Entrevista a
Vladimir Acosta, analista político venezolano *
La no-renovación de RCTV es un hecho
revolucionario
porque toca el corazón del poder mundial
Por Marcelo Colussi
Especial para Argenpress
La salida del aire del canal televisivo RCTV ha
producido enormes repercusiones políticas tanto en Venezuela como en el resto
del mundo. Por lo pronto ha desatado un revuelo mediático inusual que está
dando pie a la derecha para acusar al gobierno revolucionario de dictadura
violadora de los derechos humanos; sobre estas acusaciones se está montando una
enorme campaña que pide ya no la reapertura del medio en cuestión sino, lisa y
llanamente, la salida del poder del presidente Hugo Chávez.
Para conocer en detalle acerca de todo lo que se juega
en esta decisión y las perspectivas futuras al respecto Argenpress, por medio
de su corresponsal en Caracas, Marcelo Colussi, dialogó con Vladimir Acosta,
historiador y analista político venezolano, uno de los más agudos observadores
del proceso bolivariano en curso.
Argenpress: ¿Qué significado tiene hoy, en términos
políticos, sociales y culturales, la salida del aire del canal RCTV? ¿Por qué
tanto revuelo, nacional e internacionalmente, en torno a esta medida?
Vladimir Acosta: En el marco de todos los
profundos cambios que se han producido estos últimos años en Venezuela, cambios
favorables a las grandes mayorías, hay dos momentos que especialmente pueden
ser calificados de revolucionarios: el proceso que permitió recuperar el
petróleo y el momento actual. El proceso que permitió recuperar la empresa
estatal PDVSA -Petróleos de Venezuela- se realizó en dos etapas: la primera fue
apoyar una nueva ley petrolera y una nueva junta directiva dentro de la
empresa, y eso costó un golpe de Estado, allá en el 2002. El gobierno fue
derrocado, y la movilización popular logró reestablecerlo en el poder luego de
dos días con apoyo de los sectores constitucionalistas de las fuerzas armadas.
El presidente, luego de recuperar el poder, en forma generosa, y si se quiere
hasta ingenua, le devolvió a la misma junta su situación anterior en PDVSA, con
lo que esa gente se dedicó a conspirar, llegando así al sabotaje petrolero de
diciembre del 2002/enero del 2003. Derrotado ese sabotaje a través de un
período de intensa lucha, recién ahí, en una segunda etapa, el gobierno pudo
tomar efectivamente el control de una empresa que, en realidad, ya era del
Estado, pero estaba manejada por una élite llamada meritocracia que trabajaba
para los intereses del imperialismo de Estados Unidos. Ese fue un momento
revolucionario, dado que implicó tomar el control del petróleo y de la empresa
que lo explota en contra de los enormes intereses del imperio y de la élite
local que se beneficiaba a espalda de las grandes mayorías. Ese momento sirvió
para comenzar a radicalizar el proceso que ya se venía viviendo en el país como
respuesta a la agresión de la derecha, y profundizar el cumplimiento de una
serie de tareas en función de transformaciones sociales. Surgen entonces las
misiones, que se encargaron de llevar salud, educación, seguridad social,
condiciones dignas de vida en general para una mayoría que estaba
históricamente excluida. Es decir que, por primera vez en la historia nacional,
la renta petrolera se ponía realmente al servicio del pueblo. Medida revolucionaria,
sin dudas, que se acompañó de otras no menos importantes, como poner control de
cambio para impedir que se siguiera saqueando al país, y además empezar a
cobrarle impuestos a los ricos.
En este momento se está
planteando algo similar en términos de avance de la revolución: convertir una
emisora privada de televisión, hoy día en manos de una familia acomodada por
más de medio siglo, en una empresa de servicio público. Y ni siquiera se está
expropiando; de ninguna manera, dado que esta es una revolución muy legalista.
En Venezuela, como ocurre en casi todos los países del mundo, el espectro
radioeléctrico es del Estado, es decir: de la sociedad. El Estado lo administra
como expresión de esa sociedad. De tal manera que los que aparecen como dueños
de televisoras en realidad no son dueños, son concesionarios. Las concesiones,
como sabe cualquiera que tenga una mínima noción de derecho, son algo que se
otorga por un tiempo y bajo determinadas condiciones. Cesado ese tiempo, si
quien otorgó la concesión considera que el otro no ha cumplido con las
condiciones pactadas, simple y llanamente no renueva la concesión. Si eso
sucede no se está yendo contra la propiedad privada ni se está cometiendo
ninguna arbitrariedad. Esto es lo que ha ocurrido aquí con el canal Radio
Caracas Televisión –RCTV–, que durante 53 años estuvo explotando comercialmente
el uso de la frecuencia y que luego de todo ese tiempo hizo creer que algo de
orden público terminó convirtiéndose en algo privado, y que eso es eterno. E
hizo creer que esa empresa es la dueña de ese canal. Manipulando los
sentimientos y el pensamiento del público, como medio masivo de comunicación
que es, logró ir creando esa imagen en amplias mayorías de la población. Pero
la frecuencia no es de ninguna empresa.
