El trapicheo de la inmigración

Juan Jesús Ayala

Se hace difícil comprender como a estas alturas y después de las miles y miles de muertes que el Atlántico se ha cobrado entre los desgraciados que desde el África subsahariana y desde la costa marroquí y de Mauritania pretenden llegar a la Arcadia feliz y que han puesto todo el esfuerzo de su vida que se queda para muchos, en eso, en un mala muerte por torpeza, por impericia y por susto.

¿Es tan complicado que la Unión Europea que es la que va a soportar y soporta el flujo migratorio ponga remedio a este trapicheo de la inmigración? ¿Es tan complicado que en los países de origen de donde parten en un tormentoso recorrido hasta llegar a las playas del Aaiun o hasta Nuadibu sitúen en esos países a delegaciones que informen de lo que se van a encontrar en su largo camino?; que muchas de las veces será la muerte, otras el desamparo total, otras el confinamiento y las más la vuelta a sus respectivos países perdiendo dinero y miles de esperanzas que se frustran entre las olas del mar o en la espera de un tiempo que no llega. No creo sea difícil. Pero ¿por qué no se hace? ¿Por qué no se realiza el gran compromiso entre los países europeos que en su día saquearon África empobreciendo a su gente y que expoliados son los que ahora intentan buscar ayuda? ¿Por qué no se les aviva su mala conciencia y de alguna manera, hablen claro y que se haga una propaganda veraz y se les informe a cuantos se les podrá acoger por tal estado, nación o autonomía?

El negocio y el trapicheo que se hace con estos desheredados de la tierra es el gran escándalo del siglo por más que muchos digan que esto no puede ser así y que no hay derecho a que tanta muertes surquen las aguas del Atlántico. Pero eso, como todo, se queda en meras intenciones, en algún que otro acuerdo con Marruecos, ahora con Mauritania y el montaje de algún que otro dispositivo de control y que la realidad nos dice que bien poco se ha avanzado.

Son meros parches, meras justificaciones ante un problema sangrante que ensancha la vergüenza universal a los que favorecen de alguna manera, pero siempre desde el silencio que este trapicheo con tráfico de personas siga en pleno esplendor. Y no hay ante la gravedad del problema que mirar para otro lado, señalar con el dedo a este u al otro; muchos son los responsables porque tienen poder y decisión negociadora para que esto no continúe así. El resto lo único que nos queda es seguir expectantes a ver que pasa y lamentándonos y a la espera de la solución que no llega.

La espoleta de la bomba de la inmigración es una espoleta de carga retardada que ya está dejando sentir su calor y su inminente explosión, los que duermen en colchones de plumas y contemplan a través de la televisión el espectáculo de pateras a la deriva o de náufragos tragados por las olas ya se toman el fenómeno con naturalidad, como si de una película de negreros, contrabandistas y piratas se tratara.

Pero la realidad nos dice que dejando atrás sus casas, chabolas rudimentarias, los desgraciados pasan meses y meses pisando las arenas del desierto y escondidos en refugios de mala muerte a la espera de que el negrero de turno y en un barquichuelo incapaz les lleven al puerto que desean llegar, tienen que pagar un dinero que nos es poco, destruir la documentación posible quedándose como seres sin identidad, escuálidos y a expensas de que la suerte les asista y arriben al sitio donde imaginan esta la libertad y la prosperidad que ni tanto ni tampoco.

Se hace difícil entender como este trapicheo no se controla si además se sabe dónde radica el problema, donde están las mafias, quienes son y donde se refugian unos y otros. Uno llega a pensar que si todo este trapicheo, todo este negocio no favorece también a los que tienen la responsabilidad de solucionar este problema y que mientras se habla de él y se marea la perdiz están más atribulados con problemas de más rentabilidad política. Lo que hace sea la esquizofrenia la que se instale y desde la locura, por supuesto, se hace muy difícil asumir la realidad. Esta se nos presenta desdibujada y con más de una cara.