Para el editorialista de ’El Día’

 

LEOPOLDO FERNÁNDEZ CABEZA DE VACA *

 

Desde niño, mis padres me insistieron, entre otras, en dos ideas que con el tiempo he procurado colocar como norte de mi profesión: decir siempre la verdad y respetar las ideas ajenas. Con más o menos acierto, es lo que vengo haciendo desde hace cuarenta años en este oficio en el que tan fácil resulta a veces caer en el embuste, el engaño, la verdad a medias o la mentira. Los periodistas, como los políticos en sus intervenciones públicas, tenemos la misma obligación de difundir la verdad, es decir, de no engañar, y este principio de actuación está recogido en todos los códigos deontológicos. Bien es verdad que una cosa son los principios y otra los malos ejemplos, porque los tontos y los falsos siempre tienen talento para ser malvados.


Digo esto porque el periódico El Día, con ese estilo inimitable que -vía insulto- tiene patentado, me dedica ayer una sarta de descalificaciones personales y profesionales y me tilda, entre otras lindezas, de "godo engolado", "pedante", "fanfarrón", "ignorante", que "ahora, pasado a la reserva, se está destapando con nimiedades, argumentos vacíos y frases manidas contra El Día y su director, con el añadido de su mala costumbre de faltar al respeto" ..., debe ser por los "geniales, y densísimos y absurdos artículos que le publican para justificar su sueldo"..., "está perjudicando a la empresa y mucho a Tenerife al tiempo que beneficia descaradamente a Canaria [por Gran Canaria]". Y como remate, se refiere a mí como "ese godo al que habría que poner en la puntilla del muelle y darle la patada".


El editorialista del periódico El Día y quienes le inspiran no tienen, a juzgar por sus dos últimos comentarios, ningún argumento -sólo el insulto- para rebatir mis opiniones en contra del independentismo irredento y radical que sostiene ahora ese periódico. Y conste que no critico yo esa nueva línea opinativa de El Día, a la que por supuesto puede acogerse con libérrimo derecho, sino la sarta de sandeces, mentiras y cuestiones carentes del menor rigor que proclama y defiende en apoyo de sus tesis. O sea, que lo que podía y debía ser -al menos así lo he planteado yo desde un primer momento- un debate sereno y reflexivo sobre las ventajas o inconvenientes de la independencia de Canarias, El Día lo transforma en una cuestión personal, en la que de nuevo falta gravemente a la verdad.


Porque no es verdad que en mis comentarios haya citado yo -ni siquiera una sola vez- al director de ese periódico, por consiguiente mal puedo haberle faltado al respeto. Siempre me he referido al editorialista de El Día y, en todo caso, a quienes le inspiran; jamás -repito, jamás- he citado al director porque, entre otras cosas, siempre le he tratado con miramiento quizás excesivo, aunque a la vista está que no ocurre a la recíproca, y, además, ignoro si el editorialista es él mismo u otra persona, como suele ocurrir en muchos diarios. Pero sea como fuere, lo que queda claro es que, al menos en este caso, la "nobleza" que se atribuye El Día en sus propósitos brilla por su ausencia.


Los medios de comunicación tienen en democracia -nadie podrá negarlo- unos derechos y libertades constitucionales que les asisten, pero también son sujeto de una serie de obligaciones hacia el público lector, que tiene derecho a saber y a que se les presenten los hechos y las opiniones con veracidad y con un mínimo de inteligencia. Lo que el editorialista de El Día ofrece ayer [9-10-07] a sus lectores, y por extensión a la opinión pública, es una vulgar patraña que trata de enfangar mi reputación personal y profesional, desparramando además, al mejor estilo del matonismo barriobajero, toda suerte de improperios, en la mejor línea ya denunciada por Schiller cuando decía que las personas incultas pagan con lo que hacen y las nobles, con lo que son.