Ahora bien, que un Estado no
renueve el uso de una frecuencia, ya sea de una radio o de una estación de
televisión, es algo muy frecuente, algo de práctica común en todos los países
del mundo. Por diversos motivos justificados legalmente los Estados, y de hecho
eso sucede mucho, no renuevan concesiones. ¿Pero por qué se forma este
escándalo con lo de RCTV? ¿Por qué la prensa de todo el mundo, por qué todo el
poder mediático mundial y toda la derecha está convirtiendo este hecho en una
bandera de lucha con la virulencia con que lo está haciendo? Vemos que en un
problema estrictamente venezolano se pronuncian y toman posición parlamentos de
distintos países, distintas organizaciones internacionales,
Cuando el sistema electoral
político al que llamamos democracia, pero que en realidad no es tal –el sistema
representativo de elección de autoridades por el que los pobres terminan
votando por los ricos, los explotados votando por los explotadores–, cuando el
sistema ese necesita de los electores, los manipula, los engaña. Pero
anteriormente, cuando no existía esa parodia de democracia, cuando los pobres
no tenían derecho al voto, no era necesario manipularlos. Con las sociedades
modernas, cuando las grandes mayorías tienen acceso al voto con el que eligen a
los mismos ricos de siempre en ese juego de supuesta democracia, ahí surge la
necesidad de su manipulación. Ahí, entonces, se hace imprescindible para los
grupos de poder manipular, domesticar a las grandes masas, engañarlas,
disolverles el cerebro, llenarlas de imágenes banales para que no puedan pensar,
embrutecerlas. Y para todo ese trabajo de manipulación los medios de
comunicación son la clave. Sin medios de comunicación masiva, y más aún, sin la
televisión, que ha pasado a ser de una importancia decisiva en el mundo de hoy
día, sin esa manipulación espantosa el sistema se caería. Se caería porque sin
esa invasión continua a que nos tiene sometidos la televisión comercial, sin
esa presión continua para que no pensemos, sin ese lavado de cerebro reiterado
a través de los valores que nos transmiten esos programas de adoctrinamiento
como son las series, las películas, los noticieros engañosos, los programas de
tan pésima calidad con que nos viven impidiendo ver la realidad, sin todo eso
la gente empezaría a usar su propia cabeza. Los medios de comunicación, por
tanto, y la televisión mucho más aún, son de importancia vital para la
continuidad de ese sistema de explotación.
Con esta medida Venezuela está
dando un ejemplo que tiene alcance mundial. Se están tocando intereses
sacrosantos de la empresa privada. Aquí no hay ninguna defensa de la libertad
de expresión y todo esto que se está vociferando por ahí. Lo que esta empresa
pierde es, entre otras cosas, una porción enorme de ganancias. Sólo a través de
la venta de publicidad, según acaba de conocerse, dejaría de percibir una cantidad
que ronda los 200 millones de dólares. No es la libertad de expresión lo que se
está defendiendo a los cuatro vientos sino los intereses en juego. Si hay una
ideología que se defiende es la ideología del billete, la ideología del poder
para un pequeño grupo, para un élite. Eso es lo que está en juego. Entonces,
transformar ese canal explotado por una empresa privada que hace fortunas,
empresa ligada al imperialismo estadounidense y enemiga acérrima de los cambios
revolucionarios que se están produciendo hoy en el país, transformar ese canal
en un medio de servicio público, democrático y participativo a favor de las
mayorías, es una medida que la derecha no tolera. Transformar ese canal que
trabaja sólo para su lucro y que manipula y adormece a la población en un medio
al servicio de una causa popular, eso es una medida revolucionaria. Y no sólo
para Venezuela, sino un pésimo ejemplo para otros pueblos, según dice la
derecha internacional. Ya lo dijo
Ojalá cunda el ejemplo, por
supuesto. Ojalá puedan empezar a darse muchos casos de transformación de televisoras
privadas en canales de servicio público al servicio de las mayorías, que
defiendan nuestros valores culturales, que nos hagan conocer nuestra historia. Todos
conocemos la historia y los valores de Estados Unidos, pero no nos conocemos
entre nosotros. Su televisión está universalizada, la meten por todas partes
del mundo y nos obligan a consumir sus valores, su estilo de vida. Con eso nos
controlan. Nosotros no conocemos nuestras raíces, nuestros valores más propios,
nuestras culturas. A través de la televisión, la estadounidense
fundamentalmente, nos han metido una cultura a la
fuerza, con valores que no son los nuestros. Y por supuesto que podemos hacer
