Las vacas: Canarias y la India

Wladimiro Rodríguez Brito *

Hace apenas unas semanas, en la feria Agrocanarias 2005, celebrada en el Recinto Ferial, podíamos valorar cómo nuestros jóvenes y niños sentían una gran curiosidad cuando descubrían los animales expuestos en el evento, como si de una atracción o un parque zoológico se tratase. Esta imagen escenifica bien a las claras la realidad del agro en Canarias, y cómo ha cambiado en apenas un suspiro el conocimiento que toda una sociedad tenía de los animales que necesitaba para subsistir. Ahora, el conocimiento de los niños se basa en hileras de congeladores en grandes superficies y en las irreciclables bandejas de poliuretano blanco.

De nuevo, queremos insistir en la necesidad de reflexionar sobre los síntomas de esta enfermedad crónica que afecta a nuestro pueblo, el alejamiento y la desvalorización de la cultura agraria y de la ganadería, en particular. Es obvio decir que la ganadería tuvo durante siglos una importancia trascendental para Canarias, por su triple aptitud: leche, trabajo y estiércol (los excrementos de los animales eran fundamentales para dar fertilidad a los campos). La India aún conserva ese triple aprovechamiento que aquí perdimos hace apenas dos décadas. En el tercer mundo, no pueden permitirse el lujo de convertir un recurso en un residuo, tal y como hacemos nosotros.

El tema central es que hemos convertido en residuos algo que es básico y reutilizable en la mayor parte de economías del planeta (los excrementos de las 20.000 vacas y del resto de la cabaña ganadera), produciendo un empobrecimiento de los suelos agrícolas (mineralizándose en muchos casos por el abuso de la química), haciendo la agricultura más frágil y dependiente (importación de abonos orgánicos, cultivos en hidroponía, etc.). En definitiva, tenemos cada día que pasa un mundo agrario que genera residuos, aumentando las dificultades y los costes para gestionarlos, pero lo más lamentable de este caso es que hace apenas unos años se trataba de un bien necesario y demandado. Desde el neolítico, hace miles de años, el estiércol es utilizado cuando el hombre comenzó el cultivo de la tierra. En ese sentido, no podemos ridiculizar la cultura de la India y sus vacas, y enterrar en los vertederos de la isla excrementos de animales y purines de nuestra ganadería, artificializando lo que queda de actividad agrícola y constituyendo plataformas supuestamente ecologistas en una sociedad que pierde sus señas de identidad a pasos agigantados, buscando en los aires viciados de los gimnasios urbanos el sacho perdido, o bien en la farmacia y en el médico las cosechas con alimentos sanos que pueden aportar nuestros campos maltratados.

En Canarias, las vacas constituían una parte fundamental de la economía insular, incluso en islas con escasez de agua (Lanzarote, Fuerteventura o Hierro), donde dominaban los aljibes sobre los manantiales. Tan importantes o más que la leche o la carne era el estiércol para garantizar las preciadas cosechas en épocas de fragilidad alimentaria y de carencias de abonos químicos. Los tiempos han cambiado. Los fertilizantes llegan hoy en barco de Europa, envasados como perfumes o medicinas, con elegantes prospectos para su correcta aplicación. El estiércol se ha convertido hoy en una carga adicional para el ganadero que ve cómo la administración le exige que lo gestione adecuadamente como residuo, con un coste añadido e inesperado, que se añade a la pesada carga que hoy en día supone sacar adelante una explotación ganadera en Canarias. Valga como ejemplo el de una granja de vacas del norte de Tenerife, que se gasta en transportar los purines al sur de la isla más de 9 millones de pesetas al año.

En los cultivos de tomate estamos pasando de cultivarlos en la tierra a los cultivos en hidroponía sobre lana de roca, estamos artificializando un cultivo con unas características adaptadas a Canarias, agua, suelo, y cultura, a lo largo de más de 100 años, para entrar a competir con un producto tan intervenido en sus condiciones naturales como el que se produce en los invernaderos de Holanda, con la única diferencia que aquí lo calienta el sol, mientas los holandeses le ponen calefacción.

Se importa sólo en Tenerife más de 6 millones de kilos de abonos orgánicos del exterior que podríamos encontrar en la isla. En este mismo marco de empobrecimiento de la actividad ganadera y de generación de residuos estamos importando más de 513 millones de tetrabricks de leche que podríamos llenar -en mayor medida- con leche fresca de nuestras vacas. Es decir, el ejemplo de la India y sus vacas sagradas no es una referencia, sin embargo, sí hay que decir que los mil millones de hindúes tienen una economía más sostenible y ecológica, a pesar de su miseria y pobreza, artificializar y hacer más dependiente la agricultura y la economía de las islas no es acercarnos a la sostenibilidad de la que hablamos todos los días. Apostar por una agricultura y ganadería tradicionales es invertir en salud y medio ambiente y también evitar unos altos costes ambientales, en ese sentido, las vacas las hemos convertido en una carga ecológica y no en productos de energía, como hasta ahora habían sido.

* Consejero del Área de Medio Ambiente y Paisaje del Cabildo Insular de Tenerife