Viejo oficio
de poetas
Juan Manuel García Ramos
Ha vuelto a ser un honor para mí presentar
un nuevo volumen -el décimo en esta ocasión- de la serie ’Poesía’ de la
colección
Es un honor y un regocijo, porque como parte responsable del proyecto, sé que a
esta presentación la ha precedido hace algunas semanas la de otro título, de la
serie ’Ensayo’, El discurso del cinismo, de Jorge Rodríguez Padrón, y la
seguirá la de un título de la misma serie, Vueltas y revueltas en el
laberinto, de Eugenio Padorno, con lo que queda
demostrada la vitalidad de esta colección cuyo objetivo es incorporar -mediante
selección de un comité asesor- escritores ya reconocidos y escritores en sus
comienzos, con los que se establece una relación profesional; una colección
abierta a todos los géneros de la literatura, con un formato cuidado y
reconocible y textos corregidos con rigor; una colección con promoción
publicitaria y distribución insular y extrainsular.
Y no se trata hoy de presentar aquí al pariente de don Francisco Pizarro,
conquistador y señor del Perú, sino de dar cuenta de la última entrega a
imprenta de un libro del profesor y poeta Alberto Pizarro, nacido grancanario y
nacionalizado lagunero, miembro de una generación lírica reconocida en un
primer momento por la antología Poesía canaria última, un balance
oficiado en 1966 por Lázaro Santana y Eugenio Padorno,
que apareció en Ediciones El Museo Canario con prólogo de Ventura Doreste, y donde Alberto Pizarro quedaba vinculado a sus
compañeros y antólogos Eugenio Padorno y Lázaro
Santana, y a Juan Jiménez, José Luis Pernas o el mismo Jorge Rodríguez Padrón.
Desde esos años sesenta del siglo anterior hasta hoy, Alberto Pizarro no se ha
caracterizado precisamente por su prolífica obra, sino por la destilación
meditada de sus libros, por el reposo y la contención de sus materiales antes
de entregarlos a los editores de turno.
Pese al antitrascendentalismo de la personalidad
campechana del Alberto Pizarro ciudadano de todos los días, se esconde un
sacerdote de las palabras que sabe usarlas en su momento y nada más que en su
momento, que busca en ellas la perfección inicial de su nacimiento, los poderes
inesperados que en su día esos vocablos aportaron a la comunicación y a la
comunión humanas.
Como tan bien resumió todo eso Federico García Lorca:
la poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran
juntarse, y que forman algo así como un misterio.
Dice Jorge Rodríguez Padrón, en un extenso prólogo a la poesía completa de
Alberto Pizarro, que para nuestro autor "el asunto primero de la poesía es
la existencia y la vinculación de la misma a la erosión permanente del
tiempo".
Aunque al margen de esos compañeros y de esos orígenes, Pizarro ha seguido
meditando sobre el quehacer poético con otros cómplices algo mayores, Arturo Maccanti, por ejemplo, y lo ha hecho durante años en
Se estaba refiriendo De Lorenzo-Cáceres a Antonio de Viana,
a Bartolomé Cairasco de Figueroa y a Juan Bautista Poggio Monteverde, claro está.
Andrés de Lorenzo Cáceres nunca supuso que, muchos años después, dos poetas
grancanarios llegaran a convertirse en dos laguneros tan empedernidos y a
producir una síntesis tan fértil de los estilos líricos inventariados por él
mismo en un día ya tan lejano.
Puede el mar (Santa Cruz de Tenerife,
Pero nos adelantamos a advertir a los lectores que el mar de Pizarro es un mar
tamizado, interiorizado, nada solemne; el mar, para Pizarro, es sólo un motivo
más para analizar la existencia y ese efecto que sobre ella genera la erosión
permanente del tiempo.
Es el océano que se adentra en Las Canteras, ese espacio de la infancia
compartido y departido con Maccanti a lo largo de los
años, un mar doméstico de sebas, de orillas que van y
que vienen, de amores precoces, de caracolas y de amarilleos de junio. La
doméstica magia de un tiempo de aprendizaje, cuando el poeta aún no sabía que
la vida consiste en un instante.
Es el mar de la memoria recobrada y en parte derrotada por el tiempo.
Una vez más el poeta asido a las palabras de la salvación, recuperando seres
queridos y amados, rincones domiciliarios, viejas esperanzas y desesperanzas;
el mar como interlocutor para volver sobre una vida dividida entre la añorada
playa de ayer y la añosa ciudad del presente, esa Guerea
fundada por Maccanti en sus poemarios y compartida
por nuestros dos autores con tanta delectación como melancolía.
Veo pasear juntos a Pizarro y a Maccanti, discutiendo
sobre cláusulas rítmicas, número de sílabas y de versos, estrofas resucitadas,
llueve o ha llovido, y la conversación continúa y a mí ya se me escapan sus
voces. El viejo oficio de poetas de la ciudad sigue vivo y lo desempeñan amigos
cercanos, gente de otra estirpe, viejos chamanes de los significantes y de los
significados.
Puede el mar, el último libro de Alberto Pizarro, ha de ser un fragmento
de esa conversación siempre inacabada con el paisano Maccanti.
Me gustaría reencontrarme con Andrés de Lorenzo-Cáceres por esas mismas calles
laguneras y descubrirle una nueva versión del edificio de la lírica insular
levantado por él en otro tiempo. El que representan estos dos grancanarios tan
consustanciados con
Alberto Pizarro y Arturo Maccanti saben que la
escritura literaria es una ingeniería exigente de sonidos y de acrobacias
sintácticas, pero también de sentidos.
El arte literario de uno y de otro consiste en encontrar la expresión
insustituible, pero también en buscar metáforas de la vida que nos descubran
otro modo de ir y de concebir la existencia, incluso preguntándonos por la
bondad del lenguaje utilizado y por su capacidad para alumbrar todas la
tinieblas de nuestro paso por el mundo; también todas las luces.