nosotros una televisión nuestra, basada en nuestras tradiciones y que atienda a
nuestras verdaderas necesidades; una televisión cultural y no por ello reñida
con la buena calidad y el entretenimiento. Ese es un mito que difundió esa
televisión chabacana: que lo entretenido, lo divertido está en discordancia con
el buen nivel cultural. Podemos, y debemos, hacer una televisión buena y al
mismo tiempo amena, que atrape. Ahí está el caso de Telesur, por ejemplo. Ese
es otro modelo de comunicación: es una televisión latinoamericana hecha por
latinoamericanos, que nos puede ayudar a vernos y descubrirnos tal como somos y
no como ciudadanos norteamericanos de tercera categoría. Nosotros, en
Latinoamérica, por toda esa invasión cultural, no nos conocemos. Un venezolano
conoce muchísimo más de los Estados Unidos que de Paraguay, o qué es Argentina
o Brasil; pero conoce sólo estereotipos, que son justamente los que nos meten
esos medios comerciales. Conocernos de otra manera es indispensable para
funcionar como pueblos hermanos, unidos, haciendo un verdadero bloque, con
objetivos comunes. Y con un enemigo común también. De eso es lo que se cuida el
imperio, por eso nos bombardea con toda esa televisión basura que no sirve más
que para confundirnos.
En Venezuela, lo dijimos, se
están dando cambios enormes, transformaciones profundas. En ese sentido es de
importancia fundamental la educación. El sistema se mantiene, por un lado, con
una represión siempre presente. Aunque no se haga evidente en todo momento, en
las circunstancias críticas aparece con toda su fuerza; siempre hay un Pinochet
por ahí esperando agazapado. La represión está siempre presente. Pero el
sistema se mantiene en el día a día con otro tipo de represión que no es la
física; son tres pilares: la iglesia, la educación y los medios de
comunicación. La iglesia es para los niños más pequeños, para meterles desde
muy temprana edad una serie de ideas en la cabeza que ya les echa a perder la
posibilidad del espíritu crítico desde los primeros años de vida. Luego viene
la educación primaria, y ahí reciben una alta carga de ideologización. Educar
es siempre ideologizar, introducir valores. No puede haber educación que no sea
ideológica. Y la educación a la que estamos habituados sirve para introducir
las ideas de competencia, egoísmo, individualismo, consumismo, racismo. Es
decir: todos los valores propios de una sociedad capitalista basada en esos
principios. Y finalmente vienen los medios de comunicación, con una importancia
especial de la televisión. Resulta que la iglesia se queda en la niñez; ya de
adultos mucha gente incluso entra en contradicción con esas enseñanzas
religiosas: el Papa prohíbe usar condones y la gente los usa, el Papa prohíbe
el divorcio pero la gente se divorcia, el Papa prohíbe las relaciones pre o
extra matrimoniales y la gente no le hace caso en eso. Pero de todos modos
siguen siendo católicos. Por tanto, el poder de la iglesia no llega a tanto. La
educación, por otro lado, se queda a mitad de camino, porque en el sistema
capitalista no todo el mundo tiene acceso a una educación completa. Muchísima
gente a duras penas termina la primaria, si acaso un poco pasa la secundaria, y
muy pocos llegan a las universidades. Ahora bien: los medios de comunicación
llegan a todos, absolutamente a todo el mundo. Llegan a los pequeñitos, a los
adolescentes, a los adultos, a los ancianos, a los analfabetos, a los cultos:
por tanto ese es el eje fundamental del poder hoy día. Nadie tiene tanta
penetración: ni la iglesia ni la institución educativa formal. Incluso le
compite a la escuela con muchas más posibilidades de éxito: si queremos
construir un nuevo ciudadano, con nuevos valores, con una nueva ideología, lo
que se construye durante el día la televisión se encarga de desarmarlo por la
noche. Por todo eso es necesario, en función de crear el nuevo ciudadano,
empezar a desarrollar una nueva televisión, una televisión de servicio público.
Algo terrible que tiene este sistema y contra el cual debemos ir con toda la
fuerza: los medios de comunicación no pueden ser privados. No puede ser que un
grupo empresarial tenga los medios a su disposición para manipularle la cabeza
a millones de personas a favor de sus propios intereses sectoriales, y
haciéndolos pasar por intereses colectivos. Tampoco tienen que ser forzosamente
del Estado, porque se puede dar la misma situación que si fuesen de propiedad
privada. Tienen que ser de propiedad social. El peso tan grande que tienen hoy
día hace que, por fuerza, deban ser administrados por la sociedad. Los
ciudadanos tienen que fiscalizar la comunicación. Y más aún: tiene que hacerla.
