Por
el derecho a ser felices
Vigencia
del marxismo
Marcelo
Colussi
La historia de la humanidad no es, precisamente, un
cuento de hadas con final feliz. Es, por el contrario, una sucesión de
calamidades donde las relaciones interhumanas -al menos hasta ahora- han girado
en torno al poder que unos ejercen sobre otros. La violencia es la nota
distintiva: "la violencia es la partera de la historia", se ha dicho
con razón. Dicho de otra manera: es una historia de explotación de un grupo
(curiosamente siempre minoritario) sobre las grandes mayorías, historia de
saqueo, de usufructo del trabajo ajeno por parte de esa minoría, de guerras, de
conquistas, de sufrimientos y privaciones para las grandes masas en contraste
con la opulencia de unos pocos. Como asimismo es también una historia de
imposición del más fuerte sobre el más débil: de los varones sobre las mujeres,
de las culturas dominantes sobre las menos desarrolladas. A lo largo de la
historia fueron diversos los esfuerzos que surgieron para cambiar ese estado de
cosas, para liberarse de las opresiones. Por eso nuestra historia como especie
es una historia de luchas, interminables luchas en búsqueda de mayor justicia.
Recientemente, a partir del surgimiento del
capitalismo en Europa y su expansión como sistema económico-social triunfante
por casi todo el globo, es la clase obrera la que reacciona y aparece como
vanguardia para el cambio. Su oposición a la explotación capitalista marca el
ritmo de las luchas por transformaciones sociales. Primeramente en forma
espontánea con reivindicaciones de corte puntual en el orden laboral, luego con
proyectos transformadores de más largo aliento, esa clase obrera industrial
europea va marcando el ritmo de las nuevas luchas en el mundo. Más tarde surgen
las ideas de una nueva cosmovisión de la realidad humana: aparece el
socialismo. En su primera versión, como búsqueda utópica de un paraíso
terrenal; más tarde, de la mano de Carlos Marx, como
formulación acabada de una racionalidad político-filosófica, lo que se podría
considerar un considerable esfuerzo científico. El socialismo pasa a ser,
entonces, la visión de un nuevo mundo, las claves para su obtención, el camino
para el gran cambio social. Para mediados del siglo XIX ese pensamiento
comienza a tener mayoría de edad. Crece, se solidifica, se desarrolla, y ya
entrado el siglo XX es la fuente de inspiración de numerosos movimientos
políticos que luchan por mayores cuotas de justicia. Como resultado de ello, en
1917 aparece la primera revolución donde las ideas de Marx
son el fundamento de los hechos vividos: el marxismo como cosmovisión tiene
entonces su primera aplicación práctica. Posteriormente, en el transcurso del
siglo, van dándose otras revoluciones socialistas, diversas entre sí pero todas
con el común denominador del sello marxista. Hacia fines de ese mismo siglo,
luego de que por un momento una cuarta parte de la humanidad vivió en sistemas
donde se construía el socialismo -en cuatro de los cinco continentes y con
situaciones totalmente diversas- viene el colapso. Por distintos motivos casi
todas las sociedades que se enrumbaban en algo nuevo, se desmoronaron. Y las
que no siguieron ese camino de caída, quedaron en una soledad absoluta,
bloqueadas, atacadas por el monstruo capitalista devenido ya imperio global.
¿Fue eso un problema del marxismo? ¿Podríamos quedarnos con la idea que el
marxismo, como visión global de la historia y de las relaciones interhumanas,
sigue siendo válido y lo que falló fue su implementación? ¿O es más compleja la
situación? ¿Sigue teniendo vigencia el marxismo?
Responder eso implica un largo desarrollo; hoy por hoy
el debate en torno a ello está abierto, y felizmente caminando a buen paso. Lo
que intentamos transmitir en este breve artículo es, más que nada, una
expresión de deseos. No rehuimos al debate con ello,
sino que simplemente lo apoyamos con estas expresiones más -por así decirlo-
pasionales: ¡el marxismo sigue vigente! ¡El marxismo no ha muerto! Para
expresarlo con la frase habitualmente atribuida a don Juan Tenorio: "los
muertos que vos matais gozan de buena salud".
