Vidas y muertes de Colón
Juan Manuel García Ramos
Si fuera por el número de lugares de nacimiento que se le adjudican a Cristóbal Colón y por el número de lugares donde, al parecer, reposan sus restos mortales, podríamos pensar que el gran descubridor de América no fue una criatura de este mundo, sino un ser extraterrenal, un emisario de Dios enviado a nuestro planeta a terminar de diseñarlo. O a terminar de complicarlo.
Colón vuelve a la actualidad debido a la celebración, una celebración más, del quinientos aniversario de su muerte en Valladolid, un 20 de mayo de 1506.
Congresos de todo pelaje y un aumento considerable de la bibliografía colombina, nos devuelven este año a un almirante de la mar océana más enigmático que nunca, más esquivo que nunca a las objetividades de la historia.
Al menos nueve hipótesis distintas sobre el lugar de nacimiento de Colón se han manejado desde que en 1892 se celebrara el cuarto centenario del Descubrimiento de América. A partir de ese año se abrió un debate sobre la genovesidad de Colón, puesta en duda por su mismo hijo ilegítimo Fernando Colón desde 1571, cuando publicó en Venecia la biografía de su padre. En 1856 se defendió la idea de que Colón era francés, en 1892 que podría ser gallego, en 1903, extremeño, en 1927, catalán, en 2003, Emilio Múgica habló de un Colón vasco, en 1927, Patrocinio Ribeiro situó a Colón en Portugal, y desde 1892 también se pusieron sobre la mesa tesis sobre un Colón corso, y hasta un Colón americano, defendido por un tal Antonio de la Riva.
En cuanto al destino de sus restos mortales, también sabemos que fallecido Colón en Valladolid ese 20 de mayo de 1506 fue enterrado en la capilla de Luis de la Cerda, Tercer Señor de Villoria, dentro del convento de San Francisco, convento desaparecido para siempre en 1837 y sobre el que se construyó la actual calle Constitución de la capital pucelana. Entre 1509 y 1513, no se pueden fijar esas fechas, Diego Colón, el hijo legítimo, y su esposa María de Toledo exhumaron el cadáver del almirante y lo trasladaron a la cartuja de Santa María de las Cuevas en Sevilla hasta recibir autorización real para llevarlo hasta la isla de Santo Domingo, donde Cristóbal Colón había pedido descansar definitivamente. El 2 de junio de 1537, el cadáver viaja a Santo Domingo y en la catedral recibe sepultura. En 1795, tomada Santo Domingo por la Francia revolucionaria, las autoridades españolas deciden el pronto traslado de los restos de Cristóbal Colón a la catedral de La Habana, todavía bajo bandera imperial, no sin antes enviar fragmentos de esos huesos a tres localidades distintas: el Vaticano, Pavía y Caracas. Por esa misma regla de tres patriótica, una vez caída Cuba en manos estadounidenses en 1898, la tan traída y llevada osamenta colombina viaja de nuevo a España y es depositada en sepulcro de la catedral de Sevilla. En el año 2003, un equipo de especialistas exhumaron los huesos custodiados en la catedral hispalense y los sometieron a un análisis de ADN que no resultó decisivo a la hora de identificar de manera concluyente los despojos del almirante, lo que ha motivado la continuación de los trabajos en esa misma dirección sin que hasta la fecha tengamos noticias nuevas al respecto.
Es decir, nacimiento y muerte definitiva de Colón envueltos en un misterio que no cesa y que anima a estudiosos, amateurs y advenedizos de toda laya a seguir fabulando con la personalidad del descubridor.
Todos sabemos que el Descubrimiento de América fue la prueba más decisiva de la historia de la humanidad, pues vino a resquebrajar toda la concepción bíblica de nuestro mundo. Un antropólogo tan difícil de impresionar como Claude Lévi-Strauss acepta que la humanidad nunca conoció una prueba tan desgarrante y jamás conocerá otra igual, a menos que alguna vez se revele algún planeta, a millones de kilómetros de distancia, habitado por seres pensantes, aunque hoy estemos en posesión de saber que esas posibles distancias entre planetas pueden ser no sólo mensurables sino hasta franqueables, mientras que los navegantes que acompañaron a Colón temían enfrentarse a la nada, o a quimeras y sueños como el Jardín del Edén, la Edad de Oro de los antiguos, la Fuente de la Eterna Juventud, la Atlántida platónica nunca descartada, las Hespérides, las Arcadias o las Afortunadas.
Colón trastornó todo. Para Colón, América no dejó nunca de ser un enigma. Su concepción del mundo todavía era ptolemaica: la tierra era aún el centro estático del universo, con la particularidad de que para él, para Colón, nuestro planeta tenía forma periférica. En su tiempo, la superficie ocupada por el hombre se denominaba Ecumene, y constaba de tres partes: Europa, Asía y África. Esas partes se correspondían con la perfección mística del número tres: esas tres regiones del planeta y las tres personas de la Santísima Trinidad; el reparto del mundo y los tres hijos de Noé: Sem, Cam y Jofet; la adoración del Niño Dios por los tres embajadores del mundo: Melchor, Gaspar y Baltasar.
Todo eso saltaba por los aires de pronto. Por ello, Colón se mantuvo en las tesis de que había llegado a Asia por occidente o de que había ido a parar al Paraíso Terrenal.
En el Tercer Viaje del Descubrimiento hay un pasaje que tiene mucho que ver con Canarias y con esa confusión generalizada de la geografía colombina.
Nos llega el testimonio de la escritura de Colón a través del extracto que el padre Las Casas hizo de su Diario, pero sentimos la excitación de esas impresiones. Colón comenta que no conoce fuentes latinas ni griegas que certifiquen que el Paraíso Terrenal está en este mundo, aunque dice que algunos lo han situado en las fuentes del Nilo en Etiopía.
Asombrado por la desembocadura del Orinoco, cree haber topado con el Paraíso divino, pero en medio de todas esas grandes dudas inserta una frase que vale la pena transcribir. "Algunos gentiles quisieron decir por argumentos, que él [el Paraíso Terrenal] era en las islas Fortunate, que son las Canarias".
Colón en 1498 ya conocía varias de nuestras islas, algunas las había visitado y había tratado con sus habitantes. Resulta algo extraño que a pesar de saber del Archipiélago, todavía en ese año de 1498 no haya descartado del todo que en estas latitudes y longitudes atlánticas pudiera encontrarse el jardín de Adán y Eva, tan buscado y ansiado por la humanidad de entonces.
Colón fue un ser extraviado de la historia, de la geografía, de la mitología y de religión de su época. Todo se juntó en su mente hasta llegar a trastornarla. Su tenacidad lo había hecho prevalecer por encima de sus coetáneos y contemporáneos.
Era, o parecía que era, un enviado del más allá, el comisionado de un Dios insatisfecho con su obra que vino a cumplir la misión de retocar el trabajo del Altísimo. De ahí que no haya manera de averiguar ni dónde nació ni dónde descansa definitivamente su cuerpo. Ahora que conmemoramos los quinientos años de su desaparición, podemos jugar a imaginarnos muchas cosas. Y hasta podemos jugar a escribirlas.