Aquí, en el oeste de Caracas, hay una televisora comunitaria llamada Catia TV
cuyo lema me parece excelente: “no vea televisión. Hágala”. Eso es lo que
tenemos que hacer, hacia ese modelo tenemos que encaminarnos. Hay que generar
una nueva propuesta en el ámbito comunicacional.
Argenpress: La revolución ya lleva algún tiempo
desarrollando alternativas en el campo de la comunicación; de hecho tiene
medios propios, en desventaja todavía en relación a la iniciativa privada, pero
que ahí están. ¿Por dónde desarrollar esa nueva política en comunicación? ¿El
nuevo canal TVes será el modelo a seguir? ¿Cómo considerar todo lo que se lleva
hecho hasta ahora? ¿Cómo desarrollar una nueva propuesta para contrarrestar lo
que ofrecen los medios comerciales y cambiar la matriz de opinión que ellos crean,
tanto en Venezuela como con la opinión pública mundial?
Vladimir Acosta: Los medios de comunicación que
tienen que ver directamente con el proceso revolucionario enfrentan una
resistencia terrible de los monopolios mediáticos comerciales y están intentando
ir hacia un modelo participativo, de democracia participativa. Y eso se expresa
en buena parte en todos los medios alternativos. Esto abre, sin dudas, un nuevo
esquema. Es lo más saludable que le pueda pasar a una sociedad que existan esos
medios alternativos, pues si no el Estado monopolizaría todo el espectro
comunicacional, y no es ese el modelo que debemos buscar. Necesitamos medios de
servicio social. El Estado debe financiar a esos medios comunitarios,
alternativos; lo que hay que evitar es que el sector privado maneje esos medios
alternativos, porque si no, los transforma en pequeñas empresas comerciales. Debe
haber participación y actitud crítica permanente de la población para evitar
que el apoyo del Estado no termine significando un instrumento de sujeción. Un
nuevo canal de servicio público, como el que se pretende crear ahora con la
nueva señal, no puede ser un boletín del Estado ni puede tampoco dedicarse las
24 horas de programación a presentar puros temas políticos a favor de la
política estatal. En un sentido, debería ser lo menos política posible, lo cual
no significa que se desinterese del hecho político. Debemos apuntar a una nueva
televisión que ayude a desarrollar nuevos valores culturales, que nos ayude a
conocernos, a criticarnos, a aprender de nosotros mismos. Todo eso, por
supuesto que es política, pero no política partidista. Es una forma de crear
una nueva ciudadanía y un nuevo ciudadano, responsable y crítico. Y
desarrollando esa nueva televisión hay que buscar que eso sea agradable, que el
público se entretenga y le guste lo que mira. Porque esos nuevos valores de
ninguna manera están reñidos con lo divertido, con lo entretenido. Ahí tenemos
un mito: que lo serio e importante es aburrido.
Aquí tenemos ya desarrollada
una buena cantidad de medios alternativos en el campo televisivo donde la gente
sigue aprendiendo a hacer su propia televisión, como el caso que recién
mencionábamos de Catia TV, más una serie de canales comunitarios que ya están
bien encaminados: TV Petare, Ávila TV, etc. Hoy día la tecnología se ha
simplificado muchísimo y cualquiera puede aprender rápidamente a manejar una
cámara o a editar. Es decir: se le ha ido perdiendo el miedo a hacer todo esto
que años atrás parecía una cosa inaccesible. La televisión tenemos que hacerla
entre todos y debemos desmitificar esa idea que sólo puede hacerla un grupo de
iniciados selectos dueños de una tecnología inabordable.
Es cierto que con el nuevo
canal que se abre ahora: TVes, se abren muchas esperanzas, quizá demasiadas.
Pero está bien: así hay que hacerlo. Justamente de eso se trata: si se piensa
en cambios, en revolución, en transformación de lo que existe, hay que ser
optimista y apuntar a que es posible cambiar. Hay que ponerle toda la pasión a
esos cambios. ¿Quién daba un centavo por Telesur hace un año? Nadie. ¿Cómo
íbamos a enfrentar a CNN? Eso parecía impensable un tiempo atrás. Y ahí está
hoy día Telesur desarrollando una televisión excelente que sigue creciendo cada
vez más y quitándole espacio a la programación de
Está claro que estamos en
desventaja. La televisora comercial que acaba de salir del aire tiene 53 años
de desarrollo, y eso tiene un peso. Hay un desarrollo tecnológico que no se
puede desconocer, y un canal que recién acaba de nacer, como TVes, todavía no
tiene todo ese camino hecho. El canal RCTV, en términos ideológicos era una
basura, pero tenía una calidad técnica que habrá que recuperar para esta nueva
propuesta que ahora está naciendo. Es cierto que en el ámbito de la
comunicación de todo el proceso que vivimos en el país, existen puntos débiles
que hay que ir corrigiendo. La comunicación que manejan los grandes
conglomerados comerciales de la televisión sabe manipular a la perfección las
emociones de la población. Juegan con los sentimientos de la gente, por eso
tienen tanto poder de penetración y de influencia y llevan a las masas de aquí
para allá a su antojo. Y curiosamente todos esos grandes medios, todos y en
todas partes del mundo, están contra el proceso venezolano, porque todos
pertenecen a la misma mafia del poder, a los mismos grupos de propietarios
globalizados. Pero lo reitero: si bien el enemigo mediático es muy grande, una
falla grande que todavía tiene la revolución es la comunicación.
