Su vida de usted sin el petróleo
Juan Jesús Bermúdez Ferrer
Usted pertenece a la civilización del hidrocarburo,
mal que le pese. Y piense que no está solo, por favor: Somos 6.600 millones de
habitantes del Planeta, un número 6 veces superior al de hace poco más de un
siglo -fabuloso crecimiento fruto de los
combustibles fósiles-, aunque es usted uno de los más afortunados: come tres
veces al día, tiene agua potable, acceso a la movilidad privada, techo que no
se cae con las lluvias, sin riesgo grave de contraer enfermedades infecciosas,
con una esperanza de vida de las mayores del mundo. Todo un privilegiado
ciudadano hijo y fruto del petróleo abundante y barato. ¿O acaso pensó alguna
vez que era posible este milagro sin abundante energía?
Si no es demasiado mayor, nació con las atenciones de
un sistema sanitario intensivo en consumo de petróleo: el conjunto de los
equipamientos de un centro hospitalario, la medicina moderna en la escala que
la conocemos es fruto del uso intensivo de energía. ¿Puede preguntar a una
persona de más de 70 años cómo era el sitio donde nació? ¿Puede preguntarle
cuántos niños morían en el parto y en el embarazo? Su vida de usted está
plagada, como la infancia de nuestros niños, la atención a los enfermos y el
cuidado de los mayores, de objetos múltiples que nos facilitan la vida
cotidiana: nunca tantos complementos para tanta gente, una auténtica industria
de la atención a las personas, para evitar cualquier contratiempo, con el
plástico, el transporte y el uso intensivo de materiales por bandera. ¿Cientos
de millones de pañales desechables sin el petróleo para talar tantos árboles –queda
la mitad de la superficie forestal y bajando-? ¿Talamos sosteniblemente con
energía solar? ¿Apósitos, industria farmaceútica
moderna sin petróleo? ¿Quizás con la energía de las olas, pues?
Procure no engañarse. Come usted, junto a la mayoría
de la pobación del mundo, pero usted con
extraordinaria prodigalidad, gracias a la energía abundante y barata: cada
caloría de alimento requiere hoy diez calorías en su equivalente energético de
combustibles fósiles: come su familia petróleo, transformado en alimentos, que
han sido cultivados, fertilizados, cosechados, transportados, refrigerados,
envasados y servidos gracias al petróleo y el gas natural. ¿Cree usted,
ingenuamente, que sin millones de tractores y toneladas de fertilizantes, sin
el bunker de las compañías marítimas internacionales, sin las grandes acerías y
fundiciones que hacen esos buques tiene sentido la alimentación moderna? ¿Cree
además, profundizando en su peculiar análisis de la realidad, que hay
alternativa energética a ese fabuloso entramado energético–nutritivo?
¿Comer gracias a la energía nuclear y el carbón? Realmente, es conmovedora
su forma de abordar la situación. De entre todos los trabajos escogibles, el suyo es muy dependiente del petróleo: todos
lo son hoy, de hecho. Que si camarero, ¿DC-10 sin queroseno para traer
turistas?; que profesor, ¿cómo recauda el Estado para pagarle su sueldo si no
hay crecimiento económico motivado por el crecimiento en disponibilidad
energética?; dependiente, ¿acaso ha analizado el origen “petrolífero” de sus
productos y el origen del dinero de sus clientes? ¿Dinero barato en tiempos de
petróleo progresivamente más caro? ¿Construcción sin energía fósil? ¿Camiones
de 15.000 toneladas movidos con energía eólica e hidrógeno? ¿acaso
con el motor de aire comprimido? ¿máquinas de
movimiento perpétuo? Seamos serios, por favor.
Pues bien. El petróleo, en el transcurso de unos años
que oscilan entre el 2005 y el 2010, según expertos geólogos que no necesitan
ocultar su identidad, comenzará su declinar paulatino. Algunos advierten que,
por sobreexplotación actual de yacimientos, la tasa de descenso de
disponibilidad será de más del 4-5% anual. Se habla incluso de un 32% de
petróleo menos que hoy en el año 2020. Nuestra civilización, la de las grandes
minas, acerías y fundiciones, cadenas de montaje, líneas inmensas de
transporte, las inmensas plantaciones mecanizadas que nos alimentan, el mundo
de la globalización, en todo su esplendor, tendrá cada vez menos -en vez de
tener más como hasta ahora- para ofrecer alimentos, agua y productos
industriales a la gran población del mundo. Como dice el profesor Ernest García, la duda está en cómo gestionar el
decrecimiento que, por razones naturales, tendremos: de forma humana o caótica.
Claro que siempre le quedará a usted la posibilidad de comenzar a tirar de
nuestros industriales y adormecedores mitos: el milagro tecnológico, guardado
en ese oscuro cajón de los poderosos, la confianza perenne en el gran progreso,
la creencia en la infinitud del Planeta y sus riquezas. Es normal: los solemos
usar cotidianamente y hemos nacido con ellos. Es casi tan difícil
desengancharse de esos ilusorios mitos como del petróleo tan presente en
la vida de usted, su familia y nuestra hidrocarbúrica
sociedad. Hoy, como dice el profesor Canogar, las
opciones son claras: ante el fin de fiesta, podemos actuar o cerrar los ojos.
Pero si tardamos, puede ser que cuando queramos abrirlos las luces ya se
estén apagando.
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Presidente de “Canarias ante la crisis energética”