Trans-Sahara

 

Juan Manuel García Ramos

 

Durante la primera semana del mes de febrero que acabó el miércoles, fueron convocados por Estados Unidos en la ciudad de Dakar nueve países africanos de esa zona: Senegal, claro está, Marruecos, Mauritania, Argelia, Túnez, Níger, Malí, Chad y Nigeria.


La cumbre, coordinada y liderada por el general norteamericano William Ward, uno de los máximos responsables del mando estadounidense en Europa, tenía como objetivo impulsar lo que se ha denominado "Iniciativa antiterrorista Trans-Sahara" para la que el Gobierno de George Bush ha destinado unos seiscientos millones de dólares como primera aportación.


Esta noticia ha pasado sin pena ni gloria para todos los canarios, pero a nosotros nos parece que reclama una atención muy especial.


Según el periódico ABC del 14 del mismo febrero, el encuentro de Dakar ponía en marcha un mecanismo de seguridad en la región del Magreb y del Sahel (semidesierto a lo largo de Mauritania, Malí, Níger, Chad y Sudán) para prevenir el terrorismo islámico, pues según todas las averiguaciones llevadas a cabo por la inteligencia estadounidense en este territorio norteafricano se estarían entrenando comandos radicales vinculados Al Qaida y al Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, una facción magrebí del terrorismo internacional con derivaciones en Europa.


Pero también se hacía eco el periódico madrileño de un artículo publicado en la revista norteamericana Foreign Policy in Focus, de política exterior alternativa, firmado por el analista Conn Hallinan y crítico con el aparente altruismo del gabinete de Bush en el norte de África en ese esfuerzo por librar a los países antes citados del Magreb y del Sahel del terrorismo que todo parece impregnarlo.


Para Conn Hallinan, esa operación de padrinazgo bélico americano esconde el interés de Washington por explorar una zona rica en gas y en petróleo y rentabilizar así su presencia en los previsibles yacimientos de esas fuentes de energía.


Dos lecturas de un movimiento de fichas por parte de Estados Unidos en el norte de África que sendas y recientes declaraciones del ministro del Interior marroquí Chakib Benmussa y del embajador argelino en la capital de Malí, Bamako, no han venido sino a clarificar.


Tanto el ministro marroquí como el diplomático argelino acaban de reconocer que la presencia de Al Qaida en el Magreb y en el Sahel es un hecho probado.


Para Benmussa, el Sahel es una zona donde hoy día se da un alto tráfico con inmigrantes clandestinos y otro tipo de contrabandos. Un lugar apropiado para la captación de militantes por parte de Al Qaida.


Por su parte, Argelia acaba de alistar a tres mil tuaregs para combatir a los salafistas argelinos y de los países limítrofes, autobautizados como Al Qaida del Magreb.


Son datos puestos sobre la mesa por gobiernos de distintos colores que nos obligan a mirar a esa zona con una nueva inquietud, pues ya el complicado conflicto del Sahara Occidental y su aplazada solución nos había generado otras incógnitas.


Si a todo esto le sumamos la pésima política exterior española en el África noroccidental y la inexistencia en Canarias de una seria vigilancia de fronteras, a nadie le podrá extrañar -ya existían rumores suficientes al respecto- que en el futuro el Archipiélago se vea envuelto en conflictos nada deseables.


Ojalá todo esto que decimos quede muy lejos en el tiempo y en sus mismas posibilidades, pero se hace necesario instaurar en estas islas nuestras un observatorio riguroso de todo lo que está pasando en el continente vecino, que no es poco.


Teníamos confianza -aunque no lo viéramos con demasiada simpatía, todo hay que decirlo- en el entendimiento entre el Reino de Marruecos y la España de Rodríguez Zapatero, pero esa confianza ha desaparecido.


Ahora no sólo sabemos que Mohamed VI ha aplazado durante el último año hasta cuatro veces su prometida entrevista con el jefe de gobierno español, sino que cuando se firman acuerdos bilaterales la ejecución de éstos deja mucho que desear.


Quizá las razones de los desplantes del monarca alauí se deban a la indefinición de los socialistas españoles con respecto al Sahara Occidental, o a que el hijo de Hassan II esperaba una complicidad mayor por parte de la Moncloa en su política anexionista.


Lo cierto es que a los problemas con Marruecos se han sumado los nuevos desencuentros con los gobiernos de Mauritania, Senegal, Guinea Conakry y hasta Cabo Verde, todo ello en virtud de la inmigración que a todos nos concierne.


Canarias es una de las puertas más apetecidas del primer mundo para los desheredados de los vecinos países africanos. Y para otras nacionalidades de casi la otra parte del planeta.


Hemos ido paliando el impacto de ese fenómeno sociológico con prudencia y paciencia, aunque en lo que respecta a los menores llegados a nuestras costas el problema se agrave día a día sin que el Estado asuma su responsabilidad.


Nuestra situación geográfica nos obliga a ejercer la solidaridad y la comprensión de esos desplazamientos demográficos y a asumirlos en vanguardia.


Pero si ni siquiera estamos preparados para frenar la mera inmigración irregular, ¿cómo podríamos vigilar y controlar la posible entrada de células integristas entrenadas ahí enfrente, en eso que ahora se llama el Sahara y el Trans-Sahara?


Comento con preocupación esta noticia de la Iniciativa Antiterrorista Trans-Sahara, que ya cuenta hasta con presupuesto del Departamento de Estado norteamericano, porque no he visto que haya despertado interés algunos en los medios de comunicación de nuestras islas.


No se trata de alarmar a nadie, pero tampoco de ignorar lo que ocurre ahí al lado.


Estos nuevos alineamientos antiterroristas de países del Magreb y del Sahel, con el concurso de Estados Unidos, deja más solos a los saharauis y a su noble causa. Y refuerza las tesis marroquíes sobre el futuro de esos territorios defendidos por el Polisario.


España no debiera quedarse al margen de esas nuevas circunstancias diplomáticas y jugar su baza con la generosidad que reclama una antigua provincia dejada de pronto de la mano de Dios.


Son demasiadas las preguntas sin respuesta que están planteadas y ni España, ni, desde luego, Canarias pueden desentenderse de los posibles desenlaces pendientes.


Eso tiene de ingrato la tan traída y llevada tricontinentalidad de Canarias.


Siempre he sido un defensor de que Canarias cuente con competencias en materia de relaciones exteriores con los países del entorno, pero si les digo la verdad creo que la partida que ahora se juega en las regiones del Sahara y del Trans-Sahara exige que nuestra interlocución se fortalezca y pase por la Europa a la que pertenecemos.


Estamos tardando en poner en acción nuestros reflejos y en solicitar ese auxilio.