distinto calado. Los estadounidenses
opinan que el protocolo es ineficaz y llevaría a la ruina a su industria
automovilística. Los rusos no verían nada mal un aumento de la temperatura
terrestre y utilizan a los estadounidenses para imponer su escepticismo. Un
calentamiento del planeta tendría efectos beneficiosos para países como Siberia, Ucrania, Escandinavia,
Canadá... La boutade de James S. Robbins, de National Review, no era tal. Los chinos se niegan a frenar su
desarrollo económico e industrial después de comprobar cómo Occidente ha
contaminado el planeta a causa de un productivismo temerario. Ahora les toca a
ellos.
Allègre se pregunta al final de su libro si no
estaremos entrando en lo que algunos llaman la "civilización
posthumana", el despertar de un sentimiento anticiencia
propagado por los movimientos verdes más fanatizados, un culto tontorrón por
todo lo natural. Allègre nos recuerda cómo el ser
humano y la civilización liderada por él fueron capaces de reducir la crueldad
y la brutalidad de las leyes de
Ese ser humano y esa civilización que prefirieron siempre la luz de la ciencia
y el conocimiento a las tinieblas de lo irracional, para decirlo con palabras
del biólogo Jacques Monod.
En ese sentido, en este siglo XXI recién estrenado, las centrales nucleares
siguen siendo el mejor método, y el más ecológico, de producir energía de forma
segura. ¿Quién se lo iba a decir a los verdes alemanes de los años setenta? El
mismo Joschka Fischer, uno
de sus líderes indiscutibles, apoya hoy sin disimulo la opción nuclear como la
energía más limpia a la vista.
¿Quién le iba a decir a Jean Paul Sartre,
adelantado de todos los pensamientos de su dorada época, que fumar se ha
convertido en nuestra sociedad casi en un delito? A Jean Paul
Sartre y a otro filósofo bastante más escéptico, el
rumano de origen E. M. Cioran, que fue mucho más
lejos que el francés al afirmar en uno de sus desconcertantes aforismos que
"en los momentos cruciales de la vida, la ayuda del cigarro es más eficaz
que los Evangelios".
La ciencia se convierte en ocasiones en una suerte de novela de ficción. ¿Hasta
dónde nos puede llevar?
Una y otra vez nos zarandea como criaturas desprotegidas que perciben el mundo
con la misma perplejidad que, a buen seguro, lo percibieron los fundadores del
género humano.