Viajes, seguridad y turismo

¿Pero usted todavía viaja?

 

Juan Manuel García Ramos

 

Se adjudica a Françoise Sagan una respuesta cortante a un reportero que se empeñaba en relatarle a la escritora francesa sus últimas aventuras, viajes y descubrimientos turísticos. "¿Pero usted todavía viaja?", se dice que le contestó la Sagan con cierto desprecio.


Hoy día hay ocasiones en las que no sólo tenemos que soportar los pormenores verbales del pesado de turno recién llegado de sus vacaciones, sino aceptar resignado la invitación a ojear las fotografías del periplo en cuestión o el vídeo familiar correspondiente. La tecnología y sus consecuencias.


¿Son felices los viajeros de nuestro tiempo?


Casi un siglo antes de que Françoise Sagan publicara su conocida novela Buenos días, tristeza, un escritor escocés al que todos vinculamos a su La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson, trotamundos excepcional, nos dejaba algunos pensamientos atractivos sobre los viajes.


Por ejemplo: refunfuñar es el pasatiempo del viajero. No digamos si exterioriza su enojo después de haber perdido su maleta.


También decía Stevenson que el turismo es el arte de la decepción y que las aventuras más hermosas no son precisamente las que vamos a buscar.


Uno de los muchos paralelismos que podemos trazar entre el código de escritura narrativa que constituye El Quijote y el código de escritura narrativa que es Cien años de soledad, concierne a rasgos específicos del carácter de sus protagonistas. Nos referimos al idealismo que exhiben Don Quijote y el coronel Aureliano Buendía -dos curiosos viajeros- en sus respectivas empresas de la caballería andante, en el caso del primero, y de líder y promotor de treinta y dos guerras contra los conservadores de su país, en el caso del segundo. ¿No presentan, además, similitudes las sucesivas salidas al campo de batalla y las sucesivas derrotas frente a la realidad con la que se topa Don Quijote y las reiteradas campañas bélicas del coronel Aureliano Buendía y sus posteriores rendiciones ante los hechos consumados? ¿No se da entre ellos una misma moral de fracaso después de agotar sus estériles itinerarios?


La historia acaba con los sueños de caballería de Don Quijote igual que acaba con los sueños de justicia del coronel Aureliano. Y ambos regresan siempre a la soledad de la lectura y a la soledad de la orfebrería como paliativos a sus desajustes con la realidad a la que se enfrentan fuera de sus moradas.


El modelo de justicia que persiguen Don Quijote y el coronel Aureliano Buendía no parece ser de este mundo, no se corresponde ni con la realidad de La Mancha ni con la realidad del país al que pertenece Macondo.


Alguien dijo de El Quijote que le parecía la mejor sátira contra el entusiasmo humano, ¿no es Cien años de soledad una empresa en la misma dirección?


Las tres salidas de Don Quijote son el camino del aprendizaje, acaso el camino del desengaño, del escarmiento. La primera salida se extiende desde el capítulo I de la primera parte hasta el capítulo VI; la segunda salida desde el capítulo VII de la primera parte hasta el final de ese primer libro; la tercera salida se corresponde con la segunda parte de la obra.


En cualquiera de los casos, el Don Quijote que regresa a su casa definitivamente es un hombre vencido, un viajero que ha equivocado su ruta y ha de volver a empezar, aunque ya no quede tiempo. El cumplimiento del destino es también el final del viaje.


El coronel Aureliano Buendía protagoniza treinta y dos guerras -¿cuántas salidas de su casa de Macondo?-, y también se ve obligado a un regreso humillante, pues la causa que lo había incitado a pelear se ha vuelto confusa, los contornos de sus ideas han sido borrados por su experiencia de la realidad más cruda.


Don Quijote y Aureliano son dos viajeros fracasados. La conclusión que pueden extraer de sus sufridos traslados es la de haber sido víctimas de sus propios sueños.


A la vuelta de su segunda salida, la mujer de Sancho Panza le pregunta a su marido "qué bien habéis sacado de vuestras escuderías", y el rechoncho asistente tiene que justificarse valorando que no hay cosa más gustosa en el mundo que ser escudero de un caballero andante buscador de aventuras, pero en el fondo está harto de tanto trotar sin razón.


Cuando Don Quijote, al final de la segunda parte, le pide a su sobrina que traiga hasta su lecho de muerte a sus buenos amigos, al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero, porque quiere decirles algo, nos encontramos asimismo a un aventurero arrepentido de su gesta.


Otro tanto sentirá el coronel Aureliano Buendía, tras su regreso definitivo a su casa paterna y en el momento de firmar el Tratado de Neerlandia que ponía fin a sus movimientos guerreros a unos veinte kilómetros de Macondo: "El coronel Aureliano llegó en una mula embarrada. Estaba sin afeitar, más atormentado por el dolor de los golondrinos que por el inmenso fracaso de sus sueños, pues había llegado al término de toda esperanza, más allá de la gloria y de la nostalgia de la gloria".


Los viajes paralelos del hidalgo Don Quijote y del coronel Aureliano Buendía terminan con la misma desazón por parte de sus protagonistas. "Ya pudimos habérnoslos ahorrado", parecen quererse decir uno y otro tras la renuncia a seguir adelante.


Al final de sus viajes respectivos, tanto Don Quijote como Aureliano Buendía vuelven a ser los seres de carne y hueso que eran antes de emprender sus correspondientes aventuras. La suerte no los ha acompañado. El viaje no los ha premiado.


En ese sentido, los viajes de estos dos libros de la literatura en lengua española en nada se parecen a los viajes de la fortuna pertenecientes a la literatura oriental. Las mil y una noches es uno de esos libros llenos de viajes fascinantes.


Esos viajes donde los protagonistas encuentran el tesoro que los redime de sus miserias o la mujer o el hombre que sólo habían existido en sus sueños.


Los últimos sucesos vinculados con turistas españoles en Yemen y en Egipto y el clima sembrado por el terrorismo islamista en todo el mundo, han abaratado mucho los precios ofertados por las agencias de viaje. Avión y hotel, al menos, se encuentran hoy al alcance de muchos bolsillos no demasiado boyantes. El problema es elegir el destino y acertar.


Estos días he leído en la prensa insular que muchos profesionales del turismo y algunos touroperadores muestran su preocupación porque Canarias pierde poco a poco la idea de normalidad que ofrecía a sus visitantes.


Clima y tranquilidad eran nuestros atractivos. El clima permanece, la tranquilidad ha desaparecido. Un solo ejemplo, aunque hay muchos más: extrañas muertes de jóvenes turistas en noches de discoteca de Lanzarote y sur de Tenerife no son la mejor publicidad para una tierra que vive de los que vienen a disfrutarla. El viaje de la fortuna convertido de nuevo en arte de la decepción.