La televisión que está
brindando la revolución aún tiene muchas deficiencias. Sabemos que se están
haciendo esfuerzos, pero aún existen muchas carencias por corregir. De los dos
canales que tiene el Estado, hay que seguir mejorando aún. El canal 8, que
sirve como vocero del Estado, tiene que seguir mejorando. Y Vive TV, si bien se
presenta como una propuesta mucho más abierta, un canal popular, más
comunitario, tiene todavía que mejorar su calidad.
En alguna medida, todavía
buena parte de lo que la gente piensa, gente que está disociada, enferma, es lo
que les viene de canales como el que acaba de expirar y de otro como
Globovisión. Este último es, lisa y llanamente, un canal de
El gobierno Estados Unidos lo
ha hecho siempre, y ahora más aún, en un mundo cada vez más unido por la
comunicación global, cuando quiere aplastar a un gobierno que no le es
favorable, cuando quieren invadir, ante todo monta una campaña mediática
internacional para preparar las condiciones con que poder implantar su
política. Ya sean las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, o su
complicidad con Al Qaeda, las conexiones con cualquier guerrilla, las
acusaciones de narcotráfico, etc., todo eso sirve para manipular las mentiras
mediáticas con que llevar adelante su proyecto hegemónico. Lamentablemente
buena parte de la población humana ha sido convertida en borrega, en tarada,
por el poder de la televisión. Se ha logrado hacer creer que todo lo que
vomitan por televisión es verdad. Aunque sepamos que muy buena parte de lo que
se presenta en televisión es basura, tenemos el derecho a mirar televisión,
¿por qué no? Pero lo terrible es que uno tiene que terminar viendo lo que los
grandes consorcios nos imponen y sobre lo que no podemos decidir. La mayor
parte de la gente no sabe todo esto, no tiene desarrollado un pensamiento
crítico. Por tanto se cree todo lo que ve y escucha, no tiene mayores
instrumentos con que enfrentar tanta mentira. Ni siquiera sospecha que le están
mintiendo y manipulando. Además la eficiencia de ese aparato que es el
televisor es fenomenal. Si ese invento estuviera al servicio de la educación,
de la cultura, del entretenimiento verdadero, tendríamos una humanidad distinta.
Pero lamentablemente está en mano de unas poderosas mafias que buscan sólo su
lucro, por lo que el efecto de la televisión se vuelve en contra del progreso
de las grandes masas de la humanidad. Algo que podría ser positivo terminó
siendo tremendamente negativo.
Pero como decía, nosotros aquí
nos sabemos defender y hemos desmontado toda esa basura informativa con que
quieren llenarnos la cabeza. De todos modos, fuera del país circula una versión
que no le es nada favorable al proceso que vivimos aquí dentro. Hasta ahora,
los venezolanos que apoyamos este proceso revolucionario, no hemos sido lo
suficientemente capaces de enfrentar todo esto. No para igualarnos con ese
poder, que es demasiado grande. Aquí dentro lo derrotamos, pero tenemos que
generar una corriente de información sobre Venezuela para que se difunda en el
mundo, para que la opinión pública internacional tenga otra versión de la
mentira que constantemente promueven esos medios poderosos. Toda la prensa de
la derecha, es decir, los dueños de las grandes cadenas mediáticas y que en
América son los que manejan
Insisto: se está haciendo
algo. Por ejemplo, tenemos el Instituto Pedro Gual para las Relaciones
Internacionales; pero mucho de la estructura del Estado sigue estando en manos
de las viejas prácticas de la derecha. Hay toda una cultura política que aún
sigue metida en los funcionarios del Estado. En muy buena medida seguimos
atados al pasado. Estamos luchando contra el pasado, pero en muchas ocasiones
con instrumentos y metodologías de ese mismo pasado que se intenta modificar. Mucho,
demasiado quizá de ese pensamiento burgués del pasado lo seguimos teniendo hoy,
en el medio de la revolución.