Emulando viejas querellas históricas felizmente superadas, no dudo que el editorialista de El Día trataría, si pudiera, echarme al mar por la punta del muelle. Esa es la actitud de quien, no siendo capaz de combatir las ideas que se oponen a sus designios delirantes, se pesa en la balanza de su propia opinión, se descalifica a sí mismo y cae en la calumnia, que es hija de la ignorancia y hermana gemela de la envidia, como apuntaba el político liberal Romero Robledo en ocasión de los insultos recibidos en un pleno parlamentario. Pero no por eso va a echar abajo mi reputación y mi seriedad profesional, que por fortuna me he ganado, a base de esfuerzo y dedicación, a lo largo de muchos años.


No me extrañan estas actitudes extremas de un periódico que se guarda para sí todas las honras y glorias -algo muy propio de los ególatras enfermizos y decadentes- y arroja sobre su colega la basura engendrada en la fiebre de un tribalismo tardonacionalista desnortado y sin futuro. DIARIO DE AVISOS, sus fundadores, sus accionistas y todos sus trabajadores tienen una trayectoria honorable y limpia que ha sido siempre un ejemplo plausible que para sí quisiera el periódico que inopinadamente ha decidido pastorear con mano de hierro el independentismo radical que tan ingrato recuerdo dejó en Canarias en la década de los años setenta. Un periódico al que El Día hasta parece que no quiere reconocer, en el colmo de la desvergüenza más deleznable, su condición de decano de la prensa de Canarias; prefiere considerarlo "un pasquín", "una hoja parroquial"... Juzgue usted mismo, amigo lector.


Hasta ahora creía yo -ingenuo de mí- que, como dijo el clásico, no se debe preguntar nunca de dónde vienes sino adónde vas. Y creía también que somos canarios no sólo los nacidos en las Islas sino también -lo reconoce el propio Estatuto de Autonomía, pero ni siquiera haría falta este apunte legal- quienes aquí vivimos y trabajamos, e incluso a aquellos otros que afectivamente se sienten unidos a sus gentes al tener como propios sus afanes y sus problemas. Pero para El Día, no; para el pequeño Hitler en que parece haberse convertido el editorialista de ese periódico, debe ser conveniente la ’pureza de raza’, el ’certificado de naturaleza’, la ’denominación de origen’, algo así como lo más granado del apartheid, la reedición del nazismo, de la raza aria, del racismo, de la xenofobia y de los ismos más indeseables que han marcado las desventuras y las sinrazones de algunos periodos de la humanidad.


¡Pobre de mí que, con 31 años de residencia en Canarias y una hija nacida en Santa Cruz de Tenerife, no recibo el visto bueno de quien, como el editorialista, se otorga a sí mismo, en el colmo del dislate esperpéntico, la posibilidad de conceder títulos de ciudadanía o carnés de canariedad! Tal vez por este acendrado sentido de la responsabilidad, esa especie de llamada a interpretar en exclusiva la defensa numantina de la ’diferencia’, llevara a El Día a ser el único periódico de las Islas que no firmó en tiempo y forma -julio de 2002- con el Gobierno de Canarias el decálogo ’Por una comunicación integradora y no xenófoba’. Pudiera ser también que no lo firmara porque al menos en esos momentos estaba "a años luz" -como afirma el editorialista, comparado con el DIARIO- de la Tierra, en ese espacio indefinido, etéreo y vaporoso de la realidad virtual.


Y termino. No se preocupe el editorialista -y no se ofenda el director de El Día- porque pretendo seguir. Sin insultos y descalificaciones, aunque reciba de nuevo raciones de unos y otras. Tengo cuerda para rato y razones para no desmayar en el empeño. Porque no soporto las verdades a medias ni las mentiras a enteras. Como decía Anatole France, "es lamentable que un hombre ocupe una posición inferior a la que merece; pero es aún peor que la ocupe superior a su mérito".

 

* Publicado en Diario de Avisos, 9-10-2007