El tiempo de
Jorge Batista
Juan Manuel
García Ramos
En física, lo que no es
traducible a una ecuación matemática no existe. ¿En nuestra experiencia
existencial, lo que no es traducible a palabras no existe tampoco?
A ese misterio se ha dedicado la literatura a lo largo de milenios y sigue en
su empeño. Hasta que las cosas no sean percibidas y apalabradas por una mente,
las cosas no son, no existen. Incluso los conceptos de espacio y de tiempo
carecen de realidad objetiva fuera de la conciencia humana. El tiempo no tiene
existencia independiente del orden de los acontecimientos mediante los cuales
lo medimos. Einstein descartó el concepto del tiempo
absoluto: tal como no existe el color sin un ojo que lo perciba, así, un
instante o una hora o un día nada son sin un acontecimiento que los señale.
Otro físico, Niels Bohr,
dijo que somos espectadores y actores del gran drama de la existencia, algo que
Borges tradujo al lenguaje literario con su especial talento: "El tiempo
es un río, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el
tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo,
desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges".
Todas estas reflexiones vienen a cuento después de leer el primer libro de Jorge
Batista, Pequeños sorbos de tiempo (Anrohart
Ediciones, 2006), cuyas páginas se abren con un epígrafe nada alentador:
"Vivir no es más que el arte de hallar felicidad en conducir la carne a la
putrefacción".
Todos estamos bajo el imperativo del tiempo, la dimensión que nos iguala como
especie pensante y temerosa, pero no todos conjugamos ese concepto de la misma
manera. Y es esa particular conjugación del tiempo que podemos hacer cada uno
de nosotros lo que termina por definir nuestras personalidades, nuestras
supervivencias más allá de las circunstancias que nos haya tocado vivir, y
hasta la literatura que seremos capaces de escribir.
La grandeza de obras como En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, y Cien años de soledad, de Gabriel García
Márquez, radica en que son historias extratemporales
y extraespaciales, símbolos de la vida iluminados por
la palabra. Tanto Proust como García Márquez no
hicieron sino recurrir al tiempo perdido de sus trayectorias vitales y al
tiempo hallado de nuevo a través de la escritura.
Dijo alguien que todo recordar es un acto mítico: intentamos explicarnos a
nosotros mismos y a todo aquello que nos rodeaba en un momento determinado.
Vamos al encuentro de lo que pudo otorgar plenitud a nuestra existencia a lo
largo del tiempo. Como diría Marguerite Yourcenar, el tiempo es el gran escultor de nuestras
personalidades.
Salvando las respectivas y naturales distancias, en ésas ha estado Jorge
Batista a la hora de redactar su primera obra, una sucesión de relatos, de flashes, de impresiones apalabradas, que le dan la
oportunidad de explicarse y explicar a sus coetáneos y contemporáneos,
enrolados en un mundo que no termina de ser nunca de nuestro gusto. Dice
Batista en uno de sus textos que en esta vida "no hay más que amor y
muerte. Y entre los dos, el paso del tiempo". Y dice, además, que "el
tiempo jamás descansa".
En Pequeños sorbos de tiempo, Batista hace un recorrido que comienza en
su nacimiento, dramáticamente contado en su texto "Mi nombre", donde
el feto está a punto de salir a la luz de la vida, y termina en una suerte de autoentierro, narrado en "Epitafio y lectura para mi
funeral". En el entretanto están la ternura de los primeros años de edad,
su estancia en el Sahara, el sexo ("Amanecer": si hay erección hay
vida, los amigos perdidos por el camino ("Daguerrotipo del periodista que
amanece; o "El hombre de nunca": Los periodistas se putean de día y
se conocen de noche).
Pequeños sorbos de tiempo también contiene bellas historias metaliterarias, como "Carta de Berthe
Bovary a Flaubert",
una borgiana misiva al autor francés; "Sobre la
tumba de Wilde", la sabrosa conversación
imposible entre una señora de nuestros días y el espectro del heterodoxo
irlandés; o "Dedos muertos para un saxo", una especial reescritura de
El perseguidor de Julio Cortázar sobre la cuarteada personalidad del
saxofonista estadounidense Charlie Parker.
En el primer libro de Jorge Batista nos encontramos además con evocaciones como
la de "El hombre de las palabras como sueños", que nos habla de un
acomodador de cine que termina por contarles a sus espectadores ese trozo de
argumento que jamás verían, o con imágenes repelentes como la del "Vuelo
del pederasta", ese ser viscoso que viaja a Bangkok a desflorar a
hambrientas muchachitas.
Pero en Pequeños sorbos de tiempo está en cuerpo y alma el sujeto Jorge
Batista, el periodista Jorge Batista, que nos da cuenta del proceso de
conocimiento y de autoconocimiento experimentado a lo
largo de los años, al lado de la música, del cine, de sus amores, de sus
pequeñas angustias profesionales, del cariño por sus progenitores y por sus
descendientes, de acontecimientos de la actualidad revividos, como el relato
sobre el huracán Delta o la llegada de pateras a Canarias. Y toda esa
recuperación de la memoria se formaliza a través de un lenguaje tajante,
rotundo, una lectura de la existencia casi matemática, abrupta, depurando
implacablemente las palabras. Una lectura en azul, el color del mar y del sexo
químico de
Dije antes que todos estamos bajo el imperativo del tiempo, la dimensión que
nos iguala como especie pensante y temerosa, pero no todos conjugamos ese
concepto de la misma manera. Jorge Batista ha dejado de lado la prisa de la
prosa del periodismo y se ha entregado al desciframiento del verdadero
significado de las palabras. Es un ejercicio de esquizofrenia caligráfica muy
frecuente entre los profesionales de su gremio: aquellos que usan el lenguaje
para una actualidad vertiginosa ansían ese otro uso menos amenazado por las
agujas del reloj en que consiste la literatura. El camino que va de la
información a la sabiduría. Pequeños sorbos de tiempo es un esfuerzo por
encontrar la palabra justa, de la que hablaba Maupassant
con tanta obsesión, la palabra que se adapte a la memoria como un guante a su
mano. Esfuerzo baldío, las palabras y las cosas permanecen en un divorcio
calculado.
Por eso la literatura nunca morirá, ni la filosofía, ni la historia. Todas son
el cuento de nunca acabar, siempre están sometidas a modificaciones y
transmutaciones. Nadie termina nunca de explicar los misterios primeros de
nuestra existencia, entre ellos el misterio del lenguaje que nos fue otorgado.
Cada ser que nace tiene derecho a revisar todo lo dicho y lo escrito. Somos
seres incapaces de discernir lo que representamos entre el tiempo cósmico,
exterior, y el tiempo mortal de nuestras vidas, y una de las pocas libertades
de las que gozamos es la de poner en el papel algunas de estas incertidumbres.
Eso es en parte la literatura. Eso es en parte lo que ha hecho Jorge Batista en
su primera entrega literaria.