Agricultura y
cazadores
Wladimiro Rodríguez
Brito
La historia de
Cada poco emergen en
nuestro yo actitudes que vienen de lejos. En los últimos años, la cultura
urbana, la posibilidad de conseguir el puchero sin doblar el espinazo, sin
mirar para el devaluado y machacado surco, ha puesto el resto: la caza como
deporte y como ocio, encontrándose los dos valores tan distantes, cazador para
conseguir proteínas para la familia, y la caza como actividad noble de las familias
de clases sociales acomodadas.
La urbanización de la
vida y las costumbres hace que nuestros cazadores
pierdan, en muchos casos, gran parte de los valores de sus padres, que
mayoritariamente eran agricultores en primer lugar, con vínculos muy próximos
al suelo que pisaban, pues apenas había desplazamientos; se cazaba y se moraba
en el mismo territorio. Hoy las cosas han cambiado, pues la cultura y la
movilidad de los cazadores es otra. Así, los agricultores se encuentran no sólo
con una sociedad que cambia de valores, sino, sobre todo, con un entorno
cargado de vegetación y matorrales en tierras de antaño cultivadas -hoy
balutas-, o bien espacios protegidos cubiertos de vegetación que hacen de
refugio ideal para los conejos.
Sembrar y cultivar en
dicho marco físico y legal pone las cosas difíciles a los agricultores. Unido a
ello, estamos ante un año seco, con pocos pastos para los conejos, situación
que se agrava en las proximidades de las zonas quemadas por el incendio del
pasado verano. Estamos en la obligación de buscar alternativas que permitan la
convivencia civilizada de ambos intereses, máxime cuando oportunamente, gran
parte de los cazadores siembra sus papas o tiene vínculos próximos con los
agricultores.
Hemos hecho numerosas
asambleas con agricultores y cazadores y tenemos que aplicar medidas que
favorezcan la agricultura, causando el menor deterioro posible a la población
de conejos, capturándolos y trasladándolos a lugares de menor actividad
agrícola. Para ello hemos de contar con la colaboración de los cazadores, que
parece razonable que deben ser del lugar al estar relacionados con los
agricultores locales, ante la necesaria colaboración de ambos, evitando los
daños a los cultivos y también a la puesta de venenos con la consiguiente alteración
de la cadena trófica y el posible envenenamiento, incluso, de los perros.
Hemos de tener
presente que la zona de las medianías y las Cañadas del Teide soportan la mayor
presión cinegética de Tenerife, ya que los espacios costeros están ocupados por
la población. Por otra parte, la presión cinegética en la isla es muy alta, más
de 10.000 cazadores, con cifras superiores a los 100.000 perros son números
respetables.
En este marco en el
que tenemos que hacer un esfuerzo constante de entendimiento de encuentro entre
los cazadores,
Por ello hemos de
bajar la tensión, abriendo caminos, veredas, andenes y todo un amplio abanico
de acercar posturas, que haga posible que agricultor y cazador sean una misma
familia, en la que naturaleza, agricultura y convivencia sean los beneficiados.
Estamos a tiempo, está en nuestras manos buscar soluciones al problema.
Necesitamos tender puentes, buscar entendimientos entre ambas partes. La
agricultura y la cacería han convivido desde la noche de los tiempos y hoy es
posible y a la vez necesario para ello. Los agricultores han de encontrar la
colaboración de