Argenpress: Eso nos lleva a entonces a una pregunta
que tiene que ver con la construcción del socialismo hoy en Venezuela, pero que
puede ser extensible a cualquier proceso de cambio. ¿Cómo plantearnos el
trabajo con todos esos grupos que siguen dominados por el pasado? ¿Cómo
cambiamos esa mentalidad que nos viene de atrás y que no termina de morir
cuando lo nuevo no termina de nacer? En estos momentos tenemos en Venezuela
protestas de grupos estudiantiles –sin dudas manipulados por factores de poder–
que reclaman contra una supuesta falta de libertad de expresión. ¿Qué debe
hacer la revolución con estos sectores de clase media confundidos,
estupidizados en buena medida por la televisión que queremos combatir?
Vladimir Acosta: Hay que entender que aquí, en
Venezuela, este proceso llega al poder por medio de un triunfo electoral. Sabemos
que las elecciones nunca son momentos revolucionarios; son sólo mecanismos de
cambio de cara que el sistema se permite realizar cada cierto tiempo. Y si por
ahí se filtra un presidente de izquierda, el poder mundial inmediatamente lo
tumba, como sucedió en Chile por ejemplo con Salvador Allende. Eso, en todo
caso, puede generar una situación conflictiva que podría llevar, o no, a un
proceso revolucionario. En Chile, sin dudas, condujo a una contrarrevolución
espantosa. Pero el caso de Venezuela fue distinto. Aquí, como Chávez lo explica
citando a Trotsky, los latigazos de la derecha fueron radicalizando el proceso.
Y algo que había nacido como un proceso confuso, tibio, sin ser claramente de
izquierda, por los mismos ataques de la aristocracia, fue girando a posiciones
cada vez más revolucionarias. Las leyes que se fueron aprobando, las leyes
habilitantes, las leyes petroleras, la ley de agua, llevaron a la reacción de
la aristocracia, y ahí vinieron el golpe de Estado, el paro petrolero, el paro
patronal. Tal como sucede ahora con lo del canal de televisión. El proceso se
va radicalizando, pero la mayor parte del poder aún sigue en manos del pasado. La
educación sigue en manos del pasado, con programas y una visión ideológica que
son del pasado. La justicia también sigue en manos del pasado. La economía
sigue en manos del pasado. La mayoría de los medios de comunicación –alrededor
de un 80% de todo el espectro– sigue en manos del pasado, son los medios
privados, comerciales. De tal manera que más allá de las denuncias asquerosas
que hacen los medios privados de que esto es una dictadura y que el presidente,
como tirano, controla todo el poder, más allá de esa mentira que difunden los
medios, el gobierno apenas está controlando un poco algunos sectores del
aparato de Estado, pero el peso del pasado controla casi todos los aspectos de
la vida nacional.
El gobierno, legalista como
es, se va moviendo muy hábilmente para lograr transformaciones utilizando todo
el marco legal que sigue siendo del pasado. La administración pública es toda
heredada del pasado, por eso cada paso en el proceso de cambio cuesta esfuerzos
terribles. Por eso fue necesario crear las misiones, porque los ministerios no
servían para generar cambios, porque desde dentro mismo de la estructura de
Estado se boicoteaban, se obstaculizaban. Pero justamente por toda esa pesada
carga que se hereda y que el gobierno no quiere o no puede desechar, cada
cambio cuesta tanto. Por eso esa lentitud para ir cambiando cada cosa, lentitud
que a veces exaspera. Pero los cambios se van haciendo, sin dudas, aunque
cuesten tanto.
Afortunadamente Venezuela es
un país petrolero, y eso posibilita que todo ese dinero que genera la riqueza
del subsuelo ayude al proceso de cambio. Si no existiera toda esa riqueza y no
hubiera mucho que repartir, el intento de transformación ya hubiera generado
una contrarrevolución violenta o una guerra civil generalizada. Y más allá de
estos grupos de disociados, que además magnifican su pelea a través de la
prensa sensacionalista pero que en realidad son muy pequeños, la sociedad
venezolana está en paz. La revolución se viene haciendo con una relativa paz.
En un proceso de cambio como
el que ahora vivimos sabemos que se benefician las grandes mayorías, y quienes
pierden su protagonismo son los sectores más acomodados, siempre muy
minoritarios. Es decir: la oligarquía. Pero sucede que en Venezuela tenemos una
oligarquía extendida. Nos encontramos aquí con una clase media fuerte,
reforzada en su cultura de clase media a través de los medios de comunicación.
