Tiempo para la
justicia
Juan Jesús
Ayala
Se sabe de lo lenta que es la administración de Justicia, la de recursos
y papeles que hay que mover, que muchas de las veces se amontonan en la mesa
de los jueces, porque parece ser que las causas no cesan y que dentro de los poderes
del Estado de derecho sea el de la Justicia el que más trabajo produce y el que
ahora, por diferentes motivaciones, orillando las políticas, toma un
protagonismo inusitado en esta tierra y en este espacio histórico-político que
se vive.
Hablar, opinar sobre la Justicia, así, como ente abstracto, es
complicado y si lo queremos hacer con cierta profundidad intelectual no habrá
otro remedio que ampararse en la Teoría de la Justicia, de John Rawls, profesor
de Filosofía en la Universidad de Harvard. Considera
J. Ralws que la teoría sistemática predominante en
la filosofía moral moderna ha sido una clara derivación del utilitarismo, que
fueron los que señalaron las oscuridades del principio de utilidad e hicieron
notar las aparentes incongruencias existentes entre muchas implicaciones y
nuestros sentimientos morales.
Así que, a pesar del ligero fracaso del utilitarismo, actualmente la
filosofía moral que sustenta la Justicia tiende a ir por dos caminos, o bien
por el del utilitarismo o del intuicionismo.
Uno de los campos a los que el filósofo somete su observación es
concretamente la justicia como imparcialidad y, para ello, considera que una sociedad está bien
ordenada no sólo cuando está diseñada para promover el bien de sus miembros,
sino cuando efectivamente está regulada por una concepción de la Justicia. Lo
que quiere decir que cada cual acepta y sabe lo que los otros aceptan y que son
los mismos principios de Justicia y que, además, las instituciones sociales
básicas satisfacen generalmente estos principios. Y he ahí la cuestión porque
las sociedades aún discuten si están bien ordenadas y que es lo justo y que lo
injusto.
Una sociedad donde impera un capitalismo desaforado e inhumano, donde
habrá que proteger de alguna manera ciertos intereses por el bien común y
porque desde los fundamentos utilitaristas se decide la felicidad de la
mayoría, existen otros, adosados a esa misma sociedad, que por ese imperativo
de ordenación se emboscan en una vida sometida a los resquicios y a las
sobras de los poderosos.
Es un sociedad, pues, desigual donde unos están equidistantes de
otros, donde existen privilegios que no están al alcance de los otros. Y no
porque se someta a la duda si la Justicia funciona o no, simplemente porque la
organización utilitarista de una determinada sociedad admite que esos sean los
criterios y que así sean las determinaciones por las que hay que transitar.
Se parte, pues, de la base que dada la máxima satisfacción de los
componentes de una sociedad y lográndose un equilibrio cuasi perfecto se
estaría en el camino de bajar desde las alturas de la abstracción a los
territorios de la realidad de las causas que se consideran justas y que,
sometidas a la consideración de todos, se llega así al contrato social en donde
se deslinda lo justo de lo injusto.
Y en esa consideración se instala la Justicia y lo mismo, aquellos
que de alguna manera están sometidos a su influencia y que como personajes de
una historia concreta pueden estar a expensas en cualquier momento a ser protagonistas
de la misma. Se hace difícil, a veces, entender la imparcialidad de la
Justicia, pero hay que asumir que es ese su principio fundamental y el cual da
credibilidad a la misma; que unos se escuden en falacias y que sometan a
diferentes consideraciones obtusas por interesadas no obliga a que las
cuestiones tengan que discurrir por los cauces de lo justo y que eso es lo que
impera o al menos es lo que debe imperar.
Sujetos tiene la Justicia como administradores de la misma que tienen,
como no, sus afectos y con una estructura intelectual perfectamente definida y
que también pueden estar sometidos a la influencia que una determinada sociedad
puede ejercer sobre ellos en este o aquel sentido, pero es la excepción y están
fuera de ese ordenamiento y al margen del camino.
Otra cosa es la instrumentalización que se
quiere hacer de ella, desde diferentes posicionamientos donde ya interviene la
política y si fuera así, se estaría transitando por la perversidad institucional
y mermando su poder, dado que se tocaría muy tangencialmente por aquellos que
están fuera de ella y opinan sobre cuestiones que catalogan de justas e injustas.
Instrumentalizar la Justicia es una situación indecorosa, por los que
amparados en una determinada intencionalidad ignoran lo que es negro o
blanco. Y si se hace así desde una intencionalidad política es esta una situación
reprobable y hasta escandalosa y si, por el contrario, se hace desde la
ignorancia, entonces sólo habrá que tener con ellos compasión.
Pero la plenitud de la fuerza de la justicia deber ser perfectamente
apreciada. Y si ya lo es por los que la administran, lo único deseable es que
los que la sufren se defiendan de ese sufrimiento y el resto que dejen de
ejercer como jueces de pacotilla y de secano.