Las vueltas
de la vida
Juan
Manuel García Ramos
Decía Nicolás de Maquiavelo, en el prólogo de una comedia satírica por la
que no es precisamente conocido, que si retornaran al mundo los mismos hombres,
tal y como retornan las mismas circunstancias, nunca pasarían cien años sin
encontrarnos, uno junto a otro, haciendo exactamente las mismas cosas que
ahora.
Mi generación no ha necesitado un siglo para ir a parar a las mismas
conclusiones que el autor de El Príncipe.
Las elecciones a la presidencia de Francia que se solventan este mismo domingo
nos han demostrado que ese país siempre ha rentabilizado ventajosamente sus
productos políticos y sus productos culturales.
Y ahora le toca el turno al revolcón ideológico. La imagen del "nuevo
filósofo" André Glucksmann,
antiguo militante del maoísmo radical, presentando el pasado domingo al
candidato Nicolás Sarkozy, líder del
neoconservadurismo galo, en el mitin electoral del Palacio de deportes de Bercy, en París, es un icono indiscutible de la vuelta de
los tiempos, pues no ha sido sólo Glucksmann el único
intelectual progresista comprometido con esta nueva derecha emergente.
Los nombres del escritor y ex portavoz de los primeros gobiernos del mandato de
Mitterrand, Max Gallo, del
otro filósofo postmoderno Alain Finkielkraut
y de tantas otras personalidades de la izquierda histórica francesa, han
generado una ola de autocrítica desconocida hasta estos comicios
presidenciales.
Preguntado Max Gallo, autor de más de ochenta libros,
sobre su condición de hombre de izquierda metido a apoyar a Sarkozy,
no dudó en aceptar que su historia está en la izquierda, que continúa creyendo
en el progreso, en la ciencia, pero más allá de esos valores de referencia, el
paisaje del mundo y de la sociedad francesa ha cambiado tanto en los últimos
cincuenta años que "hay que modificar completamente el escenario
político".
Para Gallo, el lenguaje que habla Ségolène Royal es
el del cinismo político, el "que te permite llegar al poder y el que te
permite permanecer"; el lenguaje de Sarkozy es,
para Gallo, el único estructurado y capaz de defender un estado francés fuerte
y laico frente al constitucionalismo europeo y de remontar la crisis económica
y social que aqueja al país.
Es decir, un galimatías del que es difícil sustraerse, una letra pequeña
ideológica que a buen seguro tendrá repercusiones fuera de la vieja patria de
Napoleón.
Francia era hasta hace poco la de
Precisamente contra esta última revuelta del siglo XX arremetió Sarkozy en el Palacio de Bercy el
pasado domingo. Delante de muchos viejos agitadores de ese mes rebelde, Sarkozy defendió pasar esa página de la historia reciente y
acabar con las ideas y los comportamientos ligados a esa fecha, que para el
candidato a la presidencia son "culpables del capitalismo sin escrúpulos y
de la destrucción de la ética".
"Critico a una izquierda -proclamó Sarkozy- que
ha encontrado gusto en el poder, en los privilegios. Una izquierda que se ha
comportado contra la igualdad, la solidaridad, los valores comunes. Una
izquierda que se ha arraigado en el clientelismo y el corporativismo. Una
izquierda que ha dejado de oír a Blum y Jaurès".
No podemos desentendernos de estas propuestas por muy exóticas que nos parezcan
a primera vista. Esa mutación del pensamiento nos alcanza y nos obliga a
reordenar apenas el medio siglo transcurrido de política europea y occidental
desde ese Sesenta y ocho hasta aquí.
Las elecciones francesas que culminan hoy han movilizado también otras
conciencias críticas menos volubles, como es el caso del sociólogo Edgar Morin.
En un artículo publicado en El País el pasado veintinueve de abril, Morin se fingía candidato al Elíseo y empezaba por
reconocer el cambio de los tiempos y de los espacios políticos debido a la
proliferación de armas nucleares, de conflictos étnico-religiosos, a la
degradación de la biosfera, a la economía mundial descontrolada y a la
imparable tiranía del dinero.
De entre sus imaginativas ideas, extraigo su observación de cómo el bienestar
material no ha supuesto en nuestras sociedades un correlativo bienestar mental,
como lo demuestra el consumo desenfrenado de drogas, ansiolíticos,
antidepresivos y somníferos. Para Morin es urgente
también desburocratizar y dar iniciativa y flexibilidad a los funcionarios y
empleados, huyendo de esa lógica que considera a los seres humanos como objetos
cuantificables y no como seres dotados de autonomía, inteligencia y
afectividad; así como encontrar fórmulas de redención para los delincuentes
juveniles fuera de la mera represión al uso; extender la rehumanización
de las ciudades, hoy congestionadas por las intoxicaciones automovilísticas de
sus centros urbanos; revitalizar el campo y desarrollar la alimentación de
proximidad.
En fin, un programa de
actuaciones muy idílico que despliega algunas de las tareas pendientes de las
sociedades occidentales de nuestros días.
Las elecciones presidenciales francesas nos han obligado a pensar de nuevo
muchas cosas. Entre ellas, ese permanente debate entre la derecha y la
izquierda para ver cuál de tales opciones ideológicas innova más su discurso
político en estos tiempos transmodernos.
La economía mundial no permite muchos escarceos y la izquierda tradicional,
sumida en las reglas del juego del neocapitalismo,
tiene limitadas sus posibilidades y sus movimientos. De ahí la denuncia de Max Gallo de ese oportunismo que echa mano de un lenguaje
para llegar al poder y de otro para permanecer en él.
En Italia los ex comunistas, luego denominados "demócratas de
izquierda", han vuelto a metamorfosearse, junto a los democristianos, en
un desabrido Partido Demócrata.
En España, el socialismo y la izquierda unida -más desunida que nunca- de
Llamazares siguen echando mano de
Se trata de ejercicios de autodestrucción forzosa y de autoconstrucción
desesperada.
Los tiempos cambian y todos cambiamos con los tiempos. Todavía estamos bajo la
influencia de la caída del muro de Berlín, y entre la caída del muro de Berlín
y Fidel Castro y Hugo Chávez, no queda sino un escenario confuso donde todo el
mundo quiere poner su marca a ver si lo reconocen.
Francia otra vez se ha anticipado y ha abierto un debate que no ha hecho sino
empezar.
Mi generación se ha quedado poco a poco sin referencias ante este baile de
siglas, ideas, principios y filósofos de moda.
Seguiremos de cerca el resultado del ballotage
de hoy. Lo que sí está claro es que el ochenta y cinco por ciento de los
ciudadanos franceses con derecho a voto que acudió a las urnas en la primera
vuelta nos ha dado una gran lección política. Esa respuesta cívica empieza a
ser uno de los pocos valores no cuestionados por los vientos de cambio de
etiqueta política.
¿Cómo podremos interpretar una victoria holgada de Nicolás Sarkozy
con el apoyo de tantos intelectuales de la vieja izquierda?