Resulta de todo eso que uno de los sectores más contestatarios de todo el
proceso son, justamente, sectores de clase media. La clase media es una bolsa
de retazos, no está muy claro qué es: todo lo que vaya hacia el centro del
espectro político es clase media. En muy buena medida está disociada; tiene
como modelo a los ricos, al empresariado, quiere imitarlos, pero no llega a ser
aristocracia. Y por otro lado toma distancia de los sectores populares, porque
teme el ascenso social de los grupos eternamente marginados y sobre los cuales
se sentía superior. Todo ello acompañado de un racismo espantoso, pues en
nuestros países latinoamericanos el color de piel se oscurece a medida que se
baja socialmente. Es decir: esos sectores miran hacia arriba para imitar y
miran para abajo para despreciar. Esa clase media está envenenada porque ahora
los morenos que anteriormente les servían de maleteros en los aeropuertos,
comparten el avión con ellos. Nuestra clase media es profundamente ignorante.
Puede que algunos de ellos tengan maestrías y doctorados en el extranjero, pero
en definitiva eso no significa nada: fuera de su espacio técnico son ignorantes
e incultos. Toda esa gente, disociada y manipulada por el mensaje que le llevan
estos medios-basura como el que ahora acaba de salir del aire, están
envenenados contra la revolución, porque ahora ven que los sectores antes
marginados también tienen beneficios, y eso los espanta. Pero ahí está su
ignorancia, su incultura, puesto que la revolución también los ha beneficiado a
ellos como clase media, por ejemplo acabando con los créditos hipotecarios
indexados con los que estaban siempre ahogados pagando sus apartamentos. Este
gobierno está abriendo fuentes de trabajo por todos lados, promoviendo el
desarrollo tecnológico; es decir: ofreciendo posibilidades también para esa
clase media. Y la prueba de ello es que se ven los aeropuertos llenos, los
restaurantes llenos con gente de esa clase media. Pero están tan manipulados
que todo ese sector odia visceralmente al gobierno de Chávez, aunque no sepa
por qué. ¿Y por qué pasa eso? Porque repiten ciegamente el mensaje de la
televisión, que aquí vivimos en dictadura, que no hay libertad de expresión,
que se viene el comunismo feroz. Cosa que pueden decir dónde quieran y cuándo
quieran sin que les pase absolutamente nada.
Esos sectores,
lamentablemente, son carne de cañón: los utiliza la oligarquía y el imperio. Y
ahora, en estos días, con el proceso del canal al que no se le renovó la
concesión, son algunos estudiantes de las universidades a los que se manipuló y
se sacó a la calle tratando de hacer aparecer todo esto como una rebelión
popular contra Chávez. Eso es resultado de 20 años de neoliberalismo donde las
universidades fueron quedando en manos de esos sectores de clase media y clase
media alta, totalmente despolitizados, manejados, sin la más mínima conciencia,
recelosos de las clases populares a las que ven con terror y de un gobierno que
va en beneficio de esos pobres históricos, siempre excluidos y marginados. Esa
situación de disociación la estamos viendo aquí, donde ya va una semana de
protestas de esos muchachos. Se los ha puesto a marchar para buscar algún
muerto, un mártir que necesita la derecha para mostrar a la opinión pública
internacional cómo aquí una dictadura sangrienta arremete contra la población
indefensa. Durante la época en que esa derecha gobernaba hubo verdaderamente
represión, y la lista de estudiantes muertos es interminable. Pero ahora hay la
más absoluta libertad y democracia, más allá de ese show mediático que se ha
montado. En una semana de supuestas grandes movilizaciones, tal como quieren
hacer aparecer por la televisión, no ha habido un solo herido. Y hay algunos
niños detenidos momentáneamente por las autoridades para ser entregados a sus
padres, dado que son menores de edad que estaban manifestando. Insisto: no hay
un solo estudiante preso ni herido, mientras hay en Caracas 25 policías
heridos, uno de ellos a punto de perder un ojo. Y eso no lo dicen por la
televisión golpista. Eso es manipulación. Además, con el manejo que hacen de
las imágenes, mintiendo, poniendo a su gusto lo que se desea siempre fuera de
contexto, presentan la imagen de enormes marchas multitudinarias y una policía
brutal que los reprime. Esa es la televisión que no queremos. Es la que hace
Globovisión aquí en Venezuela, y CNN en Estados Unidos transmitiendo para todo
el mundo: una televisión mentirosa, manipuladora, amarillista. Una televisión
que en vez de llevar información veraz y objetiva sirve sólo para disociar.
¿Qué hacer con todo esto?
Afortunadamente no estoy en el gobierno para tener que tomar esa decisión. Creo
que el presidente Chávez dijo algo muy importante: que se tiene que terminar la
impunidad. Es decir: que no se puede seguir permitiendo que haya gente que no
asuma la responsabilidad de sus actos, tal como sucede con esos canales
televisivos golpistas. Uno tiene derecho a decir lo que quiera por televisión,
incluso a llamar al magnicidio –eso es libertad de expresión, tal como pasa
aquí–, pero luego hay que hacerse cargo de lo que se dice. Si las leyes
condenan el llamado a la violencia, y en este caso al magnicidio, quien lo dice
tranquilamente en forma pública utilizando un medio de comunicación tiene que
responder luego ante la ley. Si no, estamos fomentando la impunidad. Actuar con
las leyes en la mano de ninguna manera es coartar la libertad de expresión.
Lo que veo es que el gobierno
tiene una paciencia infinita. La tuvo durante todas las agresiones que ya ha
sufrido, durante los 63 días en que duró el sabotaje petrolero, durante los
días de llamado al golpe de Estado desde la plaza Altamira, luego del golpe de
Estado: nunca tomó revancha contra sus adversarios. Tiene realmente una
paciencia proverbial, sabe esperar y no se precipita. Y durante todos esos
escenarios de desestabilización, de profunda agresión mediática, nunca
suspendió las garantías constitucionales. Al contrario. Lo que menos se puede
decir de este gobierno es que sea dictatorial, que viola la libertad de expresión
de alguna manera. Se podría pensar que se mueve casi con ingenuidad; pero
obviamente no es así, porque esa tranquilidad, esa paciencia siempre le ha
resultado. El proceso, en vez de caer, se viene fortaleciendo. Aquí se podrían
haber cerrado todos estos canales golpistas hace tiempo, porque había motivos
más que suficientes para hacerlo. Pero no se hizo, dejó que se fueran
desgastando solos. ¿Qué hacer, entonces, con esa clase media disociada,
manipulada, engañada? Algunos se irán para Miami probablemente. Y algunos de
esos volverán luego, porque allá les tocará hacer de cajeros en algún
supermercado, aunque tengan un grado académico. Otros, probablemente, irán
entendiendo la situación, y se darán cuenta que los cambios iniciados no tienen
marcha atrás. Y otro grupo quedará loco, tal como sucede en cualquier sociedad:
siempre hay un porcentaje de locos por ahí, eso es normal. Los neoliberales
hablan de porcentajes normales de desempleo; pues bien: también hay porcentajes
normales de locos. En ese caso habrá que plantearse una misión específica para
atenderlos. Hasta hay quien, medio en broma medio en serio, lo planteó: la
misión Loca Luz Caraballo, para atender a ese grupo de disociados que quedó por
ahí. Pero el grueso de la población, la gran mayoría, creo que ya abrió los
ojos y no se deja seguir manipulando por esa televisión basura.
* Vladimir Acosta es profesor de
Destacamos:
… el sistema se
mantiene en el día a día con otro tipo de represión que no es la física; son
tres pilares: la iglesia, la educación y los medios de comunicación. La iglesia
es para los niños más pequeños, para meterles desde muy temprana edad una serie
de ideas en la cabeza que ya les echa a perder la posibilidad del espíritu
crítico desde los primeros años de vida. Luego viene la educación primaria, y
ahí reciben una alta carga de ideologización. Educar es siempre ideologizar, introducir valores. No puede haber educación
que no sea ideológica. Y la educación a la que estamos habituados sirve para
introducir las ideas de competencia, egoísmo, individualismo, consumismo,
racismo. Es decir: todos los valores propios de una sociedad capitalista basada
en esos principios. Y finalmente vienen los medios de comunicación, con una
importancia especial de la televisión. Resulta que la iglesia se queda en la
niñez; ya de adultos mucha gente incluso entra en contradicción con esas
enseñanzas religiosas: el Papa prohíbe usar condones y la gente los usa, el
Papa prohíbe el divorcio pero la gente se divorcia, el Papa prohíbe las
relaciones pre o extra matrimoniales y la gente no le
hace caso en eso. Pero de todos modos siguen siendo católicos. Por tanto, el
poder de la iglesia no llega a tanto. La educación, por otro lado, se queda a
mitad de camino, porque en el sistema capitalista no todo el mundo tiene acceso
a una educación completa. Muchísima gente a duras penas termina la primaria, si
acaso un poco pasa la secundaria, y muy pocos llegan a las universidades. Ahora
bien: los medios de comunicación llegan a todos, absolutamente a todo el mundo.
Llegan a los pequeñitos, a los adolescentes, a los adultos, a los ancianos, a
los analfabetos, a los cultos: por tanto ese es el eje fundamental del poder
hoy día. Nadie tiene tanta penetración: ni la iglesia ni la institución
educativa formal. Incluso le compite a la escuela con muchas más posibilidades
de éxito…
Fuente: ARGENPRESS.info