África, pobreza y engaños

Justo Fernández Rodríguez

 

África vuelve a ser engañada y abandonada por los países más ricos.

 

En Abidján, Dakar, Lagos, Lomé, Nairobi y la mayoría de las ciudades del África subsahariana millones de personas, procedentes del obligado éxodo rural, abarrotan viviendas de alquiler y enormes barrios de chabolas que parecen perderse hasta el infinito. Esta eclosión urbana, en un continente estancado económicamente y engañado, con reiteración, por las naciones más desarrolladas y las instituciones políticas, sociales y comerciales internacionales, pese a su continuada verborrea de "buenas intenciones", padece cifras de desempleo, pobreza y exclusión inadmisibles.


Este no es un problema nuevo. Algunos, apoyados por informes de la ONU, Unesco, Unicef y organizaciones no gubernamentales, venimos advirtiendo de lo que iba a suceder desde hace muchos años. En 1992, escribía: "Setenta millones de personas, de los que veinte millones son refugiados, viven fuera de su país. Una cuarta parte de los refugiados se encuentra en África. Huyendo de guerras tribales, étnicas o religiosas, persecuciones políticas, hambre o desastres naturales, se han acercado a los países subsaharianos y del Magreb, como un trampolín para llegar a la Europa soñada, cuya prosperidad y forma de vida se publicita en las múltiples televisiones a las que tienen acceso. El África subsahariana se ha convertido en una de las regiones de mayor presión migratoria. España, como país fronterizo y de paso de la emigración africana a Europa, o realiza una política policial represiva, intentando impermeabilizar la totalidad de sus costas meridionales e insulares, condenada por los organismos internacionales, o no podría impedir la degradación del mercado de trabajo, con salarios bajos, aumentos inadmisibles de la precariedad y siniestrabilidad laboral y menor protección social, provocando un progresivo sentimiento xenófobo, alentado por las fuerzas políticas de la derecha y, especialmente, las que utilizan el nacionalismo estrecho, para garantizar los beneficios de los sectores económicos que las sostienen, apoyan y subvencionan".


Desde esas fechas, todos sabían lo que había que hacer. Lo expertos eran unánimes en sus valoraciones. Si se quería, sinceramente, evitar el peligro y la tragedia humana de los éxodos masivos e incontrolados, así como las reacciones de xenofobia en los países de acogida, era preciso actuar sobre las causas del fenómeno migratorio para, a medio plazo, reducir la imperiosa necesidad de emigrar. Había que contribuir a crear las condiciones mínimas de desarrollo económico, justicia social y democracia, como alternativa al éxodo masivo. El despegue económico del África subsahariana, permitiría, a medio o largo plazo, incrementar los intercambios comerciales, reabsorber el paro y crear nuevos mercados para sus productos.


Durante estos años, el comercio mundial ha respondido con la lógica de los intereses de los países más desarrollados, manteniendo la protección de sus principales producciones agrícolas, impidiendo que los países subdesarrollados puedan competir en los mercados mundiales, lo que ha aumentando la brecha entre países ricos y pobres, poniendo en peligro la existencia de millones de personas que han de elegir entre el hambre absoluta, las ollas públicas o el abandono de sus países de origen, para ser explotados en los países más poderosos económicamente.


Lejos de integrarse en una política de colaboración económica con África, la mayoría de los gobiernos reaccionarios europeos han endurecido sus legislaciones y su actuación ante el resurgimiento de movimientos políticos xenófobos y fascistas, que responsabilizaban a los inmigrantes de todos los males, ocasionados por la mala gestión de unos gobernantes que no querían perder su electorado de extrema derecha. Lo mismo que ha sucedido en España durante los gobiernos de Aznar, con el apoyo de Coalición Canaria. Algunos alcaldes de importantes ciudades gobernadas por el PP, Las Palmas, Murcia, Santander, Cartagena y Vigo, participaron en una especie de cruzada para limpiar el centro de sus ciudades de marginados, pobres y negros, que obligó a intervenir al Defensor del Pueblo, por la violación de los derechos humanos y los principios recogidos en la Constitución.

Cuando
Tony Blair, combinaba la presidencia de la Union Europea y del G-8, integrado por Alemania, Canadá, EE.UU., Francia, Gran Bretaña, Japón, Italia y Rusia, pero comenzaba a perder popularidad en Gran Bretaña por la invasion de Irak y algunos escándalos domésticos, pretendió recuperarse utilizando demagógicamente la reunion del G-8 en Glenneagles, como escenario de su apoyo a la lucha contra la pobreza y los cambios climáticos, aprovechando las manifestaciones que se produjeron en todo el mundo para erradicar la extrema pobreza en África, exigiendo la condonación de la deuda y la eliminación de las barreras comerciales que impiden a los agricultores de los países pobres vender sus productos en el mundo rico. La propuesta, planteada por Gordon Brown, ministro de Finanzas y actual primer ministro del Gobierno britanico, que añadía duplicar la ayuda al desarrollo antes de 2012, fue rechazada por Estados Unidos y los países europeos, pese a los "compromisos" adquiridos por Francia, Alemania y Rusia tres días antes de la cumbre del G-8. Bush, que compartió con Blair la foto de la ignominia en las Azores, lo dejó solo. Una cosa es invadir un país para apoderarse de sus reservas del petróleo en base a mentiras, y otra enfrentarse a las multinacionales estadounidenses que explotan y expolian África, con concesiones que perjudiquen sus beneficios.


Un informe de Oxfam Internacional mantiene que África será más pobre si se mantiene la propuesta que está sobre la mesa de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Es el único continente donde ha crecido la pobreza en los últimos 25 años y la región subsahariana es la única que ha perdido su cuota en el comercio agrícola. Lejos de mejorar la situación económica, la actual ronda de negociación sólo servirá para empeorarla. Las reivindicaciones de África y los países menos desarrollados se centraban en: suprimir las exportaciones subsidiadas, especialmente las del algodón; mayor acceso a los mercados del Norte; acceso libre de aranceles e impuestos para los países más pobres en los mercados de los países más ricos, no sólo en los de la UE, y aumentar la ayuda para mejorar su capacidad comercial.


Estas demandas ni siquiera han sido tomadas en cuenta. África vuelve a ser engañada y abandonada por los países más ricos.