El marxismo no sólo goza de buena salud sino que, si
queremos dar batalla con posibilidades de éxito en la lucha por un mundo con
mayor justicia, nos sigue siendo imprescindible. El marxismo no es una
caprichosa filosofía adecuada a un determinado momento histórico, una moda
intelectual pasajera. Es, más allá de las puestas al día que pueda necesitar
más de un siglo después de su formulación original, una forma de entender y de
actuar sobre la realidad que no caduca con el tiempo. El marxismo, que en boca
de su creador no debería llamarse así sino "socialismo científico",
es una amplia y profunda visión de la realidad humana, de la historia y del
movimiento de las sociedades, surgido de la confluencia de varias fuentes
teóricas importantes: la economía política inglesa, la filosofía de la historia
hegeliana, el pensamiento político francés. Sus formulaciones básicas, como en
cualquier ciencia, pretenden validez universal y van allende las circunstancias
puntuales. El marxismo, o socialismo científico, sirvió para poner en marcha
tanto la revolución bolchevique de Rusia como para insuflar la lucha de los movimientos
campesinos africanos, para la revolución china o la revolución cubana, para
animar las guerrillas en Latinoamérica así como para direccionar
las políticas del movimiento sindical en distintas partes del mundo. El
marxismo animó y sigue animando innumerables propuestas de cambio,
progresistas, vanguardistas. En otros términos: es sinónimo de rebeldía, de
desafío al orden constituido, de transformación. El marxismo, en ese sentido,
es la concepción teórica de una realidad social sobre la que hay que actuar, y
por tanto en su forma original se presenta como una serie de verdades
inobjetables en el campo económico-social básicamente: el trabajo como fuente
de riqueza, el trabajo enajenado como germen de las clases sociales, la
historia como lucha de clases, las revoluciones político-sociales como motor
del movimiento de la humanidad. Y en lo inherente a la modernidad, a la
formación social de estos últimos siglos que hoy ya se ha impuesto
planetariamente: el trabajo asalariado como fermento de cambio en contra del
capital; de ahí que la clase obrera encarna el papel de vanguardia
revolucionaria. Esas son las verdades del marxismo, verdades que no han
cambiado en lo esencial en estos años, aunque se haya reemplazado la fragua por
la computadora y las primeras locomotoras de vapor por aviones supersónicos.
No hay dudas que en sus formulaciones -hechas en la
segunda mitad del siglo XIX- quedaron muchas cosas sin resolver, dichas a
medias o simplemente no dichas. Por ejemplo, el tema de la inequidad de género
no está presente en el marxismo clásico de una manera contundente, y hoy
sabemos que ese es uno de los grandes combates que libra la humanidad para su
mejoramiento. Así como tampoco aparece nada en relación a la catástrofe
medioambiental a que llevó el modelo depredador de la industria capitalista.
Por supuesto, nadie dijo que la formulación originaria fuera perfecta, acabada
de una vez; nada más contrario al espíritu marxista que eso justamente. El
marxismo es profundamente autocrítico, si no, no es
marxismo.
Y como una de las importantes asignaturas pendientes
en su ideario tenemos el tema del poder, de las relaciones interhumanas en
torno al poder. Muchas de las experiencias socialistas conocidas durante el
siglo XX nos presentaron situaciones donde la jerarquía de poderes, la
diferencia entre cúpula gobernante y pueblo fue monumental, tanto o más
criticable que en cualquier sociedad capitalista. La pregonada "dictadura
del proletariado" -anunciada como el paso previo para la entrada en un
mundo de equidad definitiva y para todos- tuvo mucho más de dictadura que de
otra cosa, y no sirvió efectivamente para transformar revolucionariamente la
sociedad, para generar una nueva cultura de la horizontalidad y la solidaridad.
Pero una vez más, entonces: ¿dónde está el problema? ¿En el texto de Marx? ¿En una mala interpretación de su obra? O, más
honestamente, ¿en que hay vacíos en la obra marxista que aún no están lo
suficientemente desarrollados?
Es necesario criticar el verticalismo y la burocracia
de los pesados regímenes soviéticos y de socialismo este-europeo. Tenemos que
hacerlo, forzosamente; si la derecha lo critica por
"antidemocráticos" (democracia vacía, por supuesto), desde el campo
de la izquierda debemos hacerlo con un sentido superador. Nunca más se deben
repetir esas monstruosidades dictatoriales que se dieron en algunas
experiencias pretendidamente socialistas durante el siglo pasado. Pero, ahora
bien: ¿por qué se dieron? ¿Están indicadas en la obra de Marx?
¿Acaso en algún lugar el pensador alemán llamó a construir esos monstruos? ¿En
qué parte de su obra convoca a conformar los gulags,
a fomentar los privilegios de los funcionarios y a expandir casi al infinito
las policías secretas de Estado con control omnímodo sobre las poblaciones?
¿Fue Marx el que concibió locuras tales como la
exterminación en masa de un fanático ávido de poder como Stalin,
o de un criminal de guerra como Pol Pot? No, sin dudas. ¿Podría decirse que estas
"deformaciones" se deben a que no se respetó fielmente el texto de Marx? No, tampoco; si ello así fuera, sería peligroso,
porque haría pensar que se trató de problemas de interpretación de un texto. ¡Y
ningún texto contiene verdades reveladas! En todo caso -esto es más humilde e
implica más trabajo, pero es realmente el espíritu revolucionario que contiene
la teoría- se trata de seguir indagando con auténtica actitud autocrítica
acerca de todo: de los conceptos fundamentales, de las nuevas realidades del
siglo XXI, de temas no tratados un siglo y medio atrás. El tema de la fascinación
por el poder (cosa muy humana, por lo que vemos) debe seguir siendo abordado.
¿O acaso repetir una consigna "revolucionaria" ya nos liberó de las
fascinaciones por el poder, del autoritarismo y la jerarquía? ¿El machismo o el
racismo, se terminan sólo por declararnos socialistas, por usar una camisa con
la imagen del Che Guevara? La construcción de sociedades más justas está aún en
pleno proceso, y las experiencias socialistas que conocimos son apenas primeros
pasos, tímidos, balbuceantes. Marx
no habló, por ejemplo, de las reivindicaciones de los homosexuales, o de los
problemas de la creciente marginalidad social (niños de la calle, nómadas
urbanos), o de las migraciones masivas de población del Sur hacia el Norte, o
de la transferencia de industria (industria de ensamblaje básicamente) desde la
metrópoli capitalista hacia los países periféricos, más baratos y con menos
regulaciones medioambientales; todo esto son problemas nuevos, inexistentes 150
años atrás, y que convocan a la profundización de su estudio y a nuevas
propuestas. Pero que no estén el texto original de Marx
no significan que no puedan plantearse y resolverse también desde una óptica
marxista, es decir: desde el socialismo científico. La composición última de la
sociedad, su división en clases basada en la propiedad privada de los medios de
producción, ¿varió en estos casi dos siglos en que van surgiendo las ideas
socialistas? Que el proletariado industrial que movía la maquinaria alimentada
con carbón ahora sea mucho menor que en
No hay dudas que muchas de las calamidades del
socialismo real conocido son absolutamente impresentables. Por qué negarlo: en
muchas de esas experiencias se construyeron verdaderas dictaduras. Pero eso no
invalidad la necesidad de cambiar todo lo que sea injusto: al sistema
capitalista, sin dudas, porque no da salida a los acuciantes problemas de la
humanidad. Y también al socialismo real que terminó siendo dictatorial,
cerrado, antipopular. ¿No es justamente la esencia
misma del marxismo promover la justicia, la equidad, la igualdad?
Pese al desarrollo fabuloso de las capacidades
productivas que alcanzó el sistema capitalista, la mayoría de la población
mundial sigue viviendo en condiciones precarias. Los beneficios de la explosión
científico-técnica del mundo moderno no alcanzan para resolver problemas que
técnicamente se podrían superar por la simple razón que la estructura del
sistema no lo permite: mientras los medios de producción sigan siendo privados
y la sociedad se mueva sólo por el afán de lucro personal, los grandes
problemas de la humanidad no podrán ser remediados. Sólo una visión nueva,
basada en los intereses colectivos, puede poner todo ese potencial de la
industria moderna al servicio de la totalidad y permitir reales cuotas de
beneficios para todos y todas.
A esa nueva forma de entender el mundo, a eso lo
llamamos socialismo. Y los fundamentos teóricos más fuertes que existen para
buscar su concreción, a eso le llamamos marxismo. Si queremos decirlo así: el
marxismo encarna el sentimiento generalizado de querer vivir mejor, de ser más
felices, todos, sin que esa búsqueda implique ir contra nadie. ¿No tenemos todos ese derecho acaso? ¿No tenemos todos
el derecho a vivir con dignidad, de disfrutar la vida, de no ser
explotados por nadie, de ser seres libres? ¿No tenemos todos
el derecho a ser felices? "Marxismo", en definitiva, no es
sino el sinónimo de esa búsqueda. ¿Por qué habría de estar obsoleta esa idea
entonces?
Mientras siga habiendo injusticias en el mundo,
seguirán las luchas para afrontarlas y terminarlas. El marxismo es la expresión
de esas luchas, así de simple. ¿Por qué habría de perder vigencia si el mundo
aún sigue siendo profundamente injusto?