Universidad

 

Juan Manuel García Ramos

 

El pasado miércoles treinta de marzo pude asistir a una de las juntas de la Facultad de Filología de la Universidad de La Laguna de las que más satisfecho me siento después de haber servido como profesor a esa institución desde hace treinta y dos años.


El punto del orden del día de esa sesión que despertó el interés de los asistentes fue el referido a la puesta en vigor en dicha Facultad del Reglamento General de Verificación de las Obligaciones Docentes del Profesorado, aprobado en Consejo de Gobierno de la Universidad citada el nueve de febrero de este año.


Realmente se trata de una nueva manera de ver las cosas desde el punto de vista de la docencia universitaria que ha levantado muchas protestas de los profesionales, aunque algunos hayan acatado la medida con un servilismo del que no merece la pena hablar.


Cuando veo a las universidades en procesos de burocratización como el aludido, no puedo dejar de pensar, como ex consejero del Gobierno de Canarias durante algunos años, en las consecuencias que procesos parecidos tuvieron para las enseñanzas medias, esa etapa tan crítica para los jóvenes de nuestros días, en especial para todo lo referido a la moral del profesorado de ese escalón de nuestro sistema educativo.


Como contamos hace unos meses en estas mismas páginas, uno vio caer a los institutos de enseñanza media en la fosa común de la mediocridad y la burocratización de sus sagradas tareas a través de las sucesivas leyes de malaeducación aprobadas en el tardofranquismo y en la neodemocracia.


Tales leyes -casi a ley por ministro- echaron por los suelos el prestigio del profesorado de esa escala de la instrucción pública y lo abocaron al hastío profesional, a las bajas por depresión y a la prejubilación como paliativo menos traumático. Y como resultado general: el mayor fracaso escolar de Europa. Nadie sabe cómo fue pero entre todos la mataron.


Entre reformas incesantes, claustros agotadores, insubordinación de alumnos y padres-madres metomentodos, el profesorado de medias perdió no sólo prestigio social sino hasta autoestima, esa pizca de autoridad y casi soberbia que necesita cualquier docente para enseñar lo que sabe.


¡Consumado ese proceso tan destructivo para la enseñanza no universitaria, ahora parece tocarle a la enseñanza superior. ¿Cómo no?


Yo creo que esta vez los burócratas -esas mentes fiscalizadoras y oficinescas en perpetua vigilia- van a por él: a por el profesor universitario, me refiero. El cerco se cierra de modo implacable.


Reglamentos como los aprobados por el Consejo de Gobierno de la universidad lagunera el nueve de febrero pasado exigen firmas antes, mientras, después de las clases presenciales, no presenciales, tutorías, consejos de departamento, juntas de facultad, claustros y muchísimas otras convocatorias absurdas a las que se somete sin tregua alguna al docente universitario. Del número de horas que conlleva preparar una clase no se habla en ningún párrafo.


Exigen todos esos requisitos a pesar de que en el preámbulo de tal norma se reconozca, con un paternalismo indisimulado, que los planes de mejora de la calidad docente no "aluden expresamente a la necesidad o conveniencia de verificar el cumplimiento de las obligaciones docentes" tal y como a continuación se especifica en las "Disposiciones generales" del mismo texto reglamentario.


Algunos responsables académicos están decididos a culminar una tarea en el escalón educativo que faltaba por malear.


Humillados y desalentados los profesores no universitarios, ahora hay que acabar con los universitarios.


Lo importante no es dar una buena clase o escribir un libro que contribuya de verdad al conocimiento, lo que se persigue por parte de la administración es la mera constancia formal, ofensiva, de que se ha entrado a clase -y se ha salido- o se ha editado algo con ISBN y cierto número de páginas, para otros casos.


Controlando la tarea docente e investigadora de una manera coactiva y vejatoria al fin y al cabo se controla y degrada a esa clase intelectual tan molesta a algunos poderes. Y además se estimula el individualismo, la rivalidad malsana -no la leal competencia- y la insolidaridad corporativa.


Ya hay un gran número de docentes e investigadores universitarios que empiezan a preferir su jubilación antes de seguir ejerciendo, en una atmósfera de desconfianza generalizada, la profesión que amaron durante toda su vida.


El solemne derecho constitucional a la libertad de cátedra salta cada día hecho pedazos por la mala interpretación que de él hacen las autoridades competentes e incompetentes.


Dije más arriba que había asistido a una junta de la Facultad de Filología de la Universidad de La Laguna de la que salí muy satisfecho y explico ahora por qué.


Las leyes, los decretos y los reglamentos pueden obligarnos muchas veces a tareas indeseables, pero siempre nos queda la posibilidad de la respuesta crítica y el cuestionamiento radical de normativas no tanto exóticas como inaceptables, provengan de donde provengan.


En esa junta aludida comprobé que el espíritu universitario sigue vivo entre mis colegas, sobre todo entre mis colegas más veteranos. El debate que protagonizaron en esa ocasión fortalece nuestro ánimo y nos ayuda a pensar que quizá todavía merezca la pena seguir luchando para que ciertos personajes no acaben, así como así, con una acendrada concepción de la enseñanza superior.


Sin un profesorado motivado social, moral y profesionalmente no hay sistema educativo que valga. La creatividad que exige la docencia y la investigación universitarias -actos en sí mismos esencialmente irrepetibles- no puede confundirse nunca con un régimen funcionarial sin más.


Un sistema de control docente e investigador basado en la desconfianza, en lugar de en la libertad y la responsabilidad -hasta hoy supervisadas saludablemente por decanos y jefes de departamento, que saben muy bien lo que es una clase en una tarima universitaria-, es un sistema que quiebra la misma convivencia académica y que sólo parece buscar la humillación del profesor, en lugar de su prestigio y dignidad.


El Reglamento aprobado por el Consejo de Gobierno de la ULL el nueve de febrero del presente año es un reglamento temerario que ignora además medidas pendientes en las universidades que atañen al profesorado, como un plan de jubilaciones escalonadas -ya contemplado en universidades como la de Zaragoza-, un plan de dispensas docentes por dedicación preferencial a la actividad investigadora -por ahora aparcado en la misma Universidad de La Laguna por falta de financiación- o una revisión y ajuste de los planes de estudio vigentes y en vías inaplazables de extinción por necesidades de convergencia europea.


Una vez más se ha colocado el carro por delante de los bueyes. Pero yo me quedo con lo que oí en un aula magna el treinta de marzo a algunos colegas y a algunas colegas todavía en posesión de ese espíritu crítico que avala cualquier conducta universitaria. No todo está perdido.