La universidad de
la vida: el caso de El Hierro
Wladimiro Rodríguez Brito
*
La borrasca
que nos visitó la semana pasada nos ha vuelto a dar una lección para nuestro
desmemoriado pueblo y van unas cuantas. Resulta siempre oportuno ante estos
hechos -recientemente acaecidos- reflexionar "en voz alta" ante la
reiteración en el error en el que caemos en estas islas atlánticas, vinculado
al alejamiento de la cultura del territorio y en la falta de respeto a la
naturaleza. Así, ocurre con frecuencia que hombres, con nombres y apellidos,
amparados en títulos universitarios, locales -como el que suscribe- o foráneos,
sea en Oxford o en Cambridge, se permiten dar
curiosas "lecciones" a nuestros "magos", criados en la
cultura rural, "mamada" de sus padres y abuelos, a lo largo de muchas
generaciones sin pasar por ninguna aula de
En la isla de El
Hierro han nacido estos días varios nuevos barrancos, a los que habrá que
bautizar. Se localizan sobre todo en las zonas quemadas por el devastador
incendio de septiembre (tierra quemada, lluvia aumentada, dice un viejo
proverbio gallego). La carencia de copas en los pinares y las cenizas en el
suelo, sin pinocha que absorba y retenga las precipitaciones, favorecen la
escorrentía y -en este caso- el aluvión que todo lo arrasa. El resultado es
fácilmente visible en lugares como
No es menos grave lo
ocurrido con el Lagartario, al pie de los Acantilados
de Gorreta, en Frontera, que si bien se encontraba cerca del asentamiento
histórico de Guinea, que servía de alojamiento estacional de las poblaciones herreñas, en lo que se ha dado en llamar
Si las más de
Asimismo, otro de los
problemas añadido es el abandono de las tierras antaño cultivadas y los nuevos
métodos de cultivo, frente a los sistemas tradicionales de la "arada
atravesada", que reducía los efectos de la escorrentía y frenaba la riada.
Para terminar, nos
parece oportuno recomendar en estos momentos una visita a la isla de El Hierro
para que todos aquellos políticos, gestores y técnicos conozcan de primera mano
los riesgos que supone ignorar la naturaleza. Quizás, de esta manera,
lograríamos evitar tropezar tantas veces con la misma piedra, enriquecernos y
aprender de los errores pasados para mejorar nuestra capacidad en el futuro de
prevenir estos y otros desastres. Es evidente que esta sociedad es vulnerable a
los fenómenos meteorológicos violentos, pero a través de un mayor respeto a las
leyes ambientales y a la cultura del territorio, que con seguridad nuestros
mayores tenían en cuenta, podemos llegar a mejorar nuestra disposición a
soportar sus efectos y a atenuar sus circunstancias negativas. Tal vez si la
literatura y la información escrita de nuestros mayores fuera más abundante
sería posible luchar contra las recetas importadas de otras latitudes que tanto
daño han hecho estos días pasados en la isla del Meridiano.
* Consejero del Área de Medio Ambiente y Paisaje del
Cabildo Insular de Tenerife