Unidad
nacionalista
Juan
Manuel García Ramos
La oportunidad de una oferta
política no la deciden los elegidos sino los electores. El pasado día 27 de
mayo, Gran Canaria ha castigado en las urnas al nacionalismo en sus dos
principales instituciones y sobre todo ha castigado al nacionalismo enfrentado.
Bien es verdad que ese hecho electoral fue también acompañado por un ambiente
de ’primarias’ estatales entre el Partido Popular, que gobernaba en el
Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria y en el Cabildo de la isla, y el
Partido Socialista, que desbancó con holgura a la organización política de José
Manuel Soria en el consistorio y acortó distancias en la corporación insular
con la posibilidad de hacerse en el futuro inmediato con el poder de la mano de
Nueva Canarias.
Fuera de esos inesperados desplazamientos y de su repercusión en el número de
escaños obtenidos por la candidatura a la presidencia de Canarias de Juan
Fernando López Aguilar, todo lo demás estaba más o menos previsto.
Coalición Canaria -esta vez con acuerdo con el Partido Nacionalista Canario- ha
mantenido el tipo con sus diecinueve diputados, pendientes de convertirse en
veinte con los votos de la emigración canaria en América a base de
arrebatárselo al PSOE.
Las disidencias de Román Rodríguez -que restaba dos diputados a los resultados
de 2003- y de Juan Carlos Becerra -que restaba uno- nos dan la clave aritmética
de lo que ha sucedido ahora, aunque esas restas se hayan producido sólo en
suelo grancanario.
El nacionalismo canario resiste el maniqueo planteamiento de la política
española, con los dos grandes partidos en posturas irreconciliables generando
un voto mayoritario y emotivo en uno u otro sentido de la ciudadanía incluso
ultraperiférica, como algunos llaman a pueblos como el nuestro. Y, en parte,
resiste también la influencia de lo insular en los proyectos políticos que se
desean suprainsulares, como es el caso de Coalición Canaria.
La campaña electoral de Nueva Canarias estuvo astuta y mezquinamente orientada
a convencer a sus electores de que el nacionalismo de Coalición Canaria estaba
vendido a los intereses tinerfeños, estaba al servicio de ATI, que es la bicha
que siempre se exhibe -aunque ya no exista como partido- para proceder al
rebrote interesado del Pleito Insular versión nacionalismo ultramoderno. Así
nos va.
Desde Unión del Pueblo Canario (1979-1983) hasta las Agrupaciones
Independientes de Canarias (1985-1993) o Coalición Canaria (1993-), el fantasma
del enfrentamiento insular ha sido una constante no sólo dentro de esas
organizaciones políticas sino un virus introducido desde fuera por los partidos
madrileños con delegación en Canarias y ciertos poderes fácticos y de opinión
incapaces de analizar con mayor amplitud de miras.
¿Qué canario con un poco de sentido común está en contra de la existencia de
una fuerza política propia con arraigo en todo el Archipiélago? ¿No es esta una
reflexión que debiéramos hacer entre todos?
La política se nutre no solo de la cita puntual en las urnas sino de opiniones
radiadas, televisadas y escritas, en permanente renovación. De una cultura
cívica que la moldea y la dota de perfiles.
En ese sentido, uno echa en falta un mayor compromiso de esas opiniones
públicas para superar nuestras limitadas mentalidades insulares y acercarnos a
una mentalidad de conjunto, a una mentalidad "nacional", y lo digo
con esa terminología para no estar dándole más vueltas a algo que el mismo José
de Viera y Clavijo ya nos dejó dicho en su ilustrado siglo XVIII: Canarias como
"cuerpo de nación original".
Da la impresión de que los apegos desorbitados a las patrias chicas insulares
impiden el despegue de un apego a la patria grande de Canarias.
Ni siquiera el Estatuto de Autonomía de Canarias de 1982, el primer documento
que nos unifica como pueblo con cierta racionalidad y sosiego, ha frenado las
suspicacias y las desconfianzas insulares, sobre todo entre las dos islas
capitalinas del Archipiélago.
Ni el Estatuto ni algunas de las herramientas que esa ley de leyes ponía en
funcionamiento para neutralizar la fragmentación física de nuestro territorio
común.
Ese podía ser el caso paradigmático de
Esa Televisión Canaria ni forma ni informa. Aunque también es verdad que su
programación se ha convertido en otro pequeño, o grande, campo de batalla donde
los egoísmos insulares miden hasta el minutaje que se otorga a este u otro
asunto de relevancia en cada isla; y así tampoco se trabaja ni se avanza en
ninguna empresa de futuro.
Las permanentes rupturas de las emergentes fuerzas nacionalistas canarias son las
que dan las mayorías -aunque sean relativas- a las fuerzas nacionalistas
españolas en el Archipiélago.
Una elemental operación matemática que nos permitiera sumar los votos hoy
dispersos de Coalición Canaria-Partido Nacionalista Canario, Nueva Canarias,
PNL de Juan Carlos Becerra, PIL de Dimas Martín, IF de Ildefonso Chacón y CCN
de Ignacio González, nos demostraría que el nacionalismo canario, a poco que lo
intente, sería la fuerza holgadamente mayoritaria en el Parlamento de nuestra
Comunidad.
En estos últimos comicios autonómicos, como ocurrió en 1999 y en 2003 con
Muchas veces me he preguntado cuáles son las razones que impiden esa necesaria
unidad nacionalista: ¿los recelos insulares, los recelos ideológicos -la
presencia de nacionalismos de mayor y de menor intensidad-, los recelos
personales?
A lo mejor todo podría repensarse mejor poniendo las cuentas por delante,
sumando los votos obtenidos en nombre del nacionalismo el último domingo de
mayo sobre la mesa y mirándonos después a las caras con sinceridad y sin
prepotencias.
La verdadera voluntad de la mayoría ciudadana de Canarias fue votar a fuerzas
de obediencia canaria -dejemos las siglas aparte-, aunque los líderes de esas
fuerzas no hayan sabido unificarlas ni entenderse para derrotar al resto de sus
adversarios políticos.
Algo extraño frena un proceso que está al alcance de la mano. La historia
parece ir en contra de ese nacionalismo. La historia y la mentalidad colonial
que todavía gravita sobre nuestro inconsciente colectivo. Démosle tiempo al